Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Quién le teme al PNP?

Mientras Fidel ingresa a la inmortalidad y Trump nombra la camarilla del “Reich”, me ocupa un tema de nuestro pequeño infierno colonial. Y es que la inminente toma del no-poder por el Partido Nuevo Progresista parece estar suscitando, en sectores disidentes del electorado, síntomas extremos de ansiedad. Para investigar ese extraño fenómeno de masas, opté por realizar un sondeo relámpago por teléfono.

“¿Por qué la perspectiva de un gobierno penepé produce cierta inquietud?”, fue la pregunta diplomática sometida a los participantes. “A mí lo que me produce es pánico intestinal”, disparó de inmediato una pensionada. “¡Vuelven los bárbaros trucutús!”- gritó un policía antes de colgar con una carcajada siniestra. “En el Capitolio los que van a mandar son los pandereteros” -decretó indignada una estudiante universitaria. “Si los dejan, venden hasta El Yunque” -predijo en tono lúgubre un militante ambientalista. Y un maestro de español se limitó a murmurar: -“No saben inglés pero siguen empujándonos la dichosa estadidad”.

Entre perpleja y fascinada, continué con mis llamadas. En una, me topé con un profesor de ciencias sociales que me soltó una conferencia interminable sobre las percepciones colectivas heredadas. “Los estadistas tienen mala prensa desde los tiempos de las turbas republicanas. Se les colgó el sambenito de violentos y esa imagen desfavorable se agravó con los asesinatos de independentistas en los años 70. ¿Va viendo?” –concluyó triunfal. Voy viendo, contesté agotada.

A fuerza de escuchar desahogarse a los dolientes, por fin logré establecer un inventario general de temores ligados a la tendencia política aludida. Son un injerto de memorias, prejuicios, mitos y realidades. Como servicio a la comunidad y al gobernador entrante, procedo a mencionar los principales.

Algunos detractores del PNP tienen razones de peso para temerle. Pasados gobiernos penepeístas guardan, para quienes los sufrieron, recuerdos traumáticos imborrables. La administración de Romero Barceló se relaciona con los crímenes del Cerro Maravilla, la de Fortuño con los despidos masivos de empleados públicos y la de Rosselló padre con los escándalos de corrupción. Esto le ha extendido a todo el liderato estadista una sospecha de culpa por asociación.

También despierta el recelo de la ciudadanía lo que unos llaman agenda neoliberal y otros republicanismo criollo. Con su manía privatizadora y el potencial macheteo a mansalva de empleos, servicios y pensiones, el PNP se ha convertido en una especie de cuco laboral. Y más aún cuando la Junta de Control Fiscal pretende implantar un régimen de austeridad “hard core” dirigido al repago de la deuda. Como si fuera poco, los nexos de ciertos miembros y satélites de la mentada Junta con el exgobernador Fortuño aumentan el nivel de desconfianza.

A ese dudoso panorama gerencial se suma otro elemento inquietante: la visión conservadora que, a pesar del apellido “progresista”, ha caracterizado la doctrina social del PNP. Ni las posiciones retrógradas asumidas frente a la legislación federal de corte liberal ni la juntilla de líderes de la palma con los elementos más recalcitrantes del fundamentalismo religioso son de muy buen augurio para los defensores de los derechos humanos de las minorías.

Hay quienes sienten que los estilos de mando del PNP son demasiado agresivos. Contrario a la complacencia timorata de los populares, el empuje feroz de sus funcionarios obvia reglamentos, deshace estructuras, modifica leyes y vira todo al revés con la prisa del que sabe que tal vez no vuelva a pasarle por el lado la diosa oportunidad. Supongo que no por nada la tradición oral ha bautizado “aplanadora” al Partido y “tiburón blanco” a uno de sus capos.

Las embestidas históricas contra el estudiantado y contra la institución misma de la Universidad de Puerto Rico le han ganado al PNP una reputación de anti-intelectual. Ya sea porque identifica a la UPR como foco de resistencia ideológica o como proyecto mimado del Partido Popular, la verdad es que no siempre la ha tratado con el respeto que merece. Según un criterio bastante generalizado, los estadistas están en guerra con la cultura puertorriqueña. En vano se alega que gobernadores penepeístas han creado entidades culturales tan importantes como el Centro de Bellas Artes y el Museo de Ponce. La mala fama prevalece y la obsesión con el inglés tampoco ayuda a mitigarla.

Por más americanizado que esté el País y más votantes que ostente el PNP, la causa anexionista no resulta aceptable para un gran número de puertorriqueños. Es innegable que aquí existe un nacionalismo visceral, tan tenaz como invisible. A la hora del reclamo plebiscitario, hasta los más fanáticos de la pecosa arrastran los pies. Algo debe haber en nuestro genoma sicológico que rehúye la radicalidad de esa fusión disolutiva. Es como si las luchas independentistas centenarias nos hubieran tallado, entre los pliegues más secretos del cerebro, una cicatriz indeleble.

Espero que los resultados de mi sondeo no les revienten el estresómetro. Relájense, boricuas, y aténganse, como cada cuatrienio, a la lucidez del refrán: “No hay mal que dure dos términos ni pueblo que lo repita”.

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