Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Resiliencia y transformación

“Act as if what you do makes a difference.It does”. (William James)

Esta semana me llegó un mensaje de la manera más inusual: en un bizcocho de nueces. Y en la tarjeta, la cita de arriba. A veces hay que estar muy alerta a los mensajes que nos envía el Universo, pueden llegar de la manera menos esperada. La cita provocó en mí una reflexión sobre ética, resiliencia y transformación.

Resiliencia. En el año que está a punto de concluir, los puertorriqueños vivimos en carne propia su significado.

Traducida su raíz del latín como rebotar o replegarse, la Real Academia Española la define como capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversa. La sociología y la sicología la han adaptado a sus campos. El Servicio Nacional Oceánico advierte que esa capacidad de reestablecerse es más que simplemente reaccionar a un impacto. Ser resiliente significa mucho más que ponernos de pie y retomar las rutinas. Si no hiciéramos más, Puerto Rico tendrá las mismas condiciones de vulnerabilidad ante el próximo huracán.

La desigualdad causó los peores estragos de los que Puerto Rico comenzó a recuperarse en 2018. Entonces, construir resiliencia implica cerrar las brechas que mantiene a la mitad de sus ciudadanos en desventaja física, social y económica. Conlleva, por ejemplo, reformular un sistema sanitario que hoy es desigual, caro para pacientes y especialistas, enfocado en proveer remedios a una población con altos niveles de enfermedades prevenibles, en vez de generar salud.

Como esa, se necesitan otras reformas profundas, basadas en el futuro que ya se revela. Los indicadores y la experiencia que tenemos con el cambio climático es buen ejemplo de hacia dónde mirar para innovar. Sin embargo, en la pugna constante entre el gobierno y la Junta de Supervisión Fiscal poco se avanza en cuanto a los cambios estructurales profundos que la isla necesita para ser verdaderamente resiliente.

Afortunadamente, muchas comunidades, junto al sector sin fines de lucro, dedicaron el 2018 a fortalecer su resiliencia. Trabajan para estar en las mejores condiciones para que el próximo evento natural cause el menor impacto. Y para que, cuando pase, la recuperación sea más rápida.

En diálogos multisectoriales que Agenda Ciudadana efectuó en varias regiones a fines de 2017 y principios de 2018, la gente sabía claramente qué se necesitaba para atender emergencias como la que vivimos, desde el nivel doméstico, comunitario y municipal al de país. La mayoría de sus respuestas están alineadas a los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible convenidos por la Organización de Naciones Unidas, en 2015. Con indicadores y metas definidas, dichos compromisos aspiran a transformar el mundo en un lugar que provea a todos más justicia y bienestar, para el 2030. Que Puerto Rico no participe de la ONU, no le exime del reto moral de adoptarlos.

Como ejemplo, el primer objetivo es erradicar la pobreza, un problema ético que le niega recursos y oportunidades a la mitad de nuestra población puertorriqueña, entre ellos, a la mayoría de nuestros niños y jóvenes.

Algunos objetivos podrían parecernos más ajenos hasta que se miran bien. El segundo, ponerle fin al hambre, tiene como primera meta asegurar acceso a todas las personas a una alimentación sana, nutritiva y suficiente durante todo el año. Meses atrás, especialistas alertaron que la obesidad infantil en la isla, como en Estados Unidos, es un problema de salud pública preocupante. Como el hambre, la obesidad tiene también raíces en la desigualdad, confirman informes de la ONU.

Si revisamos el resto de los objetivos encontraremos relaciones claras con los problemas locales y las acciones que se requieren para solucionarlos. En futuras columnas, así como en mis vídeo-podcasts —que publicaremos en endi.com a partir de enero—, exploraremos más de esas medidas que nos permitirían mejorar las condiciones de vida de los puertorriqueños, nuestra ecología y nuestras relaciones humanas y con el entorno.

El llamado es a aprender a ser resilientes para transformar nuestras relaciones con nosotros mismos, entre nosotros mismos y con nuestro entorno social, cultural, económico y natural. Una transformación realmente ética, que comienza con un gesto a la vez, un día a la vez. En amor, fe y esperanza.

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