Raymond Dalmau

Punto de Vista

Por Raymond Dalmau
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Racismo contra boricuas: ¿voluntario o involuntario?

Cuando en la segunda mitad de la década del 60 llegamos a jugar a Puerto Rico los llamados “niuyorricans” —puertorriqueños nacidos en Estados Unidos, o los que como yo habían nacido aquí, pero se habían criado allá—, venimos a implementar un nuevo estilo y sistema de juego que tuvo mucha acogida y revolucionó el baloncesto puertorriqueño.

Mi desempeño en el baloncesto local permitió que fuese a representar a Puerto Rico en competencias internacionales, por lo que tuve la oportunidad de viajar a diferentes partes del mundo. Nunca percibí rechazo alguno hacia nosotros por el hecho de estar vistiendo el uniforme de una isla de habla hispana. Nos aceptaban como éramos, en las buenas y en las malas, es decir, que nos aplaudían más, o nos aplaudían menos, únicamente a base de nuestras buenas o mejores ejecutorias sobre el tabloncillo. Y aun los fanáticos del equipo contrario nos aplaudían cuando hacíamos jugadas espectaculares.

Por eso no me causó ninguna alarma leer acerca del episodio reciente en el que un grupito de estudiantes de una escuela superior de California, frustrados por “la pela” que sufría su equipo por parte del equipo contrario, en el que habían jugando tres puertorriqueños y un francés, comenzaron a gritar “¡¿Dónde está tu pasaporte?!”. Lo tomé como deben tomarse estas cosas: con serenidad y el entendimiento claro sobre la psicología de los que están en las gradas cuando su equipo está perdiendo por muchos puntos. No hay por qué exagerar; no hay por qué suponer que esto representa un “problema” serio que amerite que le dediquemos demasiado tiempo a solucionarlo.

Muchas veces lo que impera entre esos adolescentes es la ignorancia; no son realmente conscientes de lo que están gritando. Si lo fueran, sabrían que dos de los principales contendores al título de “Jugador Más Valioso” de la NBA este año son extranjeros: Luka Doncic (de Eslovenia) y Giannis Antetokounmpo (de Grecia y ascendencia nigeriana). De seguro, el equipo de la NBA o de la liga universitaria del que ellos individualmente son fanáticos tiene en su plantilla uno o más jugadores extranjeros sin que eso les cause molestia alguna.

La reacción de los estudiantes en el partido al que me he referido antes es parte de la dinámica y la frustración que se da en los juegos cuando el adversario apalea al equipo de determinados fanáticos: proferirle insultos para desconcentrarlos. No hay duda de que los estudiantes utilizaron un epíteto que indirectamente aludía al origen nacional de cuatro de los jugadores con el evidente propósito de descolocar a los tres boricuas y al francés que tanto “daño” les estaban haciendo a los de su escuela. Y pienso, como otros, que se trata de un incidente aislado.

Sé que mis hijos han opinado que, como jugadores en Estados Unidos, sintieron el discrimen, aunque fuera sutilmente, en algún momento de sus carreras, aun cuando no fue nada significativo. Por eso, ahora que son “coaches” de baloncesto de escuela superior en Estados Unidos, les he aconsejado que sean cuidadosos al impartir sus instrucciones. En casos de jugadores enteramente bilingües deben decidir bien cuándo hacerlo en inglés o español, pero animando a sus jugadores a hablar inglés dentro de la cancha. Aparte de que se trata de una cortesía al país que los acoge, sirve además para que no sean percibidos como que pretenden pasar por “superiores”. Únicamente si el jugador no habla inglés es que es conveniente darle las instrucciones en español para que tengan las mismas oportunidades en el juego que los demás.

Finalmente, creo que toda situación que nos parezca adversa debe ser afrontada proporcionalmente. En el asunto que discutimos, es evidente que, aparte del rechazo institucional que hubo a la conducta del grupito estudiantil que profirió los gritos de frustración, las autoridades escolares también deberían aprovechar la ocasión para educarlos acerca de Puerto Rico y los puertorriqueños. La ignorancia sobre quiénes somos puede ser vencida solamente con educación, con mucha educación. Y nada mejor que la escuela para brindarla.

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