Félix A. López Román

Punto de vista

Por Félix A. López Román
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Restricciones, distanciamientos y toque de queda

En Puerto Rico acostumbramos a atender, de forma casi exclusiva, los asuntos sociales desde la lógica jurídico-punitiva. Quizás es por eso que mucha de nuestra discusión mediática esté dominada por abogados. Eso en sí mismo no es un problema, excepto cuando creemos que el mundo social se agota en esa mirada legal y que el único manejo posible de cualquier asunto que nos afecte como país se resuelve imponiendo penas, restricciones, castigos y prohibiciones.  En ese sentido, deseo plantear dos problemas con ese acercamiento en relación al manejo del aislamiento físico para evitar la propagación del coronavirus.  

El primero es que no toda restricción, en sí misma, evita los contagios o la propagación. Peor aún, pueden existir restricciones que aumenten el riesgo de contagios. Todos sabemos que anunciar un domingo en la noche una nueva restricción para que los comercios cierren por tres días, es lo mismo que decir: “salgan tan pronto puedan de sus casas a comprar provisiones”. Lo que nos íbamos a evitar en exposición durante esos tres días lo perdimos en tan solo un día. Esto no ocurre porque la gente desobedece, no entiende o “es histérica”. Esto ocurre porque se activa un mecanismo de sobrevivencia que es, precisamente, el que le ha permitido a nuestra especie estar viva durante lo últimos 200,000 años.  

Por otra parte, como plantea el sociólogo Rubén Dávila Santiago (Véase: Crónicas de un confinamiento abierto) vivimos en un país dominado por la cultura vehicular.  De ahí que se puede entender que a asuntos sociales se propongan soluciones motorizadas. Sin embargo, el carro no es, en este momento, un foco de propagación del virus. Ciertamente, podría generar movilidad, pero esta ya está limitada por la orden ejecutiva. Por ello, habría que cuidarse de que las medidas restrictivas respecto a los vehículos puedan aumentar la probabilidad de contagios por el nivel de intervenciones e interacciones entre un oficial de seguridad y un conductor.  Dicho sea de paso, la cantidad de vehículos de motor en una carretera no es un indicador fiable de cumplimiento con el toque de queda. Además, en el establecimiento de este tipo de medidas hay que tomar en cuenta cómo se distribuye esa restricción en las diversas clases sociales, así como evaluar el nivel de resistencia a la imposición de más restricciones en una población que lleva viviendo de forma restricta hace décadas.  

También se tiene que tomar en cuenta el efecto emocional de haber perdido vínculos afectivos, el de la incertidumbre laboral o el estar realizando múltiples roles y tareas en un mismo marco espacio-temporal, mientras se le exige al empleado el mismo nivel de productividad que en condiciones normales. No es que no existan restricciones, es que estas tienen que ser adecuadas a la complejidad situacional que estamos enfrentando. En fin, a veces, apretando mucho, la soga se puede romper.  

Un segundo asunto sobre la mirada punitiva es que ha limitado la discusión pública y mediática al cumplimiento o el incumplimiento con el toque de queda, dejando fuera el asunto central que es el distanciamiento físico. Un ejemplo sobre esto es suficiente para comprender el planteamiento. Hace unas semanas visité una farmacia con el propósito de recoger unos medicamentos. Al entrar me percato de que hay una fila de más de 60 personas en un espacio reducido. Hicimos el reclamo de que había demasiada gente en un pequeño espacio, pero nadie acogió nuestro llamado. Un oficial del orden público entró al lugar para realizar una inspección y salió con la satisfacción de haber encontrado todo en orden. Ciertamente, encontró todo en orden:  la farmacia tiene permiso para estar abierta, los clientes no estaban haciendo otra cosa que recoger medicinas, todos los autos en el estacionamiento tenían tablilla impar y, además, era jueves. Lo único que no estaba en orden es que no se habían tomado medidas para el distanciamiento físico de los clientes.  

La discusión sobre el cumplimiento del toque de queda parece ocultar el fundamento de todo esto, que es el distanciamiento físico. Esto ocurre, de igual forma, en supermercados que tienen a sus empleados, sin mascarillas, hablando entre ellos o con los clientes.  La lógica que parece imperar es que ellos están exentos del toque de queda y, por lo tanto, del distanciamiento físico. Nuevamente, se confunde el cumplir el toque de queda, con el distanciamiento físico. Me ha sorprendido, al igual que a otros grupos, que no se haya contado con la participación de científicos/as sociales para atender una crisis que, ciertamente, es social, emocional, geográfica, política, económica y cultural. Es por esas razones que se ha generado una crisis de salud, no es al revés. Al menos, me alegra escuchar a miembros del Task Force y al nuevo Secretario de Salud comenzar a hablar del distanciamiento físico y brindar explicaciones al margen de la lógica punitiva y del debate sobre el cumplimiento del toque de queda. 

El cambio discursivo hacia el distanciamiento físico me parece mucho más comprensible y manejable. Además, podría abrir espacio a generar acciones y actividades que no estén enmarcadas en la lógica punitiva o de restricción y, a la vez, nos mantengan protegidos de la propagación o del contagio.  

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