Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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¿Quién mató al negro bembón?

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Provocadora resulta la confesión. Provocadora por partida doble. En primer lugar el matón responde al interrogatorio policial sin evasivas o muestras de arrepentimiento. Eso a pesar de que “al negrito bembón todo el mundo lo quería”. En segundo lugar la confesión posibilita radicar el cargo de crimen de odio. Pues el crimen lo inspira el prejuicio racial. Un prejuicio del cual el matón se vanagloria:-“Yo lo maté por ser tan bembón”.

Receloso, el policía a cargo de la investigación refuta varias veces al matón confeso. –“Esa no es razón para matarlo. -Esa no es razón para matarlo. -Esa no es razón para matarlo. -Esa no es razón para matarlo”.

La guaracha “Mataron al Negro Bembón”, un thriller en clave de farsa y relajo, culmina con la refutación evocada. Una refutación algo tímida y monga, si bien ninguna guaracha aspira a ser homilía o tratado moral. Una refutación vuelta estribillo para que el sudor de los bailadores encharque el salón de baile y el gozo cunda.

Desde luego, la machaca de la cacofonía -bembón, investigación, razón, matón-, junto a la música bailable en grado sumo, la hacen una de las guarachas más conocidas de Bobby Capó. Una guaracha menor si se la enfrenta a otra asimismo centrada en la experiencia social de la negritud, “Las caras lindas de mi gente negra”, de Tite Curet.

Encaro un asunto crucial previo a seguir: ¿por qué el policía se muestra receloso durante la refutación? Porque se cura en salud, lo insinúa el texto guarachil: -“Uno de la policía, que también era bembón, le tocó la mala suerte, de hacer la investigación”.

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Unas declaraciones de la señora Michelle Obama, publicadas en “The New York Times”, me interesan en especial. Hechas en clave de emotividad sobria que traspasa la carne y el hueso y las entrañas, las declaraciones mantuvieron a raya la lágrima. El dolor, por tanto, contenía la obligada porción de sosiego que facilita el razonamiento.

La señora Obama, un estuche de inteligencia articulada y sensualidad vibrante, hablaba del prejuicio racial en público y por vez primera. Sobraría decir que hablaba desde la plataforma exclusiva que la historia ya le aparta: primera mujer negra en ser primera dama de la nación estadounidense.

Habló, en fin, desde la celebridad que será su sombra ingrata, para siempre. Una celebridad que los prejuiciómanos, como bautizo a los pacientes terminales de prejuicio, aspiran a minar a través de la burla a los modos y rasgos de su raza. Unas burlas que infaman más al burlador que al burlado.

Lector, guárdeme el secreto: desprecio los altares consagrados al autobombo. Más que desprecio me causa repugnancia quien se admira demasiado. Una admiración que considero ajena a la inseguridad sana y la duda productiva.

Sin traslucirel menor eco de autobombo, sin que la rociara una sola gota de admiración ridícula a sí misma, la señora Obama hablaba con coherencia tal que mi voluntad de lector se rindió. Una rendición conseguida por su habilidad para mostrarse ecuánime, no obstante su vida transcurrir en contextos apáticos a la ecuanimidad.

La emotividad sobria que ella manifestó me impulsó a formular una pregunta de respuesta difícil, eludible, precaria. ¿Por qué el odio a los negros?

A la pregunta inicial le junto otras más específicas. ¿Por qué el prejuicio racial no cesa ni recesa en “la nación esencial del universo”, como llamó Madeleine Albright, ex-secretaria de estado, a los Estados Unidos de Norteamérica? ¿Por qué el alma de una gran nación la pudre la llaga del racismo destructor, del racismo inmoral? ¿Por qué ser negro y bembón resulta motivo suficiente para disparar plomo oficial? ¿Será que la estructura mental del prejuiciómano se ancló en los tiempos de la esclavitud? ¿Será que el prejuicio racial es la expresión de un trágico fracaso humano? ¿Será un problema de decencia básica?

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El prejuicio es siempre un falso retrato, según los diccionarios de sicología. Añado: un falso retrato del carácter, de la inteligencia, de la sensibilidad, de todo cuanto varía de persona a persona hasta conseguir hacerla única, irrepetible.

Por cierto, de quien mató al negro bembón poco se sabe. Aunque si mató a quien mató porque era negro bembón el matón no iba a ser, también, negro y bembón. ¿O sí? La negrofobia no es solamente cosa de blancos. Como tampoco la homofobia es solamente cosa de heterosexuales. ¿O no?

“Qué extraña es la vida” cantaba Daniel Santos. Sí que es extraña. Pero, nos metemos en su extrañeza hasta el cuello o nos ahogamos.

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