Víctor García San Inocencio

Punto de vista

Por Víctor García San Inocencio
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Racismo: Rayshard Brooks en Atlanta y a cuchillo de palo en Puerto Rico

Son nombres extraños que oímos o leemos por primera vez en estos días. Llegan desde otras tierras, asoladas por la violencia del racismo y por la cultura de la muerte.

Armas, asesinatos, abortos, Afganistán y la guerra estadounidense de casi dos décadas, todo lo cual hiede a muerte, a violencia previa o posterior, a violencia cotidiana.

Esta oleada de linchamientos tiene por objeto común los efectos del racismo y sus violencias, la relativa juventud de los y las asesinadas que explicaría quizás los nombres poco comunes. 

A Rayshard Brooks lo mataron la noche del viernes. Se quedó dormido en su auto en un estacionamiento de un restaurante Wendys en la ciudad de Atlanta, Georgia. Llamaron a la Policía, que llegó y sorprendió a Rayshard. Este habló calmada y sosegadamente con la pareja de policías que intervino con él. Les pidió que lo dejaran irse caminando hasta la casa de su hermana a cinco minutos. Pero no. Tenían que arrestarlo. Acaso por pánico, Rayshand se sacudió y se les soltó. Mientras, evadiendo una descarga eléctrica, se agarró de uno de los “tasers”, lo tomó y corrió despavorido, activó el taser y le dispararon a su vez. Cinco segundos después, sin que presentara peligro alguno le pegaron dos tiros por la espalda. Murió desangrado.

La intervención duró casi media hora y fue filmada en su totalidad. No debió llevarse, ni llegar a ese punto. Al policía que haló el gatillo ya lo despidieron y la Fiscalía evalúa acusarlo por asesinato.

La reacción no se hizo esperar. Atlanta y Georgia, que hierven hace tres semanas como media humanidad por el asesinato de George Floyd, y que se estremecieron hace un mes por el asesinato-linchamiento-cacería de Ahmaud Arbery, reabren sus heridas. Al igual que en los casos previos de Ahmaud y de George, los perpetradores responderán ante el sistema que comúnmente los ha absuelto. El restaurante Wendys ardió durante toda la madrugada del sábado. Hoy, se ha convertido en otro santuario. Las protestas, que ya son internacionales, cumplieron tres semanas a las cuales se han integrado cientos de miles de personas de todas las razas, credos y afiliaciones. Continúan ahora con renovada fuerza.

Rayshard, al igual que George, era un hombre en sus cuarentas. Breonna Taylor era una joven de apenas 25 años, lo mismo que Ahmaud, quien cometió el error de ejercitarse cerca de las casas de unos vecinos blancos que lo cazaron.

Que sus bisabuelos o tatarabuelos hayan sido esclavos, los obligó a vivir con temor, y con miedo, no solo a la violencia racial blanca y a todo tipo de discrimen, incluso de la oficialidad, sino a cargar una profunda pesadumbre en el alma por la victimización múltiple que han padecido que produce una vida de horizontes truncos, vejámenes a granel, y un sistema que los facilita activamente o por insensible indiferencia hasta provocarles la muerte.

Cuando era niño en los años sesenta tenía dos héroes negros. Uno civil, el doctor Martin Luther King, y otro religioso, el mulato San Martín de Porres. Había leído los discursos de King, y hasta un disco me regalaron con el discurso en la manifestación de Washington. Durante medio siglo también he albergado el sueño descrito allí por el reverendo King. Mi conciencia cívica, incluso de la resistencia pacífica y no violenta, se remonta a aquel tiempo. Cuando la noche del 4 de abril de 1968 lo asesinaron en Memphis, Tennessee, lloré junto a mi padre.

Cada vez que capto la violencia del racismo y la xenofobia en Puerto Rico, siento también que me golpean ese sueño --después aprendí que también era el sueño de Hostos, Betances y Ruiz Belvis-- y cuando nos matan a una Adolfina Villanueva, o a un hermano dominicano, o a Breonna, Ahmaud, George o a Rayshard, el corazón se me  aprieta.

Pienso en mi larga conversación sobre el racismo y la opresión con Toñita Pantojas, mujer grande y luminosa, y me estremece todo lo que nos falta todavía. Pues aquí en Puerto Rico, el racismo mata y lo hace muchas veces agazapado con cuchillo de palo.

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