José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Reflejo de San Juan en Colombia

La mirada ante el espejo no solo capta la figura en frente, también reproduce otra imagen, el reflejo que evocan trazos de algún recuerdo grabado en la memoria. Quizá a eso se debió la aversión del escritor Jorge Luis Borges a los espejos; o más cercano a nosotros, aquella tonada, “me miro en el espejo…y me siento estúpido”, del cantante Marc Anthony.

En todo esto pensaba mientras contemplaba las estrechas calles adoquinadas, los balcones balaustrados con trinitarias colgantes, las murallas y los bellos atardeceres caribeños de Cartagena de Indias, Colombia. Allí había ido en una vacación familiar, justamente días después de nuestro reciente plebiscito. Quería alejarme de todo aquel ruido y aquellos discursos para las gradas que nos habían secuestrado el silencio e invadido el paisaje público.

Pero allá, lejos de nuestros estribillos políticos, escuchaba otro ruido, el de tambores y bailes en las plazas, mientras veía iluminarse el paisaje de la ciudad murada. Volvía a evocar allí el reflejo de San Juan. Las imponentes fortificaciones de Cartagena, tan similares a las nuestras que una lleva el mismo nombre, San Felipe; sus plazas, la alegría y el color de su gente me hicieron creer por un momento no haber abandonado la isla.

Cartagena fue un importante puerto por donde salía el oro del continente y entraban cargamentos de esclavos. Hoy esa herencia la llevan en la piel, casi nuestra misma piel canela; y también se observa en la arquitectura de sus antiguas casas de gobierno, convertidas hoy en museos. Aquel temido Tribunal de la Inquisición, con sus cámaras de tortura y ventanas secretas, o la Aduana, hoy albergan importantes colecciones de arte.

Un inmenso texto de Gabriel García Márquez, desplegado a la entrada de la antigua Aduana, convertido hoy en Museo de Arte Moderno, recibe al visitante. Narra allí, casi como una crónica, los cambios y avatares de las imágenes. En su juventud, recuerda el Gabo, al salir del turno nocturno de la redacción de El Universal, buscaba silenciar el tintineo del teletipo refugiándose en burdeles con sus amigos. Y en uno de esos amaneceres vio en el revés de una puerta el dibujo de un payaso en tamaño natural hecho con brocha gorda y cincel de albañil, firmado por la renombrada pintora vanguardista Cecilia Porras. Tanto le impresionó la pintura que hizo sacar la puerta de sus goznes y la envió por coche a casa de sus padres. Pero la pintura se perdió en el camino y nunca más la volvió a encontrar. Tampoco aparece entre todos los cuadros exhibidos allí de la pintora Porras. Pero algo de aquel reflejo, nos dice, lo ha acompañado, como un destello al contemplar luego otros cuadros.

Una vitrina, en la sala contigua, exhibía un cuaderno con una frase del filósofo Marco Aurelio: “los deseos conducen a la permanente preocupación y decepción”. Desvié la vista hacia el enorme árbol de ficus en medio de un patio vecino. Y como si fuera un reflejo condicionado, ese árbol me trajo la imagen de aquel ficus donde Buda se postró hasta alcanzar la iluminación, el nirvana, tras extinguir el afán del deseo.

Lo recordaba ahora porque había sido el tema en una de mis últimas clases. Y qué mejor ejemplo de ese afán, pensé entonces, que todo ese gasto y esfuerzo a destiempo para celebrar un plebiscito aquí que nada resolvió. Tanto fue ese afán que no esperaron por aval del Congreso. Y ese mismo afán nos acarreó un gasto de más de $5 millones; así como un boicot y el repudió por la mayoría de la población.

Al regresar a la Isla, la vista desde el avión parecía remitirme al mismo paisaje caribeño. Al recorrer nuevamente nuestras calles, las pegatinas del plebiscito seguían aún adosadas a puentes y postes; pero observé cómo sobre aquella frase, “garantiza tu ciudadanía americana”, había sobreimpuesta otra, “vence la impotencia colonial”. Contrario al júbilo entre quienes patrocinaron el evento, la revista TIME, la cual leí al llegar, así como la prensa internacional, resaltaban el escaso margen de participación, 23%. Y ahora hasta en Brevard, Florida, aunque una resolución para detener la petición de estadidad no prosperó, es otra muestra más de los escollos ante ese afán anexionista.

Si bien al llegar no extrañé el color ni las caras lindas de mi gente negra, sí eché de menos la sonrisa y la cordialidad que se derrochaba en cada esquina de Cartagena. Recordaba que allí mismo, solo meses atrás, se firmó un tratado de paz que puso fin a medio siglo de lucha armada. Si ese conflicto que trajo sangre y lágrimas encontró una solución, quizá también por otros cauces pueda desenredarse aquí nuestro eterno nudo gordiano del estatus. Y entonces, así como hoy la sonrisa aflora en Cartagena, quizá también vuelva a brillar entre nosotros ese reflejo.

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sábado, 22 de julio de 2017

Reflejo de San Juan en Colombia

El escritor José Curet se halló en Colombia, tratando de escapar el plebiscito en la isla, un espejo que lo llevó a San Juan y reflexiona sobre dos ciudades gemelas.

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