Carlos Rivera Justiniano

Tribuna Invitada

Por Carlos Rivera Justiniano
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Que brille el amor en la adopción

Ayer domingo, el gobernador convirtió en ley el Proyecto de la Cámara 29 de la autoría de Carlos “Johnny” Méndez, presidente de la Cámara de Representantes. El nuevo estatuto busca atender uno de los asuntos fundamentales en nuestra sociedad: la protección de los menores que por alguna razón no puedan convivir con sus padres biológicos.

La manera en que Dios creó la forma natural de la reproducción humana está diseñada para que nuestras crías vivan con sus progenitores y se desarrollen en un hogar que supla sus necesidades. A eso le llamamos “familia”.

Pero en muchas ocasiones, y por múltiples razones que nunca son ni serán responsabilidad de los menores, a veces los niños no se desarrollan junto a sus padres biológicos. Para atender esta situación, la humanidad, desde tiempos inmemoriales, ha recurrido a la adopción. Este es uno de los actos de amor más grandes que puede evidenciar un ser humano a otro. En el contexto en el que usamos la palabra “adopción” o “adoptar” nos referimos a: “tomar legalmente en condición de hijo al que no lo es biológicamente”.

Sabemos que en Puerto Rico la adopción existe desde la época española. Pero como hemos visto, en tiempos recientes este proceso se ha perturbado y burocratizado a tal nivel, que se puede convertir en una pesadilla para los futuros padres, y en un posible trauma para miles de menores de edad. Por lo tanto, esta nueva ley tiene el propósito de codificar en una sola ley los aspectos sustantivos y procesales que regulan la adopción: modernizar, agilizar y uniformar el proceso de adopción. 

Ya había un conjunto de leyes que eran un tanto anticuadas. Por lo tanto, ésta que también enmienda y moderniza, en este tema, el Código Civil, facilita el proceso de adopción y lo hace transparente. El nuevo estatuto elimina la burocracia excesiva para brindar alivio a estos menores que están aptos para ser adoptados. De hecho, también se elimina la posibilidad de que los menores sean usados como mercancías; pues, aunque es repugnante, sabemos de muchos casos en que, por consecuencia de la norma antigua, muchas personas hacían de su modus vivendi, mantener a decenas de niños en hogares sustitutos indefinidamente.

La intención legislativa específica ha sido humanizar el proceso de adopción en Puerto Rico. Las niñas y niños que serán adoptados a través de los procedimientos que crea este estatuto, serán realmente tratados como seres humanos. Les haremos un bien, para siempre, a miles de vidas: nuevas familias que serán creadas con el fundamento del amor, con un beneficio de proporciones incalculables para nuestra sociedad.

Ya no se está mirando lo superficial, si están casados o qué tipo de relación han escogido, o si son de recursos económicos extraordinarios o de alguna comunidad particular de la zona metropolitana. Lo que esta ley realmente permite es que, si la persona o persona que decide adoptar brindará a ese menor amor, seguridad y educación, es decir, una familia, por el resto de sus días.

Sirvan de explicación final las palabras del propio presidente de la Cámara al abogar, apasionadamente por la aprobación de esta ley en el hemiciclo:

“Las futuras generaciones reconocerán el trabajo que hacemos en este momento, que no está fundamentado en el ánimo de lucro, ni de propiciar teorías sobre el comportamiento humano, que deshumanizan más los procedimientos burocráticos a los cuales tienen que someterse futuros padres y los menores. Todo lo contrario, la simplificación de estos procesos permitirá que haya vida, salud y amor para niños y padres. Será un verdadero triunfo del amor”.

Este es el propósito de la Ley. Así emulamos Efesios 1:5-6; con esta ley hacemos verdadera patria. 

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