Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Residenciamiento: advertencias del pasado

El drama cada vez más enmarañado sobre el posible residenciamiento del presidente ya tiene un elenco cada vez más dotado de figuras escabrosas.  Hablemos de esa fauna.

Rudy Giuliani es abogado privado de Trump y sin posición alguna en el gobierno.  En el reino sin reglas, eso no obstaculiza que Giuliani administre una política exterior oscura y paralela a los canales oficiales. Estos son los canales que tienen reglas, los funcionarios juran fidelidad a la Constitución, hay records de las comunicaciones y existen procedimientos muy contrarios a la “diplomacia” con figuras liminales, flotando entre las mafias políticas y el mundo de los donantes.  

Pues Giuliani reclutó a los señores Lev Parnas e Igor Fruman, conocedores de las entrañas ucranianas y también donantes de Trump, para que ejercieran sus artes contra la profesional de carrera y embajadora en Ucrania, Marie Yovanovitch; y para que el nuevo gobierno ucraniano cediera en aquello del “favor”. A Parnas y a Fruman los interceptaron en Washington cuando buscaban viajar a Austria sin boleto de vuelta. Ahora enfrentan cargos federales por violación a la ley electoral.  En mayo, Giuliani informó que era su abogado. Ahora dice que ya no lo es.  Cenaron con él en la Casa Blanca, pero Trump tampoco los conoce.

Según el pliego acusatorio, Parnas y Fruman hicieron donaciones a Trump cuyo origen es un ruso anónimo; también cabildearon con un congresista republicano, Pete Sessions, para que este exigiera la salida de la embajadora norteamericana Yovanovitch. Aquí se impone una pausa:  un congresista acepta el testimonio de figuras nebulosas contra una oficial de carrera.

Parnas y Fruman seguían las instrucciones de políticos ucranianos, enterrados en la corrupción y que, precisamente por ello, no deseaban las presiones de la embajadora. Ella solo insistía en el uso de procedimientos establecidos y en la política oficial de Estados Unidos sobre ayuda militar y contra la corrupción en tal país.

La faena contra Yovanovitch dió fruto y, de buenas a primera, le ordenan montarse en el primer vuelo disponible y regresar a Washington.

Ahora vamos con Gordon Sondland, un mogul hotelero que donó un millón de dólares para la inauguración de Trump y, en perfecta lógica, tal generosidad demostró certeras credenciales en la diplomacia, por lo que fue nombrado embajador no para Moravia sino para nada menos que la Unión Europea. El mogul aceptó la responsabilidad porque, confirmando un principio de la teoría política occidental, la riqueza de alguna manera turba las mentes de muchos y los hace imaginar capacidades inexistentes. No conforme con sus funciones en Bruselas, Sondland también trabucaba peripecias diplomáticas en Ucrania, comunicándole al gobierno de tal país la indispensabilidad de investigar a Biden.  Cuando el “acting” embajador norteamericano, Bill Taylor, mostró sorpresa antela tardanza de ayuda militar a Ucrania, le textea a Sondland: “…I think it’s crazy to withhold security assistance for help with a political campaign”.

Anonadado, Sondland toma cuatro horas y media en responder:

“Bill, I believe you are incorrect about President Trump’s intentions. The President has been crystal clear no quid pro quo’s of any kind. … I suggest we stop the back and forth by text…”.

Ya se sabe lo ocurrido durante el silencio:  Sondland llamó a Trump y entonces procedió a escribir un texto, no tanto para su interlocutor, sino para futuros fiscales. Hay que dejar de textear.

En mérito, Sondland expresó su deseo de testificar ante el Congreso, pero la Casa Blanca le impuso mordaza. Trató de hacer lo mismo con la embajadora defenestrada, pero esta ignoró a los trumpianos.

Dos advertencias del pasado:

En la convención constituyente de 1787, en la discusión del tema del residenciamiento, James Madison dijo lo siguiente:

“…Some provision should be made for defending the community against the incapacity, negligence, or perfidy of the chief magistrate. … He might pervert his administration into a scheme of peculation or oppression. He might betray his trust to foreign powers”.

Meses más tarde, en la convención neoyorquina para ratificar la Constitución, Melancton Smith presentó un análisis muy versado en lo que han sido lugares comunes del pensamiento político del occidente desde Solón; a saber, que la materialidad de donde nacen y se desarrollan los individuos moldea y hasta puede determinar el carácter y sus inclinaciones ético-políticas. Para Smith, las ambiciones de los pobres, las clases medias, y los ricos son radicalmente distintas.  Y concluía:

“I observed that the rich were more exposed to those temptations which rank and power hold out to view; that they were more luxurious and intemperate, because they had more fully the means of enjoyment; that they were more ambitious, because more in the hope of success”.

Hoy Estados Unidos tiene una confirmación prístina de las palabras de Madison y de Smith. Hay una ganga que se goza en la ilegalidad, en la violación de normas, lo hace de forma abierta y convierte las fechorías en espectáculo. Eso es Trump:  una burla socarrona ante algunos de los frágiles límites del poder, como la mueca indescifrable de un escarabajo. 

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