Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Reportar el apocalipsis

Estamos en una pandemia donde la celeridad en el contagio es uno de sus mayores peligros. Estados Unidos no tiene suficientes mascarillas ni guantes para su personal médico. America First. El ochenta por ciento de estas se producen en China (¡que vivan los bajos costos del capitalismo global!). Y China, como no es colonia, prohibió en febrero la exportación de mascarillas y priorizó en sus necesidades internas. 

No fue por falta de advertencias que hoy se sufre esta carencia. En el 2005, la administración del segundo Bush y el Congreso aprobaron el almacenamiento de 52 millones de mascarillas para cirugías y 104 millones de mascarillas N95. En el 2009, se usaron 100 millones de mascarillas N95 y entonces el re-almacenamiento pasó al olvido. Según el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, al momento el gobierno cuenta con 40 millones de mascarillas y se necesitan, según un estimado de dicho departamento, más de tres billones. America First.

Tres millones de personas solicitaron ayuda por desempleo en la tercera semana de marzo.

El Congreso aprueba un rescate económico a un costo de dos billones.  Como si eso de esfumarse por magia o recato fuera verdad, nadie habla o, mejor dicho, nadie se acuerda de aquellas críticas, hoy tan remotas, a las propuestas de Bernie Sanders y Elizabeth Warren. “Muy costosas”, si recuerdo bien, decían. El COVID-19 lanzó a mejor vida las invocaciones a costos astronómicos y a “prudencia fiscal”, altisonancia para atacar seguros médicos y abolición de deudas en prestamos estudiantiles. Aquellas razones han desaparecido ahora que las tres arterias del capitalismo, consumo, producción y ganancia, levitan comatosas. 

La administración republicana, empeñada en desmantelar el Obamacare, ahora considera dar más oportunidades para nuevas solicitudes.

Tres senadores, dos republicanos y una demócrata, al mismo tiempo, cayeron en un éxtasis durante una vista privada y cuando regresaron al tiempo terráqueo vendieron millones de sus acciones. En el “éxtasis” vieron el colapso del mercado de valores.  Well, la explicación pedestre y de “sentido común” fue que recibieron informes confidenciales de inteligencia sobre la posible pandemia y procedieron a hacer una ganancia rápida, armados de una información privilegiada y, por lo tanto, no accesible para el resto de los mortales. Fue una decisión “ética”, dicen.

Con sus gestos y teatro de “strongman”, Donald violenta la Constitución y mal utiliza fondos para la construcción de murallas. La teatralidad se desvanece y en su lugar aparece la indecisión y el apocamiento ante la posibilidad de ordenar a compañías que produzcan equipo médico. “Es por razones ideológicas”, balbucean sus asesores.

Y ahora que hablamos de Donald, el Indeciso, vale recordar que por más de tres años el liderato demócrata y los medios noticiosos de la resistencia han denunciado, correctamente, todo el autoritarismo, consistente y descarnado, del presidente. Como extraña sorpresa, ahora lo critican por su parálisis timorata y temor a obligar a corporaciones a producir para la emergencia nacional. Quieren que el autoritario se invista de “war powers”. ¿En qué quedamos?  

Donald escogió el pasado 15 de marzo como “Día Nacional de Oración”.  Hubiese sido más genuino si hubiese venido a orar con Lucio, un joven guatemalteco, trabajador y padre de familia, refugiado en la First Congregational Church de Amherst, Massachusetts, para escapar del brazo criminal de los sabuesos trumpianos que rondan, desde sus tinieblas, para devorar y deportar.

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