Walter Torres Maldonado

Tribuna Invitada

Por Walter Torres Maldonado
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Que hable nuestra bandera

Desde su presentación en el siglo 19, y más durante su izamiento en 1952, la bandera puertorriqueña ha representado orgullo patrio y reconocimiento a gestas deportivas, artísticas y de toda índole logradas por los nuestros.

Pinturas, poemas, canciones han dado emoción a ese símbolo que desde entonces se iza en nuestras instituciones gubernamentales y precede nuestras representaciones internacionales.

Desde el paso de huracán María, cientos de miles de banderas son desplegadas en casas, carros, oficinas, comercios e industrias. Es un despliegue blanco, rojo y azul que manifiesta nuestra determinación de reincorporar lo que el ciclón derrumbó. Porque derrumbó mucho, menos nuestro espíritu combativo.

Transcurridos más de 120 días de aquel fatídico 20 de septiembre, el gobierno central se las ingenia en constantes improvisaciones que no permiten articulación de esfuerzos -como los propuestos por los alcaldes- para restablecer, en primer orden, el sistema eléctrico. Vivimos un caos y barren la realidad debajo de la alfombra en conferencias que presentan informes totalmente distanciados de lo que a diario enfrenta el pueblo.

Hay quienes aseguran que las muertes asociadas al huracán superan las 2,000. Mientras, escuchamos testimonios desgarradores de colegas alcaldes sobre escenas dramáticas con las cuales nos identificamos pues son el pan nuestro de cada día. Y los de madres que entre sollozos lamentan no poder enviar sus hijos a la escuela por la ausencia de electricidad.

Familias a diario lidiamos para poner a operar una planta eléctrica, a pesar de sus consecuencias económicas, porque debemos mantener en funcionamiento maquinaria indispensable para algún hijo con necesidades y atenciones médicas especiales; un asunto de vida o muerte que vivo en carne propia.

Asmáticos, hipertensos, pacientes renales y con todo tipo de condiciones delicadas a diario sufren el martirio de no poder llevar sus tratamientos de forma adecuada, agravándose a diario por la ansiedad que les provoca el escenario que enfrentan.

Para colmo, se une el hambre con la miseria, como dirían nuestros padres. FEMA no ha sido del todo diligente atendiendo los casos de los ciudadanos y la asistencia a los municipios. No conozco un solo alcalde que no haya presentado sus quejas sobre este particular.

No creo que existan personas conformes con la manera en que se ha trabajado el restablecimiento del sistema eléctrico y del país. La ayuda de emergencia a personas que perdieron sus casas ha sido inestable, irregular. Ni siquiera en el proceso de instalación de toldos ha sido eficaz, excepto en pueblos donde con brigadas municipales hemos intervenido.

Mientras, el gobierno no ha podido convencer a Washington de su capacidad y pulcritud para atender la emergencia y manejar sus activos, por lo que el desembolso de las ayudas federales se ha dilatado de manera incomparable.

Entonces, ¿en nuestro carácter ciudadano, qué nos resta por hacer? Ciertamente lanzar al unísono un grito de ayuda y de advertencia sobre el peligro inminente de una catástrofe peor que la que ocasionaron los fuertes vientos y copiosas lluvias del huracán.

Ese símbolo patrio, nuestra bandera, puede ser utilizada para ello colocándola de revés. Su significado es un llamado de auxilio internacional. Esa ha sido y es la manera en que las naciones anuncian un estado de emergencia o situaciones de tensión por condiciones internas o externas. Es el aviso, en un lenguaje universal, de ausencia de orden y ritmo correcto en sus instituciones. En términos marítimos, puede ser utilizada cuando una nave se encuentra a la deriva. Y para nada denigra esto la bandera. Por el contrario, es el símbolo máximo del mensaje para rescatar, defender y proteger al pueblo, obligación que no podemos evadir por convicción cristiana y patriótica.

Aquellos que se han lucrado de esta emergencia, que patéticamente juegan a las estadísticas, que han trabajado con favoritismo, que ocultan nuestras víctimas fatales y los que se nutren de la falsedad para promover el desconocimiento y confusión; esos sí han denigrado nuestros símbolos, al país y a nuestros conciudadanos.

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