Alejandro Soto

Punto de vista

Por Alejandro Soto
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¿Qué pasa con nuestra geología?

Los humanos habitamos un ambiente geológico con el cual interaccionamos de muchas maneras. Desafortunadamente, las rocas y suelos que forman la isla de Puerto Rico, su posición en el margen entre dos grandes placas tectónicas y su variado clima subtropical crean un ambiente geológico que nos es algo hostil, y que sentimos más por sus impactos negativos que los positivos. Ejemplos recientes son el huracán María, cuyos efectos aún sufren muchos, y la secuencia de terremotos que ha paralizado el suroeste del país, eventos geológicos de magnitud tal que en el pasado han sido capaces de desaparecer poblaciones. Es hora de que los habitantes de esta isla reconozcan que esta es nuestra realidad, y que no podremos progresar como pueblo si no ajustamos nuestro comportamiento a ese ambiente. Quisiera explicar algo de nuestra geología con el fin de educar y alertar sobre una situación que no pinta bien para nuestro futuro.  

La geología es el estudio de los materiales que componen nuestro planeta, y los procesos que los crean y modifican. Esos materiales incluyen: uno, las rocas y minerales de la superficie y el interior rocoso del planeta; dos,el agua en todas sus formas y otros componentes de la atmósfera; y tres, la multiplicidad de formas de vida que, al igual que el agua, han sido tanto materia como agente de cambio en la evolución del planeta desde que aparecieron las primeras criaturas unicelulares hace 3.8 billones de años, y que distinguen nuestro planeta Tierra de otros que conocemos en el vasto universo.  

Los procesos geológicos son variados y los clasificamos como internos o externos. Los primeros se nutren del calor interno del planeta, que alcanza temperaturas de sobre 6000ºC (+/- la temperatura de la superficie del sol) y da origen a movimientos extremadamente lentos que empujan y agrietan la corteza fría y rocosa cuya superficie habitamos los humanos. Esa corteza tiene entre unos 3 a 35 km de espesor y es al planeta, con su diámetro de más de 12,000 kilómetros, como la cáscara es a la china. 

Pero ahí termina el parecido, porque los movimientos profundos generan fuerzas inmensas que rompen la corteza formando una serie de placas tectónicas que se mueven lenta, pero constantemente, a velocidades imperceptibles para los humanos (centímetros por año). Los movimientos no son uniformes y hay sitios en que las placas se separan, mientras que en otros convergen o se deslizan rozando entre sí, interacciones que generan inmensas presiones que fracturan las rocas de sus márgenes. No empece la lentitud de estos procesos internos, como mejor conocemos este sistema tectónico es por eventos cortos y de gran violencia, como las erupciones volcánicas y los terremotos que ocurren cuando las rocas de la corteza se fracturan; afortunadamente en Puerto Rico solo tenemos que lidiar con uno de estos. 

Puerto Rico es parte de lo que llamamos una microplaca tectónica, la cual se encuentra encajada entre dos placas muchísimo más grandes: la de Norte América hacia el norte y noreste y la del Caribe, de la cual previamente éramos parte, por los otros lados. La placa de Norte América se mueve hacia el oeste, mientras que la caribeña se traslada hacia el este-noreste de manera que hay choque y roce entre ellas, movimientos que causan compresión y rotación de nuestra microplaca. Los bordes o márgenes de la microplaca son grandes zonas de falla que generan actividad sísmica, algo que comenzó hace millones de años y que continuará por millones más. Tres de los márgenes han generado sismos de magnitud 7+ en tiempos históricos: la Trinchera de Puerto Rico al norte en 1787; el Pasaje de Islas Vírgenes-Anegada al este en 1867 (este acompañado por tsunami); y el Cañón de Mona al noroeste en 1918, el mejor conocido Terremoto de San Fermín que devastó la región oeste de la isla. El margen sureño, la Fosa o Trinchera de Muertos, es el único sin eventos grandes en tiempos históricos. 

Las inmensas fuerzas y presiones que se generan en los márgenes se transmiten a través de las rocas de la microplaca, generándose fallas activas bajo el fondo marino más cerca de nuestras costas, y que por el lado sur de la isla se extienden hasta los llanos y sierras costeras entre Salinas y Cabo Rojo. Estas fallas más cercanas se consideran activas y capaces de generar sismos de magnitud del orden de 6.5, que aunque menores a los que se originan en las fallas más largas de los márgenes de la microplaca, ocasionan sacudidas intensas cerca de donde rompen. La secuencia de terremotos que actualmente afecta la región suroeste de la isla proviene de estas fallas secundarias tanto submarinas como bajo tierra. Los expertos predicen que los sismos continuarán por meses a años, y aunque no descartan un evento mayor a M6.4, el hasta ahora evento principal de la secuencia, le asignan una probabilidad baja. Esta probabilidad se determina observando secuencias sísmicas en otros lugares, que usualmente siguen un ritmo descendente, pero que ocasionalmente se disparan uno más grande. Claramente la predicción de eventos sísmicos no es una ciencia exacta. Pero a pesar de que no sabemos cuándo será, podemos estar seguro(a)s de que en algún momento sentiremos un M7+, que, aunque venga de lejos, hará temblar parte de la isla más fuerte de lo que mucho(a)s han sentido desde fines de diciembre; recuerden que en el 1918 la tierra entre Mayagüez y Aguadilla tembló por cerca de 2 minutos.   

Los procesos externos operan en la superficie de la isla hasta profundidades de varios cientos de metros (la costra de la corteza), y se nutren de tres fuentes de energía: solar, gravitacional y química. Las primeras dos regulan el clima y el ciclo hidrológico que nos traen épocas frías o calurosas y tormentas o sequías, y que determinan la disponibilidad de ese material/agente geológico sin el cual no estaríamos aquí, el agua.La tercera fuente se expresa mediante reacciones químicas que lentamente descomponen las rocas de la corteza (los mismos procesos que causan el gradual deterioro de nuestra infraestructura física). 

Los rasgos físicos que caracterizan la superficie de la isla (nuestra geomorfología) son el producto de la acción milenaria de procesos externos que meteorizan y erosionan las rocas del molde rocoso creado por los procesos internos, formando las montañas y valles, los llanos aluviales y las planicies costeras, y el karso del noroeste, rasgos que continúan evolucionando con el paso del vasto tiempo geológico. Y al igual que pasa con los internos, algunos procesos externos pueden ser nocivos a nuestra salud. Ejemplos presentes en nuestra memoria colectiva incluyen la erosión que ocurre en nuestras costas debido al alza en el nivel del mar y los cientos de miles de deslizamientos que ocasionaron las lluvias y vientos del huracán María en septiembre de 2017. Afortunadamente estos últimos se quedaron chiquititos en cuanto a fatalidades al compararlos con el evento climático de octubre de 1985, cuyo saldo de cerca de 130 muertes en el Barrio Mameyes de Ponce sigue siendo el mayor por deslizamiento en la historia de territorio estadounidense; ese no el tipo de distinción que queremos.  

Podemos asegurar que nuestro futuro traerá más pérdidas a causa de deslizamientos y erosión costera, al igual que por otros procesos externos como la erosión por escorrentías, que frecuentemente causa deslizamientos, y el colapso de sumideros, todos con el potencial de cobrar vidas. ¿Cuán preparada(o)s estamos para estos retos? Mi respuesta es que podríamos estar mucho mejor, pero también podríamos estar peor. El peso mayor en la balanza negativa continúa siendo la renuencia de las entidades gubernamentales a quienes compete el reconocer la necesidad de la información geológica en la toma e implementación de decisiones sobre el uso de nuestras tierras. Las entidades con mayor inherencia en esto son el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) y la Junta de Planificación (JP), ninguno de las cuales mantiene un programa o política en cuanto a nuestra geología.  

Puerto Rico es de las pocas jurisdicciones a nivel estatal/nacional que no tiene un servicio geológico liderado por un Geólogo(a) Estatal. El DRNA, el lógico custodio de un servicio geológico, hace tiempo desmanteló lo que otrora fue una activa oficina de geología; hoy día cuenta con solo tres o cuatro profesionales en geología en su nómina, y gran parte del trabajo que esta(o)s realizan es de naturaleza administrativa, no geológica. El caso de la JP es peor; en mis 20+ años como geólogo licenciado no recuerdo profesionales de la geología en su nómina. Nunca he entendido cómo se pretende reglamentar el uso del terreno sin considerar las propiedades de los materiales terrestres y los procesos que operan sobre ellos. 

La modernización de Puerto Rico durante la segunda mitad del siglo pasado ocurrió con poca o ninguna consideración del entorno geológico. La topografía de la isla se alteró para construir carreteras, casas y edificios, se desviaron ríos y quebradas mientras se alteraban sus caudales, se minaron extensos depósitos de arena en nuestras costas y ríos para el concreto de la nueva infraestructura, todo mientras introducíamos una variedad de contaminantes al ambiente. El resultado ha sido el desgaste y contaminación de nuestros recursos geológicos y miles de casos de sufrimiento por pérdida de propiedad, salud y hasta la vida a causa de inundaciones, deslizamientos, hundimientos, erosión y contaminación, y ahora por actividad sísmica. Otra consecuencia indirecta de esto es el desconocimiento general de la población sobre los peligros geológicos de nuestro entorno. Trágicamente, muchas de las viviendas destruidas por los recientes temblores son crónicas de muertes anunciadas: casas en zancos que actúan como péndulos invertidos destinados a volcarse si la tierra tiembla por 15 o 30 segundos, o por dos minutos como tembló el oeste en el 1918. Mi recomendación para lo(a)s residentes de casas en zancos es que consulten profesionales que les aconsejen sobre la peligrosidad de la estructura y alternativas para reforzarlas. 

Afortunadamente no todo es negativo. Contamos con uno de los mejores departamentos de geología a nivel bachillerato de Norte América, con su red sísmica de calibre mundial, y nuestros sistemas universitarios cuentan con exitosos programas en otras ramas de geociencia. Tenemos mapas geológicos de toda la isla con un detalle que los hace útiles para variedad de aplicaciones de desarrollo y preservación, y tenemos una ley que regula la práctica de la geología en la isla. Y aunque llevo años criticando la inacción del gobierno, he conocido mucho(a)s empleada(o)s públicos dedicado(a)s a que las cosas se hagan como se deben hacer. Estos recursos nos proveen una buena base sobre la cual edificar nuestra geo-resiliencia. 

Nadie sabe lo que nos depara el futuro, pero si seguimos ignorando el lado hostil de nuestro ambiente geológico, seguiremos siendo sus víctimas. Con lo malo que fue María y lo son los temblores de hoy, con lo trágica que fue la tormenta de Mameyes, nuestra realidad es que en algún momento tierra puertorriqueña temblará como temblaron Mayagüez y Aguadilla en el 1918, y bien nos podría partir una tormenta peor que María. Al mismo tiempo, el mar continuará avanzando sobre nuestra costa, usualmente poquito a poquito, pero ocasionalmente con tormentas o marejadas que cada año penetran un poquito más tierra adentro de lo que hubieran llegado el año anterior. Ese es nuestro entorno, y es crítico que el futuro de la isla se adapte a nuestro ambiente geológico, algo que no habrá de ocurrir si el pueblo no lo exige, máxime dada la actual situación fiscal del gobierno estatal y la resultante competencia entre diversos intereses por fondos escasos.

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