Alfredo Carrasquillo Ramírez

Tribuna Invitada

Por Alfredo Carrasquillo Ramírez
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¿Qué tal si todos renunciamos?

Cobijado por el andamiaje legal que protege a la institución de la Corona española y, en gran medida, por el agradecimiento que los ciudadanos le tienen a quien fuera uno de los principales responsables de la transición hacia la democracia, la vida privada del rey Juan Carlos fue tratada siempre con prudencia y discreción. Esa especie de contrato psicológico se vino al piso cuando circularon imágenes del entonces monarca a los pies de un elefante asesinado en medio de un safari, con amigos de dudosa reputación y en una coyuntura álgida para nuestra antigua metrópoli. Fue una imprudencia sin límites que se regó como pólvora. La estrategia de darle cara a la prensa, pedir perdón y prometer que no lo volvería a hacer le sirvió de muy poco. La abdicación y su gradual desaparición de las representaciones del Estado evidenciaron que hay revelaciones que inevitablemente destruyen la persona pública y que, al hacer visible esa otra escena torcida y poco presentable en sociedad, producen una muerte simbólica de la que no hay resurrección posible. 

Huelga decir que Ricardo Rosselló no es Juan Carlos de Borbón. Si bien intentó utilizar la misma estrategia del perdón y la promesa infantil del “no lo volveré a hacer”, Rosselló no tiene el capital político ni ético para esperar empatía y solidaridad por parte de la sociedad puertorriqueña. La diversidad de rostros, edades y perfiles de quienes están lanzándose a la calle a exigir su renuncia, contrario a los intentos pedestres del liderato legislativo de decir que son los mismos de siempre, sugiere que se trata de una indignación generalizada, exceptuando, claro está, a aquellos cuyos mecanismos de defensa y gríngolas ideológicas les impiden ver la realidad política inédita que se despliega ante los ojos de todos. 

Ricardo Rosselló tiene que renunciar. Cada minuto que se aferre irresponsable y cobardemente a la posición de la que por sus actos y expresiones él mismo se ha destituido profundiza la herida que le ha infligido al país. Y, lo que es peor, dado que la indignación no siempre es amiga de la racionalidad, somos muchos los que tememos que la violencia, por parte del Estado y de algunos segmentos de la ciudadanía, manche de manera cada vez más peligrosa nuestras calles. Resistir lo inevitable coloca a Rosselló en la silla de los acusados como el principal responsable de la sangre que pueda derramarse. 

Pero Rosselló no es el único que debe renunciar. Los arrestos por corrupción y las páginas del chat son solo síntomas graves de una crisis que viene cuajándose hace mucho tiempo y que requiere de muchas otras renuncias. 

Como ciudadanos, nos toca renunciar al goce de la queja, tan cómoda en el despliegue de nuestro malestar en las redes sociales; pero que sirve únicamente de desahogo, si no se traduce en acción cívica que ponga límites a los abusos y el derroche. También debemos renunciar a otorgar legitimidad a los políticos cercanos a nuestros afectos y visiones de mundo, pero que reproducen o condonan las mismas prácticas que nos indignan cuando las protagonizan nuestros adversarios. La salida de esta crisis profunda y compleja pasa por una coherencia ética que pocas veces practicamos. 

Con muy pocas excepciones, la clase política del país no es más que el reflejo de una preocupante crisis de liderazgo en estos tiempos. Sencillamente no están a la altura de lo que el momento histórico exige. Si quieren producirse alguna legitimidad y acumular algún capital político robusto, deben ponerse a estudiar; deben renunciar a la cobardía, el cinismo, la impunidad, la vagancia, la torpeza, las imprudencias, la soberbia y la irresponsabilidad y dejar de ejercer un activismo político centrado en el mercadeo facilón, los juegos de palabras, los gestos sin sustancia y el compromiso con intereses particulares y mezquinos por encima de los intereses del colectivo. 

La sociedad civil, los grupos políticos alternativos y muchos grupos de activismo ciudadano deben renunciar a esa incapacidad para concertar y hacer causa común. De nada sirve denunciar a la casta política, si las nuevas vías quedan atrapadas en los narcisismos de las pequeñas diferencias, los afanes de protagonismo, el faranduleo, las enfermedades mesiánicas y las fragmentaciones fratricidas. 

El sector privado y el tercer sector deben renunciar a mendigar dádivas de los gobernantes y a guardar silencio por proteger sus intereses particulares.  

Los ciudadanos tenemos que comprender que estos son tiempos que exigen arrojo para sacudirnos de respetos cuasi monárquicos hacia los gobernantes de turno y saberlos empleados nuestros, a los cuales estamos obligados a exigirles un desempeño de excelencia y una rendición de cuentas transparente y honesta. 

Y la prensa debe renunciar a la falta de profundidad, a las preguntas inútiles e intrascendentes, a perderse entre los árboles sin ser capaces de mirar la complejidad del bosque y a la falta de investigación y estudio. Necesitamos preguntas que desencajen, que desenmascaren y exijan una verdadera rendición de cuentas. Hace falta solidaridad al interior del gremio, para exigir que las preguntas se respondan y que los políticos no puedan salirse por la puerta fácil de la soberbia y la deshonestidad. 

Por supuesto que debemos expresar nuestra indignación y salir a la calle a exigir la renuncia de Ricardo Rosselló. Pero ¿qué tal si todos renunciamos a lo que nos toca, para empezar a construir un país digno, viable, próspero y democrático? Es esa la respuesta que esta crisis exige de todos nosotros.

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