Raymond Pérez

Tinta Boricua

Por Raymond Pérez
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"¿Qué pasa Héctor; qué pasa?”

Una de los dramas que nos dejó el huracán María me lo contó Don Héctor, con dolor en el alma, ojos aguados, resentimiento y un dejo de culpabilidad que le cercenaba la conciencia y el corazón. 

Don Héctor no es un hombre de esos que transpire sensibilidad, al menos eso proyecta. Es un tipo recio, duro, de mucha calle, de esos boricuas que sobrevivieron en su juventud la década del sesenta a palo limpio.

Hasta hace algunas semanas, el hombre de 69 años vivía la vida con la tranquilidad del que lo ha dado todo por mantener un hogar, con una buena esposa, ambos retirados, orgullosos de la crianza de sus dos hijos, uno de ellos exjugador de Grandes Ligas y el otro vendedor de Seguros. Además, en los pasados años, Don Héctor se dedicó a disfrutar en grande a sus nietos, algunos ya adolescentes y otros menores de 10 años.

La noche del huracán María, unas horas previas al fenómeno, Don Héctor y su esposa, presagiando lo duro que iba a impactar el ciclón, se dedicaron a subir lo mejor de sus pertenencias del primer nivel al segundo piso de su casa.

En ocasiones previas, durante tormentas y lluvias copiosas, la calle donde ubica su casa, en la Comunidad Campanillas, en Toa Baja, se había inundado. Sin embargo, nunca antes las aguas se metieron a la sala. Claro está, nunca antes un huracán categoría 5 había sido anunciado para esa zona.

Así las cosas, mientras Don Héctor subía muebles, mesas, sillas, el televisor y otras cosas más, Paco, una cotorra picoreta que ya llevaba 12 años viviendo con sus amos, la miraba de arriba abajo y de lado a lado.

Vuelta que daba Don Héctor, cabeza que bajaba la cotorra y alas que movía como abanico, para entonces apuntarle con su pico, y con los ojos revueltos, le preguntaba a boca de jarro: “¿Qué pasa, Héctor?… ¿qué pasa, Héctor?”.

Y Don Héctor le contestaba, le explicaba, con cariño, pero con susto en el pecho. “Paco, que nos va a atacar un huracán que mete miedo. Se llama María y es categoría 5 y lo que viene no es de amigos. Estamos subiendo algunas cosas al segundo piso, por si se inunda la casa”.

El hombre contó que Paco lo miraba de reojo y asentía. Lo escuchaba, tal vez complacido. Nadie sabe. Pero el pájaro no sacó a relucir su arsenal de palabras, entre las que tenía una que otra palabrota. Solo volvía a insistir en la pregunta. “¿Qué pasa Héctor… qué pasa Héctor?”.

Y Don Héctor entre el sube y baja le volvía a contestar, tal vez para esconder su nerviosismo. “Que viene María, Paco… que viene María”.

Entonces, la esposa de Don Héctor le echó un regaño. “Mira, deja ya de hablarle a Paco y ponte a trabajar. Que hay prisa, si Paco no te entiende ni sabe lo que es un huracán. Vamos mijo, trabaja”.

María llegó y azotó a Puerto Rico. Campanillas fue devastado. Postes, árboles, casas -algunas enteras- y otras sin techos y paredes- fueron parte de ese gran destrozo. Pero lo peor ocurrió en horas de la noche del jueves, cuando, pasado el huracán, ante las copiosas lluvias, abrieron las compuertas de la represa ante el crecimiento del Lago La Plata. Las aguas inundaron las comunidades de los barrios Ingenio y Campanillas en Toa Baja. En muchas partes, el agua llegó hasta los techos de hogares. Cada residente, sin duda, tiene su cuento, su anécdota que contar.

En casa de Don Héctor, una buena estructura de cemento de dos niveles, el agua subió rápidamente algunos cinco pies. Y en la lucha por salvar su vida y la de su esposa, el matrimonio se movió al segundo nivel. Fue entonces, que en cuestión de segundos, Don Héctor, de forma repentina y en plena oscuridad, se acordó de Paco, su cotorra, su mascota, su amigo por los pasados 12 años.

Lo dejó en su jaula, cuando el agua comenzó a inundar el primer piso. La crisis y la angustia del momento seguramente le nubló la mente e hizo que se olvidara de Paco.

Cuando pudo bajar, lo encontró en la cocina, ahogado en la jaula en esa charca de agua sucia y barro que marcaba casi cinco pies de profundidad en la parte baja de la casa.

Allí mismo lloró a su amigo. Gabriel García Márquez seguramente hubiera escrito que sus lágrimas aumentaron el nivel del agua cinco pies más en la casa.

Don Héctor y su esposa lo perdieron todo. Incluyendo a Paco, una de muchas mascotas que perecieron en las casas de sus dueños durante el huracán.

Días después, cuando se quedaba en la casa de su hijo menor tras el paso de María, Don Héctor me contó la tragedia de la cotorra. Todavía no se lo perdona. Creo que jamás lo hará.

Todavía lo llora. Siente cierto grado de culpabilidad. Perdió su carro y sus pertenencias en el hogar, pero jura que todo eso lo cambiaría por tener a Paco con vida.

No lo culpo. Fue un momento de crisis, de supervivencia, de luchar por salvar su vida y la de su esposa.

“A esta edad”, me dijo, “no es fácil volver a empezar. ¿Para qué y por qué?”.

Su relato y la muerte de Paco me lleva a pensar en una analogía con el deporte profesional en Puerto Rico y el fanático boricua.

Por años, el deporte local le ha preguntado al fanático, “¿Qué pasa Juan Fanático; qué pasa Juan Fanático, que me has abandonado y ya no asistes a las canchas a ver mi espectáculo?”.

Y la respuesta y las razones al deporte fueron menguando y las ligas profesionales fueron muriendo, sin respaldo de la fanaticada ni los auspiciadores.

En estos meses ya no hay voleibol profesional masculino, ni Baloncesto Superior Femenino, ni pelota juvenil federativa. Se pospuso el inicio del deporte de la LAI y al paso que vamos el torneo de la pelota profesional peligra.

Primero, un mes atrás, el huracán Irma nos dio un reventón y ahora, hace casi dos semanas, el huracán María nos acaba de rematar.

Toca resucitar al deporte nacional…

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