Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Quemarse en Hacienda

Más que caliente, la jefatura del Departamento de Hacienda se ha convertido en una silla abrasadora, donde se juega su vida profesional todo funcionario que acepte obedecer las órdenes del Gobierno, y a la vez cumplir con los dictados de la Ley Promesa.

La parte más fina del hilo, por donde pueden romper los desafíos que constantemente le hace el gobierno a la Junta de Control Fiscal, está en el centro de mando de la agencia de Puerta de Tierra. Un secretario de Hacienda tiene que responder por los fondos que maneja, y a la vez cumplir con las disposiciones federales. Recuerdo cuando, hace algún tiempo, en un programa radial, exhortaban al entonces secretario, Raúl Maldonado, a desobedecer las resoluciones presupuestarias de la Junta, y asumir, como custodio del dinero público, todas las consecuencias. “Tiene que estar dispuesto a ir a la cárcel”, dijo el comentarista.

Palabras mayores. ¿Por qué un secretario de Hacienda tiene que jugarse el pellejo en solitario, y quién lo sacará de apuros? ¿Una gran concentración ciudadana que exija a las puertas de los tribunales su liberación? Difícil. En todo caso, quien se lo tiene que jugar es el gobernador, conjuntamente con los legisladores, asumiendo pública, y vehementemente, la responsabilidad absoluta por los incumplimientos de la Ley Promesa. Eso tendría sentido. Pero dejarle la papa caliente al pobre o la pobre secretaria, que además tendría que dar la cara en un proceso judicial, es de todo menos honorable.

El caso es que, la de Teresita Fuentes, no es una renuncia nimia. Se le hará cuesta arriba al gobernador encontrar a un sustituto que acceda a armonizar las exigencias de ambos bandos: el gobierno por un lado, pidiéndole que haga malabares para seguir usando el dinero como le parece, y la Junta por otro, que a lo mejor se apresta a propinar una sorpresa. Sin olvidar que hay una jueza allá en lo alto, Laura Taylor Swain, madurando decisiones.

La salida de la secretaria se le achaca a rencillas, desencuentros, y luchas de poder entre su equipo y el equipo del gobernador. De todo eso seguramente hay algo. Pero la realidad que supera este esquema es la presión que tiene que soportar un profesional que ocupe el cargo, al que sin duda se le pide (se le pedirá) que esté dispuesto a mover fichas delicadas, sustituyendo unas partidas por otras, u ordenando pagos que, a tenor con la ley, no encajan con la austeridad fiscal. Por ejemplo, ¿quién firmó los cheques de los bonos de Navidad? En la misma línea, debe haber otros desafíos gestándose. Un secretario de Hacienda que ponga su nombre por delante, se estará inmolando.

Solo un síndico en el Departamento de Hacienda va a evitarse los problemas con el gobierno. Y se los evitará porque no les va a contestar las llamadas ni al gobernador, ni a los legisladores.

Así va a ser la cosa.







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