Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Réquiem por Fidel

Lo que no sabíamos era ni el día ni la hora. Pero la comprobación nos vino esta mañana por todos los medios posibles: digitales, impresos, visuales y auditivos. Fidel Castro murió anoche a las 10:29 en La Habana.

Los discursos de la oficialidad política del mundo entero que he visto durante la mañana de hoy han sido parcos, sin dejar, claro está, de presentar cada cual los matices esperados de conformidad con las inclinaciones ideológicas que a cada uno mueve.

Los tres aborígenes taínos que sumergieron al colonizador Diego Salcedo en las aguas del río Añasco hace quinientos años para comprobar si los españoles eran inmortales o no, tuvieron que esperar menos tiempo que los cubanos de dentro y de fuera de Cuba para averiguar si Fidel lo era. Porque había quien le atribuía propiedades de divinidad o inmortalidad, lo mismo que a Salcedo. Más el tiempo, el implacable, todo lo revela en su gran esplendor.

A Diego Salcedo se le recuerda por ser el protagonista trágico de esa anécdota histórica. En cambio, a Fidel se le recordará por ser uno de los protagonistas de mayor relevancia en la historia política del siglo XX. Para muchos, Fidel solamente ha sido un dictador brutal; para otros un adalid contumaz de la justicia social. Ambos grupos defenderán sus posiciones inamovibles con rigor y hasta con fanatismo. Otros, los menos, tendrán un juicio ecléctico mediante el cual intentarán conciliar del régimen castrista aquellos elementos que para muchos son irreconciliables.

Los que peinamos canas, aún recordamos con viveza algunas de las efemérides vinculadas a su liderato. En 1961 resistió y derrotó la intentona combinada del exilio cubano y la CIA de derrocarlo mediante la invasión del territorio nacional por Bahía de Cochinos. En 1963 el mundo estuvo en vilo por largos días ante los efectos de su decisión, que le había permitido a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la U.R.S.S.) que instalara misiles nucleares en suelo cubano. El presidente Kennedy ordenó el bloqueo naval de Cuba y el primer ministro soviético, Nikita Kruschev, ordenó a su flota naval intentar traspasar el bloqueo norteamericano. Era el legado de John Wayne aplicado al mundo real. Entre ambos países, EE.UU. y la U.R.S.S., poseían el arsenal de armas nucleares más grande del mundo y la capacidad de aniquilar la mayor parte de la humanidad en una Tercera Guerra Mundial.

Según los servicios de inteligencia cubana, Fidel sobrevivió a más de 600 atentados a su vida. Sobrevivió a la presidencia de nueve presidentes de Estados Unidos y a cuatro papados. Ya de viejo, se cayó de bruces frente a las cámaras de televisión al enredarse en sus propios pies al bajar una escalera y salió ileso. Con cada aparición pública que hacía, veíamos cómo iba perdiendo músculos, peso y pelos en la barba que se volvió ralita, y también la disminución de la potencia de una voz que en otra época pronunciaba discursos de horas y horas y más horas.

Sobrevivió, además, a muchos anuncios anticipados sobre su muerte, que circulaban de vez en cuando en Miami y sacaban por un rato a los cubanos del exilio a bailar en medio de la Calle 8, antes de recibir la noticia de que se trataba de algún rumor malintencionado de no se sabía quién.

Lo creman hoy, para pasear luego sus cenizas en un periplo de nueve días por la isla de Cuba. Los cubanos de la isla tendrán la oportunidad de enjugar su pena, despedirse de sus cenizas y preservar su recuerdo. Y nosotros esperaremos a que la Historia talle la verdadera dimensión de este líder que una vez reclamó que ésta lo absolvería. 

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