José Caraballo Cueto

Tribuna Invitada

Por José Caraballo Cueto
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¿Qué causó la crisis de deuda?

Leí sobre una periodista que diagnosticaron incorrectamente con esquizofrenia y, por consiguiente, su tratamiento no funcionó. Afortunadamente otro médico la examinó mejor y encontró el tratamiento adecuado.

En el caso de esta crisis de deuda de Puerto Rico, los exámenes casuales llevaron a un tratamiento incorrecto. Un ejemplo de esos exámenes casuales es el comparar $1 de 1975 con $1 de 2015 sin ajustar, como si tuviesen el mismo valor. Una serie de deuda se deflaciona por un índice de precios (preferiblemente el deflactor del Producto Nacional Bruto (PNB) o se divide por el PNB. Con ambas metodologías llegamos a una observación similar: la deuda pública bajó (sí, bajó) de 1977 a 1987, se mantiene estable hasta mediados de la década de 1990 y luego se dispara.

¿Por qué? Esa fue la pregunta que entidades en Washington, por un lado, contestan con anécdotas y Juan Lara y yo, por otro, atendemos usando historia económica y econometría en nuestro artículo “Deindustrialization and Unsustainable Debt in Middle-Income Countries: The Case of Puerto Rico” publicado en el Journal of Globalization and Development.

La General Accounting Office usa como “prueba de laboratorio” unas entrevistas no aleatorias a observadores no identificados (cayendo en el sesgo por selectividad) que entienden que la crisis la causó el desfalco de fondos públicos, con poca mención a las políticas federales sobre nuestra estructura económica. Si ese fuese el caso, las administraciones de 1977 a 1987 hicieron un uso ejemplar de fondos públicos pues la deuda se redujo en ese periodo. Sin embargo, muchos acordamos que esas administraciones fueron igual de negligentes que las posteriores.

Otras entidades en Washington afirman que los problemas principales de esta crisis son el proteccionismo laboral y el estado benefactor. Sus “pruebas” son encuestas de percepciones a ciertos empresarios y carecen de validez externa: un empresario dirá que fracasó por las protecciones laborales cuando pudo ser su (falta de) estrategia de mercadeo. Por el lado del estado benefactor, es importante señalar que la proporción de empleo a población civil fue en general mayor luego de la llegada del Programa de Asistencia Nutricional (PAN) y del salario mínimo federal que en las décadas anteriores. Además, la población participante en el PAN iba reduciendo desde la década de 1980 hasta el comienzo de nuestra gran depresión de 2006.

La ventaja de la econometría como “prueba” es que se pueden examinar simultáneamente muchas hipótesis. En nuestro artículo no encontramos que la proporción en el empleo gubernamental, las transferencias federales o las tasas de interés sean variables estadísticamente significativas para explicar el endeudamiento. La desindustrialización sí: al colapsar el modelo económico, se redujeron los recaudos gubernamentales que fueron compensados con deuda. La mala administración fue un exacerbante, pero aun una sana administración pública no hubiese evitado la crisis.

En términos sencillos: si usted devenga un salario alto de su trabajo y lo despiden inesperadamente, su deuda personal aumentará. Eso no es un problema mayor si consigue otro buen trabajo en los meses subsiguientes y salda esa deuda. El problema fue que esta economía no consiguió ese buen trabajo nuevo: ese nuevo modelo económico vigoroso no se halló y, peor aún, la discusión pública apenas aborda el tema. La negligencia mayor del gobierno y de otros actores económicos no radica tanto en la administración fiscal pública como en haber manejado esta depresión como coyuntural y no como estructural.

El diagnóstico incorrecto llevó a recetar la Junta de Control Fiscal, las reformas laborales y la austeridad, las cuales no nos han sacado de la crisis. Necesitamos otra médica que entienda y atienda el problema de fondo antes que se termine la respiración artificial que traerá la reconstrucción post María.

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