Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Requiem por un amigo editor

Es difícil ser editor de libros en Puerto Rico, una tarea que solo se puede acometer en aras de una pasión avasalladora, nunca por interés monetario. Las ganancias son siempre escasas, las satisfacciones son inmensas.

Elizardo Martínez, recientemente fallecido, fue un gran editor. Levantó y desarrolló Ediciones Callejón, fundada en los años noventa del pasado siglo, junto con Jorge Merino, Alfredo Torres y Pedro J. Varela, aunque luego siguió él solo con la empresa, que se convirtió en uno de los pilares del panorama editorial puertorriqueño, dándole vida y vigencia a una actividad tradicionalmente endeble. Puerto Rico queda fuera del circuito principal de la edición en lengua española, centrada principalmente en la producción española, mexicana, argentina y colombiana. El comercio del libro -aparte de los textos escolares- es difícil. El cierre de muchas librerías sanjuaneras ha complicado ese comercio, como lo ha complicado nuestra economía dolarizada que contribuye a un desbalance en los precios de los libros provenientes de Latinoamérica. Elizardo era asimismo distribuidor de grandes editoriales, otro renglón que acarrea grandes dificultades. Su éxito era un milagro.

Elizardo se propuso publicar lo mejor que producía el país en términos de estudios históricos, socioculturales, políticos y económicos. Sus libros, ya fueran de autores reconocidos como Arcadio Díaz Quiñones, Jorge Rodríguez Beruff, Francisco Catalá, Jorge Duany, o que presentaran el pensamiento novedoso de estudiosos que se estaban dando a conocer (Catherine Marsh Kennerley, Alejandro Ortiz Carrión, Teresita Torres Rivera, Evelyn Vélez Rodríguez) ampliaron el panorama del pensamiento sobre Puerto Rico. Su fuerte eran los estudios y los ensayos, aunque publicaba también obras narrativas o ensayos literarios como los de Luis Rafael Sánchez, Edgardo Rodríguez Juliá, Magali García Ramis o Mercedes López Baralt. Consciente de lo desprovisto de editoriales que estaba el mundo de la creación poética, inició en 2013 una colección de poesía “El farolito azul”, que otorgaba un premio anual al mejor poemario.

El sello distintivo de una editorial es, desde luego, la calidad consistente de sus libros en cuanto aportan al acervo cultural nacional. En ese sentido resulta imprescindible que la selección de temas y autores sea confiable. La gestión de Elizardo fue ejemplar; si un libro era de Callejón, tenía que ser interesante y provocador. Sus colecciones tenían un sello particular: los libros eran sencillos (se aseguraba que fueran asequibles), manejables (importante para quienes leen asiduamente) y hermosos. Parecía tener en mente lo dicho por Pedreira en una de sus reseñas periodísticas de libros, reunidas en el volumen “Aclaraciones y crítica”: “No vale cuidar de la creación literaria, si al darla al público no se cuida también de la presentación. Al publicar un libro, por humilde que sea, hay que preocuparse notablemente por su esencia y presencia…”. Elizardo se ocupaba: el diseño de sus ediciones, a cargo de Marcos Pastrana, era atractivo, con cubiertas de colores contrastantes y alegres. Sus portadas -muchas a cargo de Ita Venegas Pérez- también lo eran. La información de las contraportadas, directa y sucinta, despertaba el interés por el contenido. La edición misma -el cuidado del texto en sí, que en general no se atiende aquí debidamente- era esmerada.

Ahora que las editoriales oficiales puertorriqueñas -la de la UPR y la del ICP- han dejado de producir y que las poquísimas privadas que quedan se encuentran aplastadas por la crisis económica, la labor ejemplar de Elizardo se destaca más que nunca.

Su muerte es una pérdida irreparable para los lectores del país. Echaremos de menos no solo sus magníficas ediciones sino también su sonrisa generosa, su trato invariablemente amable, su interés perenne por lectores y escritores. Su ausencia, súbita, nos sorprende y entristece.

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