Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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¿Qué es una clase dirigente?

Porque las clases dirigentes nos están fallando, a nivel mundial, debemos ensayar una definición, más basada en anécdotas, ejemplos y trayectorias que en teorías de las ciencias políticas.

Fundamental para nuestra definición sería la idea de un consenso para el bien común —el famoso “compromiso histórico” ideado por el Partido Comunista de Enrico Berlinger en 1973—, en que los partidos políticos, las clases sociales y gremios, la sociedad civil con sus distintas tendencias ideológicas, formulan un propósito para una sociedad. Las determinaciones de clase social y ascendencia política, desempeño profesional y laboral, parecen obviarse ante ese proyecto pensado como histórico. A estas alturas no debemos confundir una clase dirigente con una dinastía política, como la triunfante de los Muñoz, la patética de los Rosselló, las abortadas de los otros “próceres” nuestros.

Ante la tentación de las definiciones negativas, debemos seguir con los ejemplos: a principios de los años cincuenta se logró, mediante la Asamblea Constituyente para la creación del Estado Libre Asociado, un consenso entre dos de los tres partidos de aquel entonces, el Partido Estadista Republicano y el Partido Popular Democrático. Los independentistas del P.I.P. no quisieron formar parte del consenso. Ese logro de la clase dirigente de aquel entonces tuvo sus claros antecedentes en las coaliciones políticas de los años treinta y cuarenta, la gobernación de Tugwell y la gestión para que los puertorriqueños finalmente votáramos por nuestro gobernador. Resulta trágico, y hasta paradójico, que en todos estos esfuerzos liberales los independentistas mostraran una oposición cerrada, intransigente, algunas veces violenta mediante el ya entonces desfasado nacionalismo albizuista, irracionalmente contradictoria: el P.I.P., por ejemplo, se opuso a la creación del Instituto de Cultura Puertorriqueña en ese primer lustro de los años 50.

Nos preguntamos entonces si en el verano pasado, y con la renuncia de Ricardo Rosselló, testimoniamos el surgimiento de una nueva clase dirigente. Pienso que no. De hecho, ante las elecciones 2020 advertimos cómo todos los partidos políticos intentan lograr apenas una mínima unidad interna, por lo que poco pueden hablarnos de un propósito común para el país. En el mejor de los casos, esos principales partidos tendrán candidatos a la gobernación, obligados a primarias, y no una visión del bien común para una sociedad desarticulada y empobrecida.

Algo parecido ocurre en España. Viví en ese país cuando ocurrió la transición a la democracia. Aquella clase dirigente, en que los líderes políticos e intelectuales de izquierda —como mi maestro Enrique Tierno Galván, luego alcalde de Madrid— eran capaces de dialogar con antiguos adeptos del régimen franquista, como Manuel Fraga Iribarne, se ha quebrado para siempre. Ante el bien común de lograr finalmente la democracia, después de una dictadura de casi cuarenta años, izquierdistas, liberales y conservadores encontraron causa común. Hoy por hoy prevalece la fragmentación en la izquierda y la corrupción en la derecha.

Estados Unidos también es otro ejemplo: la clase dirigente norteamericana logró sacar a Nixon de la presidencia mediante renuncia, sin tener que residenciarlo. Los propios republicanos en el Congreso le solicitaron que renunciara. Semejante gesto de superación político partidista sería impensable hoy día en la presidencia de Trump. Idealmente, y en la práctica, este sistema de “checks and balances” dependía, también, de una fuerte dosis de entendidos clasistas: después de todo, la Constitución de los Estados Unidos fue redactada por gente de la misma clase social, la aristocracia de un país todavía rural que, en muchos casos, aún sostenían la creencia en la esclavitud como una otorgación divina.

Obama y Trump han sido la ruptura en este sistema de asentamiento clasista; nada de las dinastías de los Roosevelts, de los Bushs, Harrimans y Kennedys para ellos: uno viene de ser activista político en la peor pobreza y delincuencia de Chicago. El otro fue un arribista siempre visto como vulgar por la elite liberal nuyorkina. Uno convirtió la desventaja racial en ecuménica convocatoria política, el segundo ha convertido su resentimiento, a causa de la exclusión social, en odio y mayor vulgaridad.

La Inglaterra del Brexit está pasando por lo mismo. Ni siquiera se ponen de acuerdo, los propios conservadores, sobre cómo saldrá el Reino Unido de la Unión Europea. Lo mismo que ocurre con Trump, el poder, según Boris Johnson, es licencia para transitar las fronteras de la ilegalidad: la pretendida disolución del Parlamento fue declarada ilegal; en los Estados Unidos se agrava el problema cuando vemos cómo la Secretaría de Justicia y la Corte Suprema han sido secuestradas por el trumpismo, convirtiéndose en sus colaboradores incondicionales.

Esta disfunción en el papel que desempeñan las clases dirigentes puede originarse en la revolución, que por definición substituye una clase dirigente por otra; doy por caso Cuba, donde ya no había espacio político para dirigentes liberales como Eduardo Chibás. Ahora la disfunción se origina en el populismo y la demagogia, el nacionalismo y el miedo a los inmigrantes. Todas son recetas para otro fenómeno a nivel mundial, es decir, el resurgimiento de las autocracias y su institucionalidad legitimada mediante las urnas. La democracia está enferma en el mundo entero. Como el planeta, estamos sufriendo un cambio climático en la política mundial.

Basta reconocer la diferencia entre los “whistleblowers” de los sesenta y los actuales: Daniel Ellsberg, quien le entregó los “Pentagon Papers” a The New York Times, era un graduado de Harvard y tuvo como mentor a Henry Kissinger. Edward Snowden fue un súper “hacker” contratado por sus habilidades con las computadoras por laAgencia de Seguridad Nacional. Se había dado de baja de un Community College.

En casi todas las sociedades, aquella figura que antes se llamaba “el interlocutor valioso” —el sueño de Juan Manuel García Passalacqua— va desapareciendo. Era alguien capaz de construir un diálogo fuera de las líneas partidistas. Actualmente las consultas y diálogos siempre son entre la misma tribu, que, la mayoría de las veces, no logran consenso para su propia causa. El caso de la oposición venezolana a la dictadura de Maduro es buen ejemplo de ese fracaso. Hasta los propios chavistas no se ponen de acuerdo.

Acá, a principios de octubre, se dio un amago de incluir en la papeleta del P.P.D. a Carmen Yulín Cruz como candidata a comisionada residente y David Bernier como gobernador. Hubiese sido un buen ejemplo de cómo tendencias opuestas, dentro de un mismo partido, pueden lograr consensos mínimos para emprender un proyecto político.

La demagogia es la principal causa de esta degradación de un sistema político que depende de grandes y pequeñas negociaciones, acuerdos transitorios y asentimientos institucionales; esto es lo que posibilita la democracia. La demagogia es todo o nada, la incapacidad para reconocer medias verdades y convivir con lo que consideramos menos cierto. Es el virus de los sistemas políticos a nivel mundial. Es un estilo favorecido por aquellos que piensan poco y prefieren desentenderse de la política, que siempre es, como la diplomacia, necesaria y trabajosa. Mantenernos convencidos de la culpabilidad ajena es exonerarnos de la propia responsabilidad.

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