Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Requiem por un arquitecto

Thomas S. Marvel vino a Puerto Rico en 1959, enviado por la compañía IBEC (International Basic Economy Corporation) con un contrato de tres meses. Se quedó por 56 años. Murió aquí, a principios de noviembre, rodeado de sus seres queridos, en un apartamento que mira al mar.

Cuando Marvel llegó, nuestra Isla era un lugar de promesa: se experimentaba con la construcción de viviendas a bajo costo, apostando al desarrollo integral de una sociedad igualitaria y justa que dejaba por detrás décadas de postración y pobreza.

El arquitecto –que había estudiado en Dartmouth y en la Escuela de Diseño de Harvard- encontró un reto y un estímulo: aquí desarrollaría su pasión por la arquitectura no solo como profesión, sino como vocación para el mejoramiento social. No se trataba tan solo de diseñar y construir edificios, sino de crear un entorno urbano coherente, conducente a una mejor convivencia.

Obras suyas como el convento de las Carmelitas en Trujillo Alto, las alcaldías de Bayamón y Caguas, la Plaza de la Rogativa en San Juan, el Centro Europa, afirman la espiritualidad, el orden urbano, la sociabilidad de cara al paisaje y el maridaje entre la industria, el comercio y la estética.

Nuestra Isla le ofreció campo para su creatividad. “Nací para ser arquitecto”, escribió en la introducción al portafolio de sus dibujos que publicó en 2002. “Nunca quise ser otra cosa... Puerto Rico y yo nos encontramos al comienzo de mi carrera”.

A cambio, él dejó su impronta inconfundible por nuestras ciudades, campos y pueblos en casi una centena de construcciones elegantes, armoniosas, adaptadas al entorno. “Con el pasar del tiempo, el contexto cultural ha sido de mucha significación para la escala arquitectónica y expresión de mi trabajo”, escribió en aquella introducción. También dejó huella por el Caribe y Centroamérica: diseñó el Edificio Federal de St. Thomas y las embajadas de los Estados Unidos en Costa Rica y Guatemala.

Estudió las formas arquitectónicas tradicionales (escribió, con María Luisa Moreno, un libro sobre las iglesias parroquiales del país) y las adaptaciones históricas de otros estilos al clima y al momento (otro libro suyo versa sobre “Antonin Nechodoma: The Pairie School in the Caribbean”) y elaboró su propia respuesta al tiempo histórico y al contexto que le tocó vivir entre nosotros. Prefería los materiales locales –especialmente el cemento: “...me intrigaba la flexibilidad que ofrecía al diseño el hormigón, con su fluir continuo de un material sin uniones...”- y privilegiaba la ventilación y la iluminación naturales sobre los acondicionamientos artificiales. Integraba a sus construcciones la feraz y hermosa naturaleza que nos rodea. Todo ello es parte de su legado.

Otro legado, menos tangible aunque igualmente importante, fue su lealtad al país. Thomas Marvel echó su suerte con nosotros en las buenas y en las malas. Aquí se quedó con su esposa, la planificadora Lucilla Marvel, cuando la Isla dejó de mirar con esperanza al futuro y fue hundiéndose en el caos burocrático y el desorden social que nos arropa.

El arquitecto y su esposa forman parte de un contingente importante de estadounidenses que ha contribuido fundamentalmente a diversos aspectos de la cultura puertorriqueña.

No vinieron a imponer sus saberes, sino a aprender de los nuestros; no vinieron a dominar, sino a servir. Desde el Dr. Bailey K. Ashford hasta el musicólogo Donald Thompson, desde Muna Lee hasta Lewis Richardson, desde Jack e Irene Delano hasta Ellen y Peter Hawes, pasando por Henry Klumb, Clara Livingston, Walt Dehner, Doris Troutman, Helen Tooker, Otto y Dorothy Pike, William Simz, Frank Wadsworth y otros, muchos se han convertido en acreedores de nuestra gratitud, de un reconocimiento que no tiene nada que ver con el servilismo colonial y todo con la libertad que considera un deber de honor no escatimar la admiración hacia quienes han compartido nuestra vida, enriqueciéndola.

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