Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
💬 0

Que no nos quiten el abrazo

Hace poco recibí un enlace de autoría desconocida que ofrecía datos científicos en lo relativo a la importancia del abrazo. El texto argumenta que si bien el abrazo social suele durar 3 segundos, un buen abrazo de 20 segundos ya tiene propiedades terapéuticas. El contacto físico estrecho hace que la pituitaria segregue sustancias benéficas como la oxitocina, la llamada “hormona del amor”, asociada a sentimientos de felicidad, relajamiento y calma. Si damos crédito a las investigaciones de la Universidad de California, la oxitocina ayuda en el proceso del alumbramiento e incluso propicia los sentimientos de afecto de la madre hacia el niño recién nacido.

Un buen abrazo es también un “tranquilizante” gratuito porque baja el cortisol, que causa estrés y ansiedad. Por más, ayuda a reducir el dolor, potencia nuestro sistema inmune, tiende a controlar los niveles de azúcar y modera la presión sanguínea. Un buen abrazo estimula, indica el enlace, el flujo de dopamina, la hormona del placer, y de serotonina, que baja los niveles del dolor físico y nos hace sentir contentos. La tranquilidad asociada con el abrazo prolongado fortalece el sistema inmunológico y nos ayuda a mantenernos saludables. El sentido del tacto es asimismo crucial en el desarrollo de la personalidad del bebé, que inicialmente reconoce a sus padres a través de las caricias. El sentirnos abrazados y amados podría evocar el recuerdo cálido de las caricias iniciáticas de nuestra vida. Claro que no hay que creer que todos estos beneficios, exageradamente optimistas, estén científicamente probados, pero el curioso enlace me ha llevado a reflexionar sobre el abrazo desde otros ángulos.

La manera en la que expresamos el afecto nos define culturalmente. La proclividad al abrazo y a la cercanía física, propia de la hispanidad y de las culturas mediterráneas, no corresponde a otras latitudes. Las culturas anglosajonas, nórdicas, germánicas y asiáticas no suelen ser pródigas en estos abrazos que hoy tendemos a asociar con la posibilidad de propiedades curativas. Recordemos el caso de Japón: en el país de las geishas se saluda protocolarmente inclinando la cabeza y se prestigia el silencio, circunstancias muy ajenas a las efusivas culturas latinas. El abrazo, sacado fuera de su contexto cultural, causó problemas inesperados a los nisei o nipo-brasileños que decidieron regresar a su nación asiática de origen. Esta tercera generación que optó por repatriarse descendía de los japoneses que habían emigrado a Brasil a partir de 1908 para trabajar el campo. Cuando la economía nipona mejora en la década de los ochenta, cientos de miles de japoneses-brasileños regresan a trabajar a Japón. Pero regresaban “abrasileñados” y, aun cuando recuperaran la lengua japonesa, seguían abrazando, tocando y hablando alto, como buenos cariocas. Estas circunstancias hicieron particularmente penosa su readaptación, pues sus expresionesafectuosas eran inadmisibles para la parca cultura nipona.

Ciudades atestadas como Tokio e Hiroshima prohíben tener mascotas en las viviendas, por lo que han abierto lo que se conoce como Neco Cafés o “cafés de gatos”. Allí el ajetreado trabajador japonés puede acariciar los mininos que se exhiben para ese propósito. En Osaka hay incluso un “nekobiru” o “edificio de gatos”: así de honda debe ser el hambre de mimos de la población japonesa, tan tradicionalmente reacia a demostrar afecto en público. Sospecho que los Neco cafés constituyen el testimonio mudo de una sociedad que recurre a la caricia gatuna para compensar su excesivo rigor en la demostración pública del afecto.

Nuestra cultura hispánica es, en cambio, de suyo afectuosa y suele prodigar los abrazos hondos sin inhibiciones y sin malentendidos inútiles. Incluso cuando hablamos tendemos a tocar al interlocutor amigablemente para establecer contacto y marcar algún punto de la conversación. Es tan hispánico el gesto, que el artista y entrevistador televisivo andaluz Bertín Osborne acostumbra tocar a sus entrevistados mientras les habla, gesto que sería impensable en Rachel Maddow, Anderson Cooper o Wolf Blitzer.

Vale recordar aquí el caso de los científicos a cargo de uno de los experimentos demenciales de Hitler: empeñados en crear el “hombre perfecto”, aislaron unos infantes alemanes muy saludables (obligadamente rubios de ojos azules) y los sometieron a un régimen de alimentación óptima, vitaminas y condiciones estrictas de higiene en el pabellón de un hospital. Para sorpresa de los médicos, muchos niños murieron: probablemente, el estar aislados de la cercanía física de sus progenitores interrumpió su desarrollo psicológico y debilitó su sistema inmunológico. Sencillamente, ya no tenían quien los abrazara, pero los galenos germánicos pasaron por alto este dato crucial.

El destierro del abrazo también afecta mucho a los exilados de origen mediterráneo que han encontrado su nueva patria en países refractarios a la demostración de afecto. En Bergen conocimos a un español que había emigrado a Noruega hacía ya mucho; estaba felizmente casado con una noruega y tenía un puesto prestigioso en un restaurante. Como hispanos al fin, hablamos largamente; pero solo pudimos conocer de veras el alcance de su orfandad como desterrado cuando rechazó la mano que le tendí al despedirme, suplicándome: “no, no, por favor, déme un abrazo, porque somos hermanos”. Fue como si un náufrago me hubiera abrazado; un ser aislado del calor de su cultura, donde estas expresiones fraternas son usuales y no ofenden ninguna etiqueta social.

Uno de los precios de la asimilación cultural del puertorriqueño en Estados Unidos es precisamente la estigmatización del abrazo y de cualquier gesticulación física que implique “violar el espacio” de la otra persona. Aprender a precavernos de nuestra cordialidad física espontánea no es fácil. Recuerdo el caso de la hijita de un colega puertorriqueño que enseñaba en una universidad prestigiosa del este del país: un día la niña regresó a su casa con una carta prendida al uniforme en la que la maestra explicaba que la había castigado porque era “too physical”. Es decir, porque abrazaba y tocaba a sus compañeritos de clase cuando les hablaba. Pondero en lo traumático que sería para la niña, hoy adulta, tener que tragarse la afectividad aprendida cuando era puertorriqueña.

Incluso nuestra manera de caminar puede quedar en entredicho en otras latitudes. Las latinas oscilamos con gracia cuando caminamos, desde aquellas mujeres inmemoriales del Libro de buen amor, que el Arcipreste de Hita prefería fueran “anchietas de caderas” y dotadas de “buenandanza”, hasta la simbólica Antilla mulata de la “Plena del menéalo” de Palés, que baila moviendo sus caderas “--de aquí payá, de ayá pacá—“ (“pá que rabie el Tío Sam...”). Sé de una joven puertorriqueña que fue a hacer su noviciado a un convento de Estados Unidos, y cuando la Madre Superiora vio cómo caminaba, le dijo “I'm going to teach you how to walk in a decent way”. La novicia terminaría como una monja profesa “decente” pero, eso sí, des-puertorriqueñizada.

Vale pues que defendamos, aquí y en cualquier espacio geográfico, nuestro abrazo prolongado y la gesticulación física afectiva que nos caracteriza. Ya sabemos que podría tener algunos beneficios terapéuticos; pero en nuestro caso abrazarnos y tocarnos con afecto resulta aun más significativo, pues con estos gestos también afirmamos nuestra identidad cultural. Conmueve pensar que podemos hacer patria con nuestras entrañables expresiones de cariño, inequívocamente puertorriqueñas.

¡Venga el abrazo!

Otras columnas de Luce López Baralt

sábado, 8 de febrero de 2020

¿Qué será de mi Borinquen?

Es crucial unirnos, porque nos va llegando el momento de tomar el pulso a nuestra relación con Estados Unidos: un país mendigo y humillado no puede tener un futuro alentador, dice Luce López Baralt

💬Ver 0 comentarios