Ramón Cruz

Tribuna Invitada

Por Ramón Cruz
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Que se nos va la guagua

Enrique Peñalosa, quien transformó la ciudad de Bogotá en un centro urbano vivible, dinámico y competitivo durante su periodo como alcalde alrededor del año 2000, una vez me dijo: “Un país avanzado y desarrollado no es aquel donde los pobres pueden moverse en automóviles, sino donde los ricos utilizan transporte colectivo”. Quien conozca Nueva York, París o Londres, reconoce esta realidad y sabe que frecuentemente ni los ricos tienen carro.

El proyecto cumbre de la transformación de Bogotá fue el Transmilenio, un sistema de autobuses rápidos con carril exclusivo que funciona más como un metro que como una línea de guaguas.

Mientras se construían docenas de kilómetros de Transmilenio en Bogotá, en Puerto Rico, lo absurdo, el malgasto y la falta de planificación erguían un proyecto nefasto llamado Tren Urbano, a un costo diez veces mayor. O sea, que con el precio de un Tren Urbano hubiésemos podido construir varios “transmilenios” que movieran a pasajeros por toda el área metro y pueblos suburbanos. ¿Por qué no sucedió así?

En mi opinión se debe al “síndrome de mentalidad subdesarrollada”, una mentalidad típica de quienes quieren vivir de apariencias, como ricos, cuando no lo son. Seguramente estas mentes se pensaron como un país de Tren Urbano, menospreciando un Transmilenio, que era una solución para países que ellos perciben como subdesarrollados.

Hoy en día, hasta las ciudades ricas están optando por este sistema pues es menos costoso y más fácil de construir. Lo irónico es que una década después, y en parte gracias a este sistema que ya se encuentra en más de 180 ciudades, muchos de estos países han sobrepasado nuestro estatus económico.

Estas mentes a las que me refería todavía manejan carros “de marca” e insisten en proponer proyectos que sobrepasan nuestros límites. Me atrevería a apostar que son las mismas mentes que ahora proponen disminuir los servicios de la AMA. Desde hace tiempo he escuchado a oficiales electos mencionar que tal vez habrá que deshacerse de la AMA o del Tren Urbano, o privatizarlos, pues operan con pérdidas. A estas mentes les digo: consíganme un ejemplo de un sistema de transporte público que funcione con ganancias y les conseguiré la fuente de la juventud. Ningún sistema de transporte colectivo público en el mundo funciona sin subsidios.

Aunque es válido cuestionar si hacen falta los subsidios gubernamentales, también es importante preguntarse qué se subsidia actualmente y qué no. Soy creyente de que los gobiernos existen para asegurar unos derechos y exigir unos deberes, protegiendo sobre todo a los más desaventajados. Declarar que no se debe subsidiar un sistema de transporte público va en contra de esta aseveración. En especial, cuando las carreteras que se construyen para que transiten los automóviles privados cuestan mucho al erario. Entonces, si la AMA dejara de funcionar, pero el Estado sigue manteniendo las carreteras, ¿no estaríamos subsidiando a los que tienen más -los dueños de carros- a costa de los que tienen menos, los que dependen del transporte colectivo? ¿No nos pone esto en la verdadera categoría subdesarrollada, con unas prioridades tergiversadas?

Por este principio no podemos permitir, como sociedad, quitar el transporte colectivo. Me atrevo hasta a proponer peajes especiales para algunos carriles que utilicen los que puedan pagarlo (aunque sea una medida elitista), que quitar el transporte colectivo, única forma de movilidad de muchos. Deberíamos buscar cómo aumentar estos sistemas por medio de incentivos para construir verticalmente o cómo desarrollar los cascos urbanos e imponer una veda de construcción horizontal que promueva el uso más costoefectivo de transporte colectivo y sustentable.

Tenemos que tomar medidas que nos acerquen a modelos como el de Colombia y que estén más acorde con una realidad a la que al fin despertamos en esta crisis económica. En vez de eliminar la AMA, tenemos que redirigir la guagua en la dirección en que están los países desarrollados de acuerdo a la definición de Peñalosa. Tal vez, algún día lleguemos. Pero, si perdemos la guagua, definitivamente se nos hará más difícil llegar al destino que queremos todos juntos.

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