Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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¿Quién confía en el gobierno?

En el famoso cuento de Julio Cortázar “La autopista del sur” (publicado en 1966 en el libro Todos los fuegos el fuego) un tapón descomunal en Francia, entre la autopista entre Fontainebleau y París y que se extiende durante varios meses, se convierte en un espacio inesperado para el ensayo de una utopía. Los días pasan y en el estancamiento la gente se va conociendo, se enamora, resuelven sus problemas inmediatos y futuros, establecen prioridades para el cuido de los más necesitados, van y vienen trayendo noticias de las posibles causas del ataponamiento, algunos mueren de viejos o se suicidan, nuevas vidas se asoman y en el gran paréntesis de vida en el que se convierte esa experiencia, redefinen su lugar en el mundo. Sucede así hasta que el tapón concluye y la urgencia de comer, bañarse y regresar a “la normalidad”, desarticula ese espontáneo experimento social y todo el mundo regresa a sus vidas antes del tapón, olvidando o esforzándose por olvidar lo vivido.

En 2008, cuando tenía 23 años visité la tumba de Cortázar en París y, al igual que tantos jóvenes idealistas, dejé marcado un beso rojo en su tumba y escribí una frase que habrá durado allí poco más de un par de semanas. Leía: “Me quedo en la autopista del sur”. Hoy a los 35 años tengo más conciencia higiénica como para no andar besando lápidas en los cementerios y la idea de vivir en un tapón eterno no me resulta tan romántica. Sin embargo, no puedo evitar seguir apostándole a la posibilidad de, quizás no de una utopía absoluta, pero coño, cómo mínimo, al derecho de un gobierno que funcione. No es muchísimo pedir. 

Reflexionaba acerca de este cuento a la luz de los tapones provocados por las caravanas de solidaridad que, desde todos los puntos de la isla, se dirigieron al sur de Puerto Rico para responder de manera espontánea e independiente al estado de emergencia y crisis que se ha desatado en la zona, a consecuencia de los recientes terremotos. Nuestra autopista del sur operó como aquella que imaginó Cortázar, con códigos y reglas creadas por la gente y al margen de toda oficialidad. 

Entiendo a los expertos que nos advierten que ese modelo de distribución de las ayudas es peligroso y puede ser, incluso, menos eficiente. (También para esto la ciudadanía ha buscado soluciones efectivas, como la creación del portal suministrospr.com). Pero entiendo mucho más la sabiduría ciudadana que tiene muy fresca en su conciencia la serie de imágenes de gente que necesita agua potable, mientras cientos de miles de botellas de agua administradas por el gobierno se pudrían abandonadas al sol, o la gente pasando hambre mientras los alimentos no llegaban a su destino y meses después aparecían expirados en algún vagón, o peor aún, la conciencia de que cientos de miles de dólares en donativos para atender la emergencia de los huracanes Irma y María quedaban congelados para ser otorgados en contratos innecesarios que favorecían a unos pocos. Y para añadir más daño, la semana pasada sale a relucir que, si bien el gobierno estadounidense no ha desembolsado la mayor parte de los fondos para la recuperación y reconstrucción de la isla tras los huracanes, el gobierno puertorriqueño no ha sido capaz de gastar organizada y efectivamente los dineros que sí han sido desembolsados. 

Durante el Verano del 19 tuvimos, por primera vez en la historia, acceso de primera mano al cuarto oscuro del poder. Confirmamos leyendo el infame chat, todas nuestras sospechas acerca del manejo de los fondos públicos, del flujo de influencias y fuimos testigos con indignación del uso el dolor humano como capital político. Los tuvimos leídos y ya no pudimos confiar en ninguno, ni en ninguna. 

El gobierno de Ricardo Rosselló se desplomó principalmente porque, como toda institución de poder, el gobierno es una ficción que existe y se materializa porque la gente cree en ella, porque hay un pacto social que le da la fuerza y la credibilidad para gobernar. Sin ese credo firme y sólido, no hay gobierno que se sostenga. Y si llevamos décadas hablando de la crisis de las instituciones, en Puerto Rico es tiempo de reconocer que el pacto social entre la ciudadanía y el gobierno, ese credo que le da legitimidad a los gobernantes, pende de un hilo. Si es que pende del todo. 

Reconozco que esta aseveración es peligrosa. Un pueblo desvinculado completamente de sus instituciones se expone a ser preso del caos. También es cierto que pagan justos por pecadores y que dentro del propio gobierno, abundan los trabajadores y trabajadoras comprometidos con hacer lo mejor para Puerto Rico. Pero con cada acción cuestionable, la balanza se inclina hacia la incredulidad. Llevamos una semana escuchando versiones contradictorias por parte de la oficialidad y el espíritu de desconfianza quedó evidenciado en la distribución independiente de las ayudas a los afectados. 

En respuesta la gente está aportando lo que tiene, lo que puede y lo que sabe, para atender la emergencia al margen del gobierno. El gobierno central cada día se proyecta —y a veces opera— más como un estorbo que como un agente de acción ciudadana. Sin la confianza de la gente, ¿qué será de las instituciones? Nada que temer. Nacerán nuevas, ya están ahí trabajando. Las sociedades construyen con creces lo que les sirve, nunca —aunque lo parezca a veces, aunque el gobierno insista en que es de arriba hacia abajo— ha sido al revés. 

El trato discriminatorio por diseño del gobierno estadounidense, en combinación con la ineptitud del gobierno puertorriqueño ha generado un despertar que ya no solo se puede ver en la lucha exitosa del verano, sino en nuevos modelos de respuesta a la crisis y en acción ciudadana al margen. 

No tenemos que vivir en la autopista del sur, pero las cicatrices de esta tragedia y los ensayos de respuesta social y ciudadana que de ella se desprenden, son lecciones poderosas que el gobierno debe mirar y potenciar. 

Entendíamos de agua y viento, pero no conocíamos el vocabulario de la tierra cuando tiembla. En una semana eso cambió. Aprendemos rápido, con dolor e incluso con miedo. El nuevo animal social que somos está creciendo, madurando. Alimentémoslo bien para que limpie la casa en noviembre, para que se lo coma todo.

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