Héctor Jiménez Juarbe

Tribuna Invitada

Por Héctor Jiménez Juarbe
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Que no se repita la historia

María trajo a mi recuerdo unos apuntes que hice antes del huracán Georges. Regresaba de Dorado a Trujillo Alto. Decidí tomar una ruta distinta a la acostumbrada. Me aventuré por la carretera del barrio Ingenio de Toa Baja, pues soy de los que creen que para conocer un país no es suficiente recorrer sus arterias principales.

A poco de comenzar mi recorrido por el barrio de tradición azucarera me detuve ante una calle de tierra humeante de polvo, con hileras de casas a sus lados, hechas de materiales diversos en una composición forzada por la miseria y la necesidad. Observé con sorpresa y tristeza las viviendas construidas con una combinación de zinc, cartón, bloques de hormigón y de todo lo que sirviera para proveer techos y paredes. No eran ejemplos de la mejor construcción, pero eran casas para los que no tenían para más.

En mi conturbación ante el cuadro que veía con incredulidad, vino a mi memoria las casitas en algunos de los arrabales de Santurce de los años cuarenta que parecían nacer del pantano, montadas en zocos de madera, con caminos de tablones para caminar. Abandoné dicho sector de Ingenio con la fabricada ilusión de que lo visto era algo del pasado que no se repetía con la misma intensidad en el presente. No es que fuera ingenuo, es que quizás quería escapar de una dolorosa realidad que parecía increíble en tiempos en que insistimos, como ahora, en presentar otra cara de la isla. Pronto me enfrentaría a la verdad de que lo que acaba de sufrir no era único ni aislado.

Llegó Georges. En la montaña, en el llano, el viento sopló y se fueron casas y techos. Muchos árboles cayeron, se afectaron carreteras y estructuras, dejando al descubierto muchas de las necesidades que se pretenden ocultar. La pobreza, fiel compañera de cinco siglos estaba todavía aquí y Georges nos la volvió a presentar como es; cruel, desesperante y agobiante (igual que María).

Para muchos solo quedó la esperanza. Lo perdieron todo sin tener mucho. A penas tenían para sobrevivir; ni ropa, ni agua, ni alimentos. Sus casas no eran bohíos de paja, pero sí lo eran en una nueva versión, igualmente débiles, igual de inseguras, susceptibles a inundaciones, derrumbes y eventos naturales. Solo la caridad, las ayudas oficiales y voluntarias podían aliviar su necesidad. Más de 52,000 familias perdieron sus hogares totalmente y otras 69,000 sufrieron daños como consecuencia de Georges. (María, como sabemos, fue mucho más).

Son muchos los que al visitar países supuestamente menos desarrollados que el nuestro, miran a su alrededor y en una expresión más de jactancia que de compasión, exclaman que están viendo la estampa del Puerto Rico de lo años cuarenta. A esos los invito a caminar nuestros pueblos y campos para conocer los bolsillos de pobreza que nos quedan y revisitar sus impresiones. Bolsillos que parecen no tener fondo y nos hacen lucir como un país que todavía no ha superado la condición de tercermundista.

No puede medirse la situación económica de un pueblo y su nivel de pobreza a base de índices de ingreso promedio per cápita, cuando existe un desbalance marcado entre los que tienen y los que no tienen y la brecha continúa abriéndose como viene y sigue ocurriendo. No se llenan estómagos ni se alivia la necesidad con cifras estadísticas, sino con acciones concretas que abran oportunidades de progreso para salir de la pobreza.

Georges nos dió un aviso y volvió a descubrir y traer a la luz nuestras debilidades para enfrentarnos a eventos naturales. María nos demostró otra vez que no aprendimos la lección, seguimos igual o peor. Espero que en esta ocasión aprovechemos la experiencia vivida para no sufrir otra vez la dimensión del desastre que padecemos hoy con la misma intensidad ciclónica de antes, por decir lo menos.

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