Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Raquel y Yomaira

Se llamaba Yomayra Hernández Martínez y tenía 13 años. Wilson Meléndez Bonilla, de 19, fue acusado por la muerte de la menor. Según la investigación de la Policía, le quemó el 90% de su cuerpo. Después de varias semanas graves, la adolescente perdió la vida. Aun cuando tecnicismos legales mantengan su nombre fuera de la lista oficial de víctima de violencia de género, no olvidemos que a Yomayra la asesinó el machismo.

Raquel Ojeda Agosto, de 80 años, fue brutalmente agredida con una piedra, en repetidas ocasiones, mientras caminaba por la acera de una concurrida avenida. Su agresor confeso fue Emmanuel Díaz Cruz, joven sin techo y con problemas de adicción a drogas.

Después de divulgarse ampliamente en los medios ambos eventos, un grupo de ciudadanos clamó por el ajusticiamiento “callejero” de los agresores. Violencia por violencia, cual si fuese el antídoto perfecto ante tanta pesadilla.

Trabajaba en la conciliación del cómo las reacciones de la “comunidad” siempre están circunscritas a quién es la víctima o agresor; cuando un colega me comparte una entrevista de la escritora Clara Valverde.

Después de hacer alusión a su libro “De la necropolítica neoliberal a la empatía radical”, Valverde sentencia que “las políticas neoliberales son unas políticas de muerte…Muy poca gente defiende a los excluidos. ¿Cuánta gente se organiza para apoyar a los sin hogar? ¿Cuánta gente ayuda a los ancianos o enfermos crónicos?”

Reflexiono en el trabajo de Valverde y en nuestras contradicciones. No puedo evitar cuestionarme cuándo reconoceremos la terrible enfermedad social que llevamos sin enfrentar y diagnosticar; para así poder sanar. ¿Cuándo reconoceremos nuestra responsabilidad en la reafirmación del discurso neoliberal institucionalizado, de que la pobreza y la violencia son variables opcionales?

Si no reconocemos que hemos sido contagiados con la indiferencia e hipocresía de quienes dicen administrar lo público, tendremos más víctimas como Yomayra y Raquel y continuarán visibilizándose los Wilson y Emmanuel, ante una comunidad y un gobierno indiferente.


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