Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Quién llora por el PPD?

A petición de mis amables lectores y fieles detractores, he aquí la secuela de mi columna “¿Quién le teme al PNP?”, publicada por este periódico el pasado mes de diciembre. Pero antes, una pequeña aclaración.

Aparte de ganarme algunos calificativos poco halagadores, la mentada columna suscitó especulaciones fantasiosas sobre mis simpatías políticas. Unos me endilgaron el carné de “melona” (independentista que le presta el voto a la pava) y otros el de “pipapenca” (independentista conversa al culto de la palma). Créanme, señores, que ninguna de las anteriores; pero al menos coincidieron en lo básico.

Retomo, sin más preámbulos, la pregunta del título: ¿quién en su sano juicio podría estar de luto por la defunción electoral del PPD? Bueno, claro, hay excepciones. Se entiende, por ejemplo, el llanto inconsolable de las batatas desplazadas. Es el mismo que aflige, cada cuatro años, a las bajas burocráticas de la guerra partidista y a los abnegados achichincles de campaña. Amén de las manadas de asesores privados de jugosos contratos.

Huelga decir que los vencedores no derramaron ni una lágrima de circunstancia por los vencidos. La euforia del “comeback” penepeísta borró el recuerdo de su derrota previa. Tampoco se habrán rasgado las vestiduras los partidos “sumergentes”. Resignados a la ley del tumbe con la que el votante da un cíclico golpe de estado legal, observaron impasibles el relevo colonial desde el palco de la marginalidad.

Me atrevo a apostar que fue la camarilla desbancada la que menos sufrió. Muy por el contrario, debe haber experimentado una secreta sensación de alivio al zapatearse semejante tostón. Después de un cuatrienio deslucido en el que no brillaron ni por su genio gubernativo ni por su pulso fiscal, de seguro agradecieron la revancha del electorado. Se quedaron sin guiso, pero se salvaron de la papa caliente de la asamblea de estatus y de la jorobeta de la Junta federal.

En realidad, no había mucho por lo que esmelenarse aquella fatídica noche del 8 de noviembre. Las razones de la ausencia de nostalgia por los perdedores tienen, desde luego, su trasfondo. Recientemente, el debate sobre el último embeleco plebiscitario ha sacado a relucir, de nuevo, la apatía incurable del PPD. Con su “fastraqueo” olímpico –esa prisa temeraria sólo comparable a la que impulsa las órdenes ejecutivas de Mister Trump– los estadistas han expuesto la exasperante indecisión congénita del liderato popular.

Pese a su matrícula masiva, el PNP tiende a gobernar con la ferocidad y la urgencia de un partido de minoría advenido al poder. El PPD, en contraste, siempre ha ejercido con parsimonia su vocación de partido oficial. Como mantenedor consecuente del orden impuesto, legitimado y sostenido por Washington, se ha sentido dueño y señor no sólo de las instituciones creadas en la década del 50 sino también del destino del País.

Aferrarse al pasadoha sido pues su misión existencial. El culipandeo y la morosidad le han servido de instrumentos para bloquear el cambio. Al principio, se aseguraba el monopolio del voto fichando y criminalizando a la disidencia. Luego aprendió a seducirla con juegos retóricos, prédicas miedosas y un nacionalismo folclórico. Pero, de pronto, le pararon el reloj. Cuando al imperio le dio por retirarle la confianza, lo sentenció sin piedad a la irrelevancia.

Si no resultara tan patético, sería cómico ver a sus defensores romperse la cabeza en busca del adjetivo redentor. Estado Libre Asociado mejorado, desarrollado, culminado, reciclado, fortalecido, enriquecido, reconstituido…. Hasta la opción del soberanismo mongo les resulta intimidante. Parece un chiste cruel, pero el caso de las Islas Vírgenes se presenta ahora como modelo para obviar el asunto de la definición.

El talento supremo del PPD está en su estilo de gobernanza. Si la onda agresiva suele caracterizar la gestión pública del PNP, un semblante soñoliento y complaciente es lo propio de las administraciones populares. Tirarle su migaja a tutilimundi sin hacer olas ni levantar ronchas es su manera de evitar los estallidos sociales. Con la cantaleta de la Gran Familia Puertorriqueña y la diplomacia de parchos y concesiones, se las agencian a las mil maravillas para desmovilizar las protestas. La paz de los sepulcros tiene su encanto. Atrae a los sectores conservadores que favorecen el confort de la continuidad.

En esta despedida de duelo, no es posible olvidar la fuerza irresistible del puertorriqueñismo compensatorio que el partido fundador de la colonia ha fomentado con pasión. A fuerza de competencias deportivas, reinados de belleza y monoestrelladas ondeantes, se ha pretendido resarcirnos por nuestra flagrante exclusión de la comunidad de las naciones. Explotando ese apego defensivo a la patria que, contra viento y marea, llevamos los boricuas a flor de piel, se nos ha hecho creer que los símbolos pueden sustituir a las realidades.

Que lloren otros por el PPD. Y el PNP que no se engría demasiado. Los ventarrones de la historia son impredecibles. El día menos pensado, podrían provocar la inesperada virazón de las voluntades.

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