Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Resiliencia

Que el mundo fue y será una porquería eso ya lo sé… Así inicia el tango Cambalache, escrito por Enrique Santos y que en la voz de Serrat se crece con esa gracia necesaria entre el pesimismo y el cinismo. ¡Esto no tiene remedio!; concluía mientras escuchaba la canción y pensaba en todos esos discursos vacuos que se aglutinan en proscenios con el debido acompañamiento nostálgico de la gran soberbia.

Quedo absuelta ante la ola de silencio de muchos y en la permisibilidad de lo injusto en que se pasean otros.

Mayo nos llegó con mucha agua; y aun así no logra enjuagar el cúmulo de malas decisiones que reina en nuestro archipiélago. Estamos perplejos ante la tensa calma. Esa que se siente cuando se está en el pleno ojo del huracán.

Hugo. Esa fue mi primera experiencia con un evento atmosférico. Tenía nueve años. Con Hugo aprendí un concepto medular para toda la vida: resiliencia. Ahora, que nos tambaleamos en plena cuerda floja y ya pocas cosas nos hacen sentido; creo nos urge reevaluarnos de adentro hacia afuera. La única forma en que podremos enfrentar los fuertes vientos que llegan luego del “ojo”, reside en la capacidad que tengamos de perfeccionar nuestra “adaptación ante un agente perturbador”.

El impago ya está inscrito, tardíamente, en blanco y negro. La PROMESA que se nos dio ningún negocio hace. Ya había dicho que la culpa es huérfana; y es su carencia de agentes valientes, dispuestos a tomar decisiones acompañadas de acciones que nos ayuden a salir con vida de la tormenta, la que termina por ocasionar el mayor daño. Nos sobra la desmoralización ante tanta cobardía e indiferencia. Las nubes nos vienen anunciando los cambios de dirección del viento; y queda de nosotros reconocernos y aceptar si realmente somos material para la evolución. El cantazo será fuerte.

Pregunto, ¿al isleño le queda en su maltrecho cuerpo un ápice de Resiliencia?

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