Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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¿Qué desarrollo?

Desarrollo.... ¿qué desarrollo?, podríamos decir parafraseando al político que en los años ochenta no aceptó su derrota. Y es que la palabra “desarrollo”, tan traída, llevada y paseada por los cerebros gestores del país, está –como “progreso” e “inversiones”- cargada de equívocos. En nombre del desarrollo se han cometido aquí, si no crímenes, muchos errores garrafales.

De hecho, fue la noción de que estábamos en pleno desarrollo la que nos sumió en la miseria actual. Ya no podemos esconder la pobreza, la carencia de servicios adecuados, la pésima educación que trunca la vida de nuestros niños ni la paupérrima calidad de vida. Nos hemos llenado la boca cacareando nuestro progreso comparado con la situación de hace cien o más años. Pero si ponemos en contexto ambos momentos, el presente no nos favorece tanto como parece. Antes, por lo menos, teníamos claros los límites previsibles y tratábamos de rebasarlos. Ahora (aparte de una minoría que ni ve ni siente límite alguno), una inmensa mayoría no vislumbra la luz al final del túnel. Se les han cerrado las vías de acceso al futuro.

Cualquier desarrollo significativo con miras a ser algo más que flor de un día debe ser un proceso integral de abajo hacia arriba, de adentro para afuera. Empezando por lo propio e inmediato, se debe ir fortaleciendo lo viable, mientras se responde a las necesidades y condiciones que surjan. El desarrollo, además, debe descansar sobre un esfuerzo propio que haga algo más que extender la mano pedigüeña. Imponer el desarrollo es una contradicción en términos; hacerlo depender de la capacidad o del financiamiento extranjero es aún peor. Nos coloca en una situación de impotencia. Ahí estamos.

Nuestra recuperación económica y social ni puede ni debe depender de la reproducción de esquemas de inversiones extranjeras sin controles o condiciones. Ello propiciaría la continuidad del círculo vicioso: enamoramos a las corporaciones y gastamos para que vengan; les damos facilidades de todo tipo; cuando se establecen, ofrecen empleos por un tiempo y, cuando les conviene por las circunstancias que sea, se van, llevándose sus ganancias, sus empleos y su pericia. El plan funciona siempre y cuando las ventajas estén todas del lado de allá.

Si no se toma en cuenta las necesidades del país, si no se favorece a las empresas locales, protegiéndolas de alguna forma, inútiles serán los planes de desarrollo futuro. La palabra “proteccionismo” es anatema para los Estados Unidos, que nos impiden acceder a ese recurso. Nos quieren como un mercado abierto, a menudo para sus excedentes, no como un socio con fortalezas propias. Están dispuestos incluso a sostenernos artificialmente con limosnas para que les sigamos comprando y se siga moviendo la inmensa maquinaria del consumo que sostiene a aquel país. Pero seguir así nos convertirá –estamos próximos a serlo-  en un arrabal periférico del imperio. Una economía pequeña y endeble como la nuestra no puede convivir –bajo la ficción de igualdad- con la más poderosa del mundo. El proteccionismo les funciona a ellos, pero no a nosotros.

Deberíamos temblar ante cualquier propuesta de más inversiones sin cualificar, de más desarrollo subvencionado. No se le pueden imponer moldes foráneos a una economía que no es comparable a la de quien fabrica esos moldes. Puerto Rico no es un continente sino una isla, y pequeña. Podríamos ser, sin embargo, mucho más productivos de lo que somos en la actualidad. Con tantas mentes privilegiadas como las que se supone que haya aquí, con estudios en grandes universidades del mundo, es hora ya de elaborar planes y estrategias a la medida de nuestro contexto. Y es hora de que los políticos dejen de proclamar qué tanto se preocupan por el “pueblo” y hagan algo constructivo por él. La única solución a nuestro predicamento actual no puede estar en más  “desarrollos” artificiales. Sería la receta más certera para seguir inmovilizados “per saecula saeculorum”.

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