Ricardo Cortés Chico

Tribuna Invitada

Por Ricardo Cortés Chico
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¿Qué sacará del hoyo a Puerto Rico?

En 2001, Luis recibió una noticia que le cambió la vida por completo. La fábrica donde había trabajado por 24 años trasladaba sus operaciones fuera de Puerto Rico. Por primera vez en su vida, Luis estaba desempleado. 

Actualizó su resumé y comenzó a buscar trabajo en la zona noroeste. No había plazas disponibles. Ni friendo pollos, decía. Amplio su búsqueda a zonas metropolitanas aledañas como Mayagüez y Arecibo. Luego a San Juan. Nada. Después de dos años buscando trabajo, compró un boleto de ida hacia Orlando. Allí tenía la promesa de un familiar que le había encontrado un trabajo. 

Allá consiguió un ingreso fijo, pero apenas cubría sus necesidades. Entendía inglés, pero no era muy fluido hablándolo, lo que limitó sus oportunidades laborales. Como muchos, sufrió el desprecio de los que lo veían diferente. Era un latino de cuarenta y tantos años de edad que masticaba el inglés como mejor podía. Culturalmente era en un extraño en una zona que, en aquel entonces, todavía no había sido invadida por la gran oleada de migrantes puertorriqueños.

Luis le echaba la culpa de su situación a la eliminación de los incentivos contributivos manufactureros de la Sección 936 del Código de Rentas Internas federal. Pero detrás de los despidos como el que sufrió Luis había mucho más que una ley contributiva: el mundo estaba cambiando dónde producía las cosas y dónde se vendían.

Casi dos décadas después, el desarrollo de este reordenamiento tiene a millones emigrando, mantiene al presidente estadounidense Donald Trump vociferando barbaridades contra los centroamericanos, tiene al Reino Unido atrapado en el callejón sin salida del Brexit, tiene a los Estados Unidos envuelto en batallas arancelarias y mantiene en jaque a los políticos liberales en Italia, Francia y Alemania ante el resurgimiento de ideologías nacionalistas similares a las que hace 79 años provocaron la Segunda Guerra Mundial.

La resolución tras la guerra fue la integración económica del mundo. Ese proceso se aceleró tras la caída del muro de Berlín en 1991. Los más grandes acuerdos comerciales fueron firmados durante esa época. Esto hizo, por ejemplo, que lo que se manufacturara en México pudiera venderse en Canadá, sin mayores problemas. 

Eventualmente, los empleos se movieron de lugar, especialmente a aquellos sitios donde la mano de obra era más barata, había menos regulaciones y la materia prima era menos costosa.

Eso fue lo que hizo que don Luis perdiera su empleo en aquella fábrica en San Sebastián. Lo mismo sucedió en Pittsburg, donde la industria de acero decayó ante la producción china. Lo mismo sucedió en Florencia, Grecia y el llamado “rust belt” estadounidense. Alrededor de todo el planeta tenemos a trabajadores saliendo de las zonas rurales para ganarse la vida en las ciudades, saliendo de los países pobres buscar oportunidades en los países ricos, saliendo de las islas como Puerto Rico para reinstalarse en economías como la de la Florida.

Esas migraciones, entretanto, han generado oposición en los países receptores de los migrantes. La integración económica siempre ha sido mucho más fácil que la cultural. La manifestación más extrema de esos choques ronda el nacionalismo que la humanidad pensó haber superado cuando vivían nuestros bisabuelos. 

Mientras el mundo peligrosamente se reacomoda a un nuevo orden económico mundial, con sus contradicciones y amenazas, en Puerto Rico se lidia con el primer saldo que nos dejó la globalización: la quiebra gubernamental. Esa bancarrota no fue súbita. Tardó más de una década en llegar. Pero el duelo por las fábricas perdidas no fue fácil de superar y nos quedamos por largo rato en negación, lamentando que Irlanda y Singapur se llevaran nuestras líneas de producción.

Se puede hablar del anticuado status político del ELA, de las limitaciones del colonialismo, de la estadidad, de las explotaciones de la metrópoli, y en casi todos los argumentos que se esgrimen hay algo de verdad. 

Pero aun cuando solucionemos mañana el status, al final del día siempre nos queda unas preguntas sin contestar: ¿qué es lo que aportará Puerto Rico a la economía mundial? ¿Qué es lo que vamos a producir? ¿Qué es lo que vamos a vender? ¿A cuáles industrias le vamos a apostar? ¿Cuáles son las industrias que nos devolverán la esperanza de un futuro mejor? Ahora, que el mundo está cambiando, las economías se están reorganizando y hemos tocado fondo, ¿qué es lo que nos sacará? El que tenga la contestación, que levante la mano. Don Luis necesita trabajo y quiere regresar.

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