Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Recoger dinero de las matas

Calma. Con calma. Hay que explicarlo.El Departamento de Hacienda tuvo recaudos extraordinarios durante el pasado mes de abril, a tal punto que superó por $200 millones la cifra de los ingresos registrados en 2017 para ese mismo mes.

Hasta ahí, todo tiene cierta capa de verosimilitud.

¿Significa eso que salimos de pobres?

No lo creo. Pero sin embargo, hubo petardos, abrazos, risas y felicitaciones. Muchos quedaron persuadidos de que estaba volviendo la normalidad, y el que más y el que menos acarició la idea de salir corriendo para Marshall’s, que es nuestro refugio espiritual, o hacia algún centro comercial cercano, para desquitarse de la zozobra vivida durante estos meses.

Las arcas del Estado volvían a estar rebosantes, algo que no se explica con los argumentos de la realidad fiscal que se han divulgado últimamente. Para casos como ese, están los oportunos versos de la uruguaya Juana de Ibarbourou: “Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen”. Igualito, pero con los dedos del Gobierno: “billetes, billetes, billetes”. ¿Han crecido en realidad los billetes?

Como soy desconfiada, enseguida pensé que ese giro a nuestra fortuna no era normal. Mentalmente hice un estimado: si un ciudadano cualquiera, un vecino de mi misma calle, deja de pagar la hipoteca, las tarjetas de crédito, el carro, la luz, y a ser posible el agua, seguro que en poco tiempo acumulará una cifra récord en su cuenta bancaria.

El Gobierno no paga a los suplidores; alega que no tiene dinero para adecentar el firme de las carreteras —que ya es guasa tener que llamarlo firme—, y tampoco paga un centavo a los acreedores. Pues ahí está la explicación. El dinero le tiene que sobrar, florecer en sus manos, como las rosas en los dedos del poeta.

Lo cierto, sin embargo, es que ni aun con eso, con haber suspendido pagos por aquí y por allá, le sobra mucho.

Al 30 de marzo, que yo sepa, los recaudos arrastraban un déficit de más de $500 millones. Si a esos quinientos y pico se les restan los $200 millones adicionales que recaudaron en el mes de abril, la diferencia sería de más de $300 millones, que es lo que al fin y al cabo admite Hacienda en su informe más reciente sobre la liquidez del Estado, al 30 de abril.

El Gobierno parece debatirse entre la necesidad de mantener unos estándares, y unos números, a fin de no tener que hacerle frente a una reducción de la jornada laboral (amenaza que aún pende sobre el país, de reducirse drásticamente el efectivo en caja), y la otra cara de la moneda, que sería poner los números en su verdadera perspectiva, admitiendo que la cosa va mal, condición para que fluyan las ayudas federales, y los acreedores no salten sobre nuestras carnes con la fuerza del oso de “The Revenant”.

De hecho, el “¿Cóomo?” de los acreedores tiene que haberse oído en Manchuria, cuando leyeron esa noticia de que la cuenta del Estado había alcanzado unos niveles récord, dejando atrás las predicciones másmodestas de la Autoridad de Asesoría Financiera y Agencia Fiscal. Bastantes ciudadanos también soltamos nuestro sonoro “¿Cóomo?”, porque si hasta ayer estábamos muriéndonos de necesidad, no es congruente para nada que se pongan a doblar campanas porque mejoraron los recaudos de un mes. De uno solo, sin tomar en cuenta que arrastramos el fardo insoportable de los otros nueve meses, contando desde junio, cuando empezó el año fiscal.

Tal vez estoy interpretando mal lo que ha ocurrido. Es el precio de tener un Gobierno que no explica las cosas con rigor.

¿Estamos en verdad debajo de una cornucopia que derrama riquezas a nuestro alrededor, de forma milagrosa, sin necesidad de préstamos, o estamos igual de fastidiados que hace un año? Es urgente que nos expliquen eso. De ahí parte la comprensión de muchas cosas: de la austeridad que viene, de la que no viene, de la que se negocia.

Se supone que la jueza del tribunal de quiebras, donde se atiende nuestra bancarrota, tenga más elementos que nosotros para auscultar la verdadera “salud”, si alguna, de los recaudos del Fondo General. Pero la opinión pública también se merece un poquito de consistencia.

No es lógico, a menos que estemos todos locos (posibilidad que igualmente deberá contemplarse), que un día estemos arrastrándonos por los menesterosos callejones del destino, y al siguiente presumamos de que a pesar de que se han pagado los reintegros, y se le ha prestado dinero a las corporaciones públicas, la salud fiscal de Puerto Rico es la mejor en mucho tiempo.

La cantidad de gente que todavía cree —desde hace años cree—, que el Gobierno tiene el dinero escondido “y lo saca en año electoral”, es abrumadora. Lo que pasa es que, si fuera de ese modo, antes nos lo escondía solo a nosotros, y nosotros somos buena gente, perdonamos fácil, lo hemos demostrado. Ahora lo estaría escondiendo de una magistrada que está tratando de darle forma a un proceso de quiebra espeluznante. Por eso no creo que haya dinero escondido. Si lo hubo, los políticos y sus compinches se lo comieron hace mucho tiempo.

Y de las matas no podemos esperar gran cosa. No dan billetes, por mucho que las ordeñemos.

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