Ismael Torres

Tribuna Invitada

Por Ismael Torres
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Recuerdos de una gran mujer: mi madre, Miña

 “Serán ceniza, mas tendrá sentido / polvo serán, mas polvo enamorado”: Francisco de Quevedo

Mi mama murió hace seis años y todos los días pienso en lo extraordinaria que fue como mujer, como madre y como vecina.

Murió a los 96 años y verla consumirse con los años fue una de las experiencias más duras que he vivido, pues uno podía palpar cómo esa  llama se apagaba lentamente.

Era una mujer profundamente cariñosa que hablaba con aquella hermosa y pícara mirada que tenía y bastaba un gesto para uno saber su parecer sobre cualquier asunto que uno le planteara.

Fue ama de casa, con 12 hijos, a los que, junto a mi papá, nos dio todo, principalmente cariño y apoyo. Nunca la ví molesta por alguna travesura que hiciéramos, aunque no dudaba al momento de disciplinarnos.

Además de atender aquella complicada tropa de inquietos hijos, era consturera y trabajaba en esas labores todos los días, desde tempranas horas de la mañana hasta entrada la noche.

Fueron muchas las veces que me arrimé, sin éxito, al cuarto donde estaba pegada a la máquina de coser para que se levantara y se fuera a la cama porque en su rostro era evidente el cansancio.

Recuerdo que los viernes y los sábados eran los días más duros porque lo mismo cosía trajes para una boda que para un baile y el traje nuevo que la jóven quería lucir un domingo en la iglesia.

Tendría yo unos 14 años cuando me puse la primera camisa comprada en una tienda. Pues hasta entonces, igual que mis otros hermanos, esas piezas ella las hacía con tela que compraba o que le sobraba de algún traje que había hecho. No fueron pocas las veces que uno se encontraba en las calle de aquel campesino pueblo de Orocovis a maestras con un traje con la misma tela de la camisa que uno tenia, o vice versa.

Nunca pude descifrar cómo en casa se suplían los alimentos, la ropa para la escuela, las libretas y otros materiales escolares cuando el salario de mi papa como trabajar agrícola era casi de miseria. Y entonces entendíamos la importancia de ese ingreso adicional que llegaba por el trabajo duro de mi mamá, pegada durante muchas horas a la máquina de coser.

Como yo le decía en broma y en serio a un amigo hace unos años, mi familia era una de las más acomodadas en Orocovis, pues éramos 14 personas en una casa que tenía tres cuartos!

Recuerdo a mi mamá hoy y todos los días como una mujer maravillosa, cariñosa, amorosa y uno de los seres más desprendidos que he conocido en mi vida.

Su vida en el campo fue muy dura y en ocasiones, ya en San Juan, le sugería que si quería que consiguiéramos una casita en el campo para volver a vivir  en Orocovis. Con una sonrisa pícara, su respuesta siempre fue categórica: el campo es para las vacas.

Por eso, este fin de semana, como todos los demás días, la recordaré con el dolor que me produce tratar de querer tenerla para físicamente hablar con ella.

Hoy me duele su muerte y me viene a la mente aquel poema de César Vallejo, Los heraldos negros.

            “Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!/Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, /la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... Yo no sé!”

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