Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Reescribir la historia?

El domingo pasado, en un interesante artículo publicado por este periódico, el presidente de la Asociación Puertorriqueña de Historiadores (APH) planteaba la necesidad de revisar los libros para la enseñanza de la historia de Puerto Rico. El doctor Félix Huertas basaba su legítimo reclamo en las recientes decisiones del Congreso y el Tribunal Supremo estadounidenses que nos han restregado en la cara la vulgar naturaleza colonial del Estado Libre Asociado.

Esas declaraciones, así como las del también entrevistado profesor Ángel Rodríguez, me dejaron pensativa. Y me fui en un largo flashback a mis ya remotos años escolares. De entre las telarañas del hipocampo, emergieron dos títulos: la “Antología puertorriqueña” de Manuel Fernández Juncos y la “Historia de Puerto Rico” de José Luis Vivas Maldonado. El primero ofrecía biografías y pasajes de próceres del siglo diecinueve y se usaba en séptimo grado. El segundo se manejaba en décimo y no pretendía ser, según su autor, más que “un recuento sencillo” del devenir isleño.

El manual de Vivas, cuentista por derecho propio, incluía citas de escritores (Lloréns Torres, Coll y Toste, Julia de Burgos, Betances, etc.) antes de cada capítulo. Sin embargo, el fogoso puertorriqueñismo literario del narrador no le impidió tildar al nacionalismo revolucionario de “terrorismo atrasado por un siglo”. En cuanto al ELA, se deshizo en elogios entusiastas, proclamándolo “nuevo concepto de gobierno para brindarlo como ejemplo al mundo” y celebrando la entrada de Puerto Rico “al coro de países y estados libres”. Su sobrevuelo panorámico cerraba así con la fanfarria de rigor para un estadolibrismo triunfante.

Y menos mal que los supervisores curriculares de la época no se atrevieron a encajarnos el mamotreto de Paul G. Miller, cuyo reinado académico duró treinta años. De “historia contada por el invasor” lo calificó Juan Manuel García Passalacqua al realizar un revelador inventario de los mitos y prejuicios transmitidos por Mister Miller. Tampoco parece haber escatimado aquel señor en materia de simplificaciones tendenciosas. Atribuía, por ejemplo, el descontento de los puertorriqueños ante ciertos decretos opresivos del régimen americano a meros malos entendidos por la diferencia de idiomas.

Nada de eso sorprende. Se sabe que la historia la escriben los vencedores y que los compendios de encargo son hijos de sus tiempos. Se sabe, además, que algunas obras incorporadas a la educación pública pueden servir de instrumentos para la domesticación intelectual. En el caso de Puerto Rico, la censura - activa o pasivamente ejercida desde la era española hasta el presente - ha mantenido un estricto control sobre la difusión escolar del conocimiento histórico disponible. Ya sea por prohibición o por omisión, se ha podido perpetuar un mutis efectivo sobre episodios incómodos o visiones disidentes de nuestra biografía de pueblo.

Como consecuencia de ese silencio selectivo, el estudiante puertorriqueño promedio padece de desinformación crónica. Desinformación, dicho sea de paso, que ni siquiera se reconoce como carencia. Imposible no pensar en la “amnesia cultural” descrita por Albert Memmi en su “Retrato del colonizado”. Condenado a vivir en la inmediatez del presente, el sujeto colonial va perdiendo progresivamente la memoria. Sólo la intervención formativa de maestros entendidos o la autogestión detectivesca de alumnos curiosos logra a veces rescatar retazos inconexos del pasado.

Frente al reto mayúsculo lanzado por la APH, resulta razonable preguntarse si es factible revisar los libros existentes o si, por el contrario, son textos nuevos los que requiere el momento. Ciertamente, el abandono de la terminología conocida debería impulsar el cuestionamiento de las “verdades” aprendidas. Pero, en realidad,  no es solamente la vieja percepción del ELA lo que ha cambiado. La terapia de shock que acaban de infligirnos los americanos promoverá sin duda una transformación gradual de la conciencia. Ya nada podrá verse igual ni leerse de la misma manera.

Surgen otras interrogantes perturbadoras. En un país sin consenso épico, ¿quién escribiría el nuevo manual oficial? Si el relato varía con el punto de vista, ¿cuál perspectiva prevalecería? Y, perdonando la malicia prematura, ¿cuál casa editora se llevaría la subasta? Bajo las circunstancias actuales, sospecho que ninguna obra aspirante conseguiría carta de permanencia. Con los vaivenes constantes de la movida electoral y el modus operandi de la corruptela, cada administración entrante reemplazaría de inmediato el libro asignado por la saliente.

Los dioses nos protejan de las posibles respuestas de futuros secretarios de Educación a esta encerrona pedagógica. Me las sufro por adelantado. Nombramiento de una comisión multipartidista de historiadores para la creación de una sambumbia ideológica aceptable. Elaboración de por lo menos tres versiones diferentes a ser rotadas anualmente para complacer a tutilimundi. Preparación de una kilométrica lista de fechas y datos secos sin explicaciones, juicios, ni comentarios.

Y, a falta de acuerdo entre las partes, ¿qué tal si alguien inventa un juego de Pokèmon patriótico para ir en busca de la historia oculta y los nombres olvidados? Un juego que libere a los chicos, por unas cuantas horas, de los textos impuestos y de la claustrofobia del salón de clases.

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