Nelson J. Rodríguez Vargas

Punto de vista

Por Nelson J. Rodríguez Vargas
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Reforma electoral: cambian las reglas del juego

El natimuerto Proyecto del Senado 1314 pretende “reformar” el Código Electoral, es decir, el ordenamiento democrático de Puerto Rico. Cuando hablamos de reformar, pensamos en algo que hay que modificar, corregir o enmendar. Ese ejercicio de reformar las reglas democráticas se debe realizar de forma responsable, sin el cálculo político y fuera del año electoral.

Este cuatrienio comenzó en enero de 2017, y desde entonces las organizaciones de ciudadanos, partidos por petición recién formados, candidatos y aspirantes independientes comenzaron y algunos hasta terminaron el proceso para formar parte de la papeleta electoral del 2020 con unas reglas electorales en específico. Y ahora, en la víspera del 2019 y comienzo del 2020, año en que se celebran las elecciones, el gobierno del PNP pretende cambiar las reglas democráticas bosquejadas en el Código Electoral. Es como si te cambiaran las reglas de ajedrez cuando estabas preparado para dar jaque mate. 

Consumar lo anterior es un error garrafal. Tan es así, que los propios constituyentes tuvieron cuidado de no cometer dicha afrenta, ya que en la Sección 6 del Artículo IX de la Constitución de Puerto Rico dejaron inalterados los derechos que gozaban los partidos políticos y sus candidatos bajo la ley electoral vigente al comenzar a regir la Constitución en el 1952. Además, procuran hacer mención de que cualquier cambio a la ley electoral será efectivo hasta después de celebrada la elección general siguiente. 

La razón de lo anterior es que la democracia es mucho más que un ordenamiento legal; es un modo de vida. Exige una actitud de respeto a las reglas de comportamiento electoral que los partidos y los candidatos aceptaron antes de tomar la decisión de hacerse disponibles al país. Además, exige una consideración mínima hacia la convivencia social y política. Refleja también una comprensión de la naturaleza humana y de la importancia de seleccionar y participar en los asuntos públicos. 

La historia de los sucesos en la aprobación de las reglas de vida en democracia a través de un Código Electoral es medular en el crecimiento de los países. El proceso de aprobación de un nuevo Código Electoral que pretende reformar nuestra democracia bajo el entendimiento de tan solo un partido político (PNP), además de constituir un precedente peligroso, estaría atropellando elementos que hacen de nuestro sistema electoral uno libre, equitativo, serio y confiable.

Es necesario promover la discusión de alternativas y su comunicación en reconocimiento del bien común que esté cimentado en procesos electorales que incentiven la confiabilidad y la equidad. Es el llamado de todos a repudiar acciones y omisiones en la creación de una ley electoral a destiempo, con prisa y bajo motivaciones políticas.  

Eso dista mucho del sistema que todos tenemos que defender. Debemos aspirar a un sistema electoral equitativo sin que el control absoluto resida en un solo partido. Con nuestro ordenamiento electoral actual han sabido ganar y perder populares, penepés, independentistas y candidatos independientes. Miremos de manera proactiva cómo evitar que se manche innecesariamente el prestigio de un mecanismo –con sus errores y virtudes- que ha tenido como norte garantizar la selección de reglas de juego justas y suplir las deficiencias que sean necesarias.     

Por tal razón, y no obstante las corrientes de cambio que la opinión pública invite, no podemos ceder a la tentación de la urgencia para desdeñar el diseño de un proceso que le ha servido bien a la democracia en Puerto Rico. Nuestro sistema, contra toda tempestad e irregularidad, ha sabido recuperarse y prevalecer para garantizar la franquicia electoral de cada hombre y mujer con derecho al voto, y sin duda alguna ha sido un modelo a seguir para los demás organismos electorales en el mundo. 

Ese amor y entusiasmo por un proceso electoral limpio y representativo de la verdadera voluntad, la verdadera expresión, de todos los puertorriqueños, no puede venderse o someterse al capricho de nadie, incluyendo partido político alguno. Pongámonos de acuerdo en transformar lo imperfecto y revolucionar lo injusto, sin prisa y con el consenso necesario que invita la redacción de las reglas del quehacer electoral. 

Lo hicimos en el 1952 cuando seres humanos valientes de todas las ideologías políticas se pusieron de acuerdo sobre el norte a seguir en la administración de nuestro sistema electoral. No cedamos a la tentación de cambiar las reglas del juego de ajedrez cuando estemos bajo el entendimiento de que tu contrincante te tiene en jaque mate.  


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