Mayra Montero

Diario del huracán

Por Mayra Montero
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Que traigan a Don King

Leo, sobrecogida, las declaraciones del director de Transmisión y Distribución de la AEE, José Sepúlveda, quien afirma que el Almacén 5 —donde efectivos del Cuerpo de Ingenieros irrumpieron armados y confiscaron materiales valiosos que presuntamente estaban escondidos— no era un almacén secreto. Qué los de Whitefish ya habían estado allí en octubre, sacando parafernalia eléctrica, y luego acudieron brigadas de otras compañías, como Fluor y ConEdison.

Vamos por partes. Que los de Whitefish hayan estado en el almacén no significa nada. Por el contrario, contribuye a la aureola de malditismo que tiene Palo Seco. Unos empleados fantasmas, de una compañía fantasma, que visitan el espectro de un almacén en Palo Seco, no son garantía de que, como dice Sepúlveda, el lugar sea “real” y conocido. En cuanto al personal de Fluor y ConEdison que también pasó por allí, ya comenté que esos americanos son búlgaros, la mayoría ucranianos, aunque vienen de todas partes porque son inmigrantes que se ganan la vida como pueden. Ahora bien: quizá fueron víctimas de abducción o de fenómenos traumáticos dentro del Almacén 5, lo que provoca una amnesia muy común en el mundo de lo paranormal. Estamos cansados de verlo en el cine. El portavoz del Cuerpo de Ingenieros, Michael Meyer, advirtió que “en varias ocasiones solicitamos un inventario de lo que tienen allí y nunca recibimos respuesta”.

Pero mi querido señor Meyer, ¿cómo van a hacer un inventario en un almacén encantado? Las cosas se mueven de lugar, se esfuman de un sitio para reaparecer en otro, y si baja la niebla —que me dicen que en el Almacén 5 se mete una niebla escalofriante—, ya ni le cuento.

Cambiando el tema, en donde no hay fenómenos paranormales, pero sigue habiendo una cartelera digna de “pay-per-view”, es en la Compañía de Turismo. Destituyeron al director, ya saben, que volverá seguramente al mundo de la organización boxística. Pero se quedaron allí dos de sus más fieles “sparring”. En eso, se presentó en Turismo el secretario de Desarrollo Económico, Manuel Laboy, y les dijo a los dos funcionarios que recogieran sus bártulos porque también estaban despedidos. Cuenta este diario en su edición de hoy, que ambos hombres “enfrentaron a Laboy y a miembros de su equipo con improperios”.

¿No había advertido yo que dentro de esa estética de cuadrilátero, suelen juntar las narices y gritarse barbaridades, respirando cada cual en la cara del contrincante? Pues ahí tienen. Verdad como un templo.

Horas más tarde, el Gobernador ordenó que llamaran de vuelta a los despedidos y les devolvieran sus esquinas, o sea, los restituyeran en sus puestos: uno como director de Recursos Humanos, y el otro como director de Planificación. Ya está.

El secretario de la Gobernación, William Villafañe, quien tiene por costumbre sacar un pie solo para meter el otro, dijo que dudaba de que Laboy tuviera “legitimidad” para despedir empleados.

Después de eso, ¿Laboy se va aquedar? Porque si fuera yo, hago una carta pública encendida, breve, muy breve. Lo único que pondría es esto: “Me voy, contraten a Don King”.

Y queda como un señor.

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