Anabelle Torres Colberg

Punto de vista

Por Anabelle Torres Colberg
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¿Réquiem para el Partido Popular?

Los vientos políticos comienzan a soplar como antesala al año electoral. La recién celebrada convención del Partido Popular Democrático (PPD), y la articulación estratégica del Movimiento Victoria Ciudadana sientan los cimientos del ofrecimiento político de estas organizaciones para las elecciones 2020. Su gran reto es motivar a un electorado cansado y desesperanzado en que un mejor Puerto Rico es posible. Se trata, sin duda, de una tarea difícil. Pero, la verdadera tragedia parece ser que el inicio de esta nueva jornada política hace patente la desconexión de los partidos políticos con la realidad social y económica del pueblo.

Los partidos políticos son entidades de interés público creadas para promover la participación de los ciudadanos en la vida democrática. Los crean y organizan personas que comparten objetivos, intereses, visiones, valores y proyectos de vida. Ese ya no parece ser el caso en Puerto Rico. En la actualidad existe un gran resentimiento hacia los partidos políticos, porque su liderato y sus representativos más notorios han fallado gravemente en demostrar que operan en beneficio de los ciudadanos, y no de sí mismos, añadiéndole la sensación generalizada de un servicio público totalmente corrompido.

En esta crisis existencial de los partidos políticos, quien más ha salido golpeado y podríamos decir casi mortalmente, lo es el Partido Popular Democrático. La caída estrepitosa del PPD es una verdadera desgracia para los puertorriqueños porque, aun cuando no se simpatizara con el ELA o Muñoz, este representó el movimiento político más trascendental en nuestra historia y redefinió a Puerto Rico a lo que es hoy. Sin duda, fue el partido que exitosamente logró proyectar empatía y entendimiento con las necesidades de un pueblo y que con el aglutinamiento de mentes privilegiadas de profesionales lograron imponerse mayoritariamente con un proyecto de país efectivamente desarrollado y comunicado en sus distintas etapas. Un proyecto de país que se impuso a los movimientos anexionistas y nacionalistas de la época. Habiendo transcurrido 80 años, parece no quedar ni un ápice de esa fuerza política que dominó a Puerto Rico por tanto tiempo.    

El fracaso de facto del Estado Libre Asociado y su incapacidad de innovar su marca de conformidad a la altura de los tiempos, ha colocado al partido en una posición de irrelevancia, que puede provocar su desaparición o inviabilidad política, si continúan en la parálisis conceptual de su indefinición. Ni la convención celebrada, ni contar con cinco pre-candidatos a la gobernación, les ha permitido despertar del marasmo ideológico y programático en el que se encuentran hace más de una década. 

¿Qué saldo quedó entonces luego de la reunión social que el PPD llevó a cabo el pasado fin de semana? ¿Dónde está la agenda común, como partido, para el desarrollo de Puerto Rico en esta coyuntura histórica enla que enfrenta una de sus mayores crisis sociales y económica? ¿Dónde están los entendidos en asuntos normativos de política pública a fin de identificar perspectivas de desarrollo que contribuyan realmente al progreso de la sociedad? ¿Dónde está el acuerdo de los populares, sobre los principios a ejecutarse, que sean representativos de su visión para el futuro del país? ¿Cuál es la estrategia para enfrentar la disminución de la participación electoral y de su número de afiliados; para recuperar la confianza de sus huestes o para convencer que todavía pueden ser una alternativa distinta? ¿Cuál es la oferta del PPD para redefinir la modalidad actual de hacer política, donde son cada vez más importantes los titulares, el buscar el beneplácito de la opinión, sin que se articule un plan respaldado por hechos y realidades, donde la atención mediática se centra con mayor frecuencia en la persona y no en las posturas políticas sobre planes a ejecutarse?

Las respuestas a las interrogantes planteadas son, para efectos prácticos, inexistentes. El PPD dejó de ser el partido a vencer, para simplemente convertirse en una insignia política más. La pava, que tanta controversia provocó con el cambio de su logo durante la campaña de David Bernier, perdió su valor en el mercado, porque no hay un mensaje, propósito u objetivo, que la gente pueda asociar con la misma. Es una marca genérica, sin distintivo, porque no hay diferenciación de discursividad. Dependiendo a quién le preguntes, pueden ser los casi-casi estadistas, o los casi-casi independentistas, e institucionalmente simplemente no hay posición. Lo que se traduce a portadores de un mensaje secundario o meramente reactivos y no la fuente principal de acción y transformación política. No hay mayor fracaso en la vida que la inconsecuencia, donde no pueda identificarse qué eres o qué representas. Esa es la verdadera crisis del PPD. Si no la enfrentan con honestidad, será demasiado tarde.  

El PPD me recuerda la historia de Kodak. Esta marca conocida de cámaras fotográficas por décadas dominó su mercado en todo el mundo, pero su lenta incorporación a un modelo de negocios conforme a la revolución tecnológica los relegó a la inconsecuencia y, finalmente, los sacó de carrera. Se aferraron inflexiblemente a lo que en el pasado les produjo resultados y eso mismo fue lo que los llevó al fracaso, porque las reglas del juego habían cambiado irremediablemente.

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