Bárbara I. Abadía-Rexach
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¿Qué universidad pública queremos?

El 12 de agosto de 2019 iniciaron las clases en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Ese día, aproximadamente, 1,400 estudiantes no pudieron pagar su matrícula por lo que se les borraron del sistema los cursos que habían prematriculado desde el pasado semestre.

Frente a la emblemática torre del campus, otros estudiantes colocaron libretas en reconocimiento y solidaridad a esos condiscípulos que no podrían recibir la educación que desean.

Catorce días después del comienzo de cursos, y tras una reunión de la administración con el Consejo General de Estudiantes, los alumnos recibieron una notificación en la que se les anuncia que se les orientará sobre el nuevo modelo de ayudas económicas.  

Quizás, fue un asunto técnico y burocrático que tiene solución para quienes hayan persistido en su interés de educarse en la “iupi”, pero ¿qué pasa con los que tomaron la decisión de no educarse en la universidad o seleccionaron otra institución universitaria privada cuyos créditos son más costosos?

Para quienes la crisis económica impuesta en la universidad no tiene una solución técnica es para los docentes por contrato a tiempo parcial, que reciben un salario de aproximadamente $1,500 por clase, por semestre académico. Su carga de enseñanza es menor de 12 créditos, pero pueden tener hasta 10 u 11 créditos, con grupos de 30 personas, sin beneficios marginales. Se les sobrecargó con créditos y deberes a profesores con plaza y se cortaron significativamente los contratos a tiempo completo (con el que se podría devengar un salario decente por 10 meses), colocando en un estado de pobreza a cientos de profesionales que han contribuido y contribuyen activamente, con sus logros académicos, a posicionar la institución como una competente y de calidad.

¿Qué universidad pública queremos?

¿Qué universidad se sostiene sin estudiantes y sin profesores?

¿Qué oferta académica se les garantiza a los alumnos?

Conmueve ver la solidaridad de los estudiantes con sus pares. Conmueve escuchar el reconocimiento de los alumnos hacia sus profesores cualificados en estado de precariedad económica.

Indigna saberse parte de un sistema que te desecha y te limita el desarrollo profesional.

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