Luis Vega Ramos

Tribuna invitada

Por Luis Vega Ramos
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Recuperar el alma del PPD o morir

Hace casi 43 años, en medio de algún requiebro infantil legítimo, le pregunte a mi Viejo ¿qué hace el Partido Popular? Implícito en mi pregunta estaba el celo del niño que, en muchas noches y fines de semana, mientras su progenitor dirigía o asistía a reuniones de reorganización política, preguntaba ¿dónde está y qué hace papá?

Su respuesta fue sencilla y su lección vigente hasta el Sol de hoy. “El Partido Popular se creó por Luis Muñoz Marín y los puertorriqueños para defender a los muchos con poquito de los colmillús".

La discusión de las últimas semanas del “Efecto DCI Group” sobre el PPD, es una importante y delicada. Y aún no concluida, le guste o no a quien sea, pero sería injusto decir que con ella empezaron los problemas del PPD. Los Populares de hoy sabemos hace tiempo que hay algo podrido en nuestra Dinamarca, como lo diría Shakespeare. Sin embargo, hemos sido tímidos en encararlo y llegó la hora porque, de lo contrario, vendría la del ¡ya pa qué!

Tras el remache de un régimen colonial con la Ley Promesa y la Junta Fiscal, y escándalos como el de Anaudi, Sosa, y varios de nuestros funcionarios electos, la coincidencia con ciertas propuestas de austeridad del Partido Nuevo Progresista, de neoliberales estadounidenses, y la derrota del 2016, no puede negarse que la dura verdad es que el 80 aniversario de su fundación ha cogido al PPD en un midlife crisis en torno a nuestras señas básicas de identidad.

En la más reciente reunión de la Junta de Gobierno, Victoria Muñoz, a quien mi viejo veneraba (a veces con mi requiebro) como si fuera nobleza, en medio de una exposición apasionada nos dijo algo como “ya yo no le siento el alma al Partido Popular".

De eso se trata. De encontrarle el alma otra vez a nuestro cuerpo. A nuestro partido. O de acabar de morir. Pero no podemos andar por ahí como los proverbiales “zombies” de las películas de horror. El país no lo merece.

José Alfredo Hernández Mayoral le adscribió a una “manía” el que yo haya insistido en la reciente Junta de Gobierno en la aprobación de una resolución que requiera informes éticos de clientes, ingresos, negocios e intereses de todos los miembros de dicho organismo. Le agradezco su voto a favor de mi resolución y le digo que confío que el pueblo popular y el país se asegurarán que no sea una “de esas que son solo de apariencias y de las que nadie recuerda.” Ya veremos.

Antes de explicarme nada de la afirmación nacional puertorriqueña, de que el país tuviera más poderes para gobernarse a sí mismo, de lo que significa eso que llaman "justicia social", mi Viejo -un Popular reventa'o, de una familia humilde de Ciales y cuya mayor fortuna fue ser servidor público toda la vida- me enseñó que el Partido Popular era lo que defendía a los pobres de una gente poderosa y con apetito insaciable que se llamaban "los colmillús", que se vivía para tener vergüenza frente al dinero y para que todo boricua tuviera un mínimo de pan, tierra ylibertad. Yo lo entendí clarito a mis cuatro o cinco años y nunca se me olvidó.

Más que el apego a una política pública, ser Popular era una filosofía de vida, un credo de responsabilidad social. Eso se le ha extraviado al PPD de hoy. Se nos perdió hace tiempo y si no lo recuperamos, seguir no tiene sentido. Y eventualmente sería posible que otra fuerza y otro movimiento venga a ocupar nuestro espacio y a defender nuestras causas fundacionales. Yo no quisiera eso, pero cada día lo veo más probable.

Yo sí quiero poder darle a mi hija, Helena, la misma explicación de “qué es el PPD” que me dio mi viejo, Cuchi Vega, hace cuarenta y pico años. Hoy es bien difícil. No sólo por DCI Group, sino por muchas otras roletas que dejamos pasar entre nuestras piernas. Hoy no se siente nuestra alma. Estamos tan desalmados como los otros. Eso es lo que hay que cambiar para que el PPD tenga algo que aportar al futuro de Puerto Rico.

Manos a la obra. O quitémonos del medio.

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