Xiomara Feliberty Casiano.
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Reforma y reformatorio

Entre reforma y reformatorio hay una distancia de solo dos sílabas. Eso pensaba mientras leía la nueva propuesta de ley para “reformar” el sistema educativo. Un mamotreto de 150 páginas para legalizar las alianzas público privadas en el departamento de instrucción.

La ley no establece mecanismos de participación activa que posibiliten a los miembros familiares involucrarse en los procesos educativos. Ante la ausencia de tareas específicas para la familia y los encargados, que no sea colaborar en concejos y hacer servicio comunitario, ¡me espanto!

Preparo el café y esbozo una lista de “preguntas incómodas” que los familiares deben formular a los administradores de las “nuevas escuelas reformadas”.

Primero, ¿cómo se describe exactamente su sistema disciplinario? La respuesta será “uno no excluyente, según lo establece la ley”. No obstante, muchas instituciones educativas son reconocidas por modelos de disciplina que, en vez de suspender a los estudiantes, promueve detenciones escolares como método correctivo. Para ser más clara, restringen el tiempo libre del alumno en las mañanas, el almuerzo o al finalizar el día. Como dato curioso, algunas escuelas público privadas en Estados Unidos hacen detenciones hasta los sábados. Léase, la suspensión no es el único modelo punitivo que los sistemas de educación utilizan para disciplinar.

Segundo, ¿cómo medirán el rendimiento académico de los estudiantes y qué evidencia ofrecerán del desarrollo socioemocional de estos? Un sistema educativo adelantado reconoce que las pruebas estandarizadas no deben ser el único modelo para demostrar la capacidad intelectual. No es suficiente con que la institución responda con el ofrecimiento de cursos de ciencias físicas o artes. Las instituciones sufragadas con el dinero de las contribuciones federales y locales deben garantizar una educación igualitaria y no discriminatoria.

Doy el último sorbo y exclamo: ¡preguntemos, cuestionemos, seamos impertinentes! Reclamemos transparencia en la selección, evaluación y retención de los educadores. Urge devolverle la posición de respeto a la figura del maestro y de la maestra. Son ellos y ellas quienes educan a sus hijos e hijas y, como decimos en el campo, “nadie sabe qué hay en la olla, más que el que la menea”.

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