Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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¿Que dirían sobre el súper ego de Trump?

Mi imaginación construye la fantasía de esta escena donde Trump camina con pijamas de marca con su nombre bordado en hilos de oro y descalzo, por los pasillos oscuros y solitarios de la Casa Blanca en sus largas horas nocturnas de febril insomnio para encontrarse con los fantasmas del pasado de la humanidad. ¿Qué podrían decirle grandes pensadores y sabios al nada presidencial y presuntuoso Donald Trump?

Umberto Eco ya se habría expresado sobre la soberbia diciendo que “el diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda”. La maleficencia motivacional de Trump sienta la pauta de una presidencia arrogante sin precedentes y augura tiempos difíciles y vergonzosos para quienes le escogieron a su puesto, nada más y nada menos que el de mayor poder en el mundo.

Minimizar el valor e integridad de los demás es su estilo favorito de interacción en sus relaciones públicas (inferimos que también en las personales). El escritor Charles Dickens aparece y le advierte: “Hay grandes hombres que hacen a todos los demás sentirse pequeños. Pero la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes”. Un ego tan grande como el de Trump no oculta sino un ego disminuido y extremadamente pobre que no acepta competencia ni confraternidad. Su fanfarroneo y falsa seguridad dependen de la inutilización de los otros y la inventada supremacía propia.

Su estilo autocrático habrá de ser sentenciado por el filósofo clásico Séneca, quien tendría que confrontarlo con su bajeza moral aunque lo volvieran a condenar a muerte. “Nada es tan bajo y vil como ser altivo con el humilde”. No se necesita ser un gran sabio para saber que la grandeza moral no nace de la ridiculización ni la burla, sino de la capacidad de ayudar a los más necesitados. No se hace más hombre quien pide y pide sin dar a cambio o robando.

La folclórica descripción de los allegados de Trump detalla un hombre que no escucha a pesar de auto-proclamarse el mejor de los negociadores de su profesión en el mundo de las propiedades. El libertador Simón Bolívar tendría que aconsejarle que hiciera un sobre esfuerzo por atender sus consejeros porque “el que manda debe oír aunque sean las más duras verdades y, después de oídas, debe aprovecharse de ellas para corregir los males que produzcan los errores”.

No solo es corregir sino también evitar. Pero en la fase crónica de la megalomanía no hay forma de aceptar imperfecciones ni errores. Trump dice que los que le critican están mal y así descarta las verdades. No hay forma de enmendar errores si de la baqueta dispara tanta insensatez para negar lo que no le gusta.

Desautoriza e insulta los jueces atacando el tercer poder de la republica que gobierna. En su arrebato irracional debilita la credibilidad y, con ello, la estabilidad del poder judicial norteamericano del que ya muchos ciudadanos cuestionan su visión de justicia en una sociedad parcializada hacia el racismo y el elitismo. Le esperaría tremenda sorpresa a Trump si pudiera escuchar la sentencia del gran físico Albert Einstein: “El que se erige en juez de la verdad y el conocimiento es desalentado por las carcajadas de los dioses”.

En medio de la procesión, estoy segura que algún fallecido sabio boricua, de esos que representan un pueblo jaiba presente hasta en la Luna de ser necesario, de esos como un Nemesio Canales, se le aparecería al soberbio pobre rico para advertirle sandungueando que respete al trabajador:  “¿No ve usted, hombre de Dios, que su empingorotado (engreído) capital no puede subsistir sin ellos, y que ellos, en cambio, sin el capital de ustedes, seguirían teniendo brazos, que es todo cuanto necesitan para vivir?...”

Sonrío esperando la justicia poética fantasmal.

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