Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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Retrato de familia de la manada

Todos son hombres y tienen más o menos la misma edad. Seguramente desde chicos asistieron a los mismos colegios que los enfilaron a ciertas universidades estadounidenses. Sin duda sus padres y abuelos hicieron lo mismo; pertenecieron al mismo círculo social y se dedicaron a las profesiones “útiles” que prologaron para siempre sus apellidos con un “doctor” o un “licenciado” y con una vía directa de acceso al poder.

Los destinos de sus vidas, los márgenes considerados aceptables por sus mayores, fueron decididos hace dos o tres generaciones, cuando un español o sus hijos criollos hicieron fortuna a la usanza dura de la colonia y se casaron con señoritas hijas de terratenientes venidos a menos. Para este sector, desde entonces, al mundo no le falta un detalle. Sin embargo, las lealtades pueden cambiar, según dejen de ser útiles para preservar la posición. Siguiendo esta lógica, una generación casi entera que se pensó fiel a España, estuvo dispuesta a una rápida y acomodaticia conversión en ciudadanos estadounidenses, permanentemente fusionados con los poderes económicos y políticos que fantasearon comunes con la metrópolis.

Pero los herederos de estos emigrantes de hace dos siglos, los más recientes, los que crecieron con los últimos aparatos de la era digital, han caído en una trampa. Quizá se alejaron un tanto de las prácticas de sus mayores y el círculo no fue lo suficientemente estrecho, o quizá necesitaron más de lo recomendable a otros y perdieron el control del mecanismo que estaba diseñado para, en caso de peligro, que la soga partiera por lo más fino y los subalternos se sacrificaran en público y les salvaran.

Lo cierto es que el círculo íntimo no se basta a sí mismo. En realidad, nunca lo ha hecho y aquí reside el riesgo, el peligro de los que se sientan desafectos e inclinen a la traición. Antiguamente, fueron necesarios capataces o encargados de hacienda, hoy hacen falta alcaldes, secretarios de agencias, presidentes de cuerpos legislativos, gentes de incierto y oscurecido origen, dispuestos a enfrentar los riesgos de la conquista de la fortuna. En estos tiempos, más que antes, hay que ceder porciones de la hegemonía política y económica a este sector intermedio que vino de abajo. Sin embargo, persiste la idea de que los líderes máximos deben seguir naciendo en cuatro calles de dos municipios. Aún se frunce el seño a la ampliación del banco genético de los hijos de los hijos.

Hay escalafones en lo más alto. Están los de siempre, pero también los caciques y sus hijos. No obstante, ser hijo de un cacique municipal, en el mejor de los casos, luego de empeño y disposición para doblar brazos, solo debería servir para subir un peldaño y convertirse en presidente del Senado. Esto debería estar claro y todo el mundo lo sabe: tanto el círculo íntimo como los demás. Pero hay con frecuencia caciques de segunda generación altivos y desmedidos, que de tan útiles se vuelven imprescindibles, y esto es una mala pócima, porquetanto unos como otros se conocen demasiado íntimamente. Este conocimiento no genera paz ni respeto y mucho menos tranquilidad y es lo que más se parece a la supervivencia del más fuerte. En estos días, a los dos sectores les une la retórica de un ideal de estadidad fracasado e inaccesible, pero ambos saben que este es secundario. Todos saben, porque sus mayores lo hicieron, que se puede pasar de ser leal a España a serlo con Estados Unidos, si este es el camino más corto al poder y la fortuna. Todos saben que se puede perder una elección, pero que no se puede perder el puesto en la estructura. El poder es un asunto de manadas y en éstas tiene que estar claro quién manda.

Esta semana apareció el chat de Telegram. Cuando los lectores encuentren esta columna en el diario del sábado, conoceran más interioridades sobre él de las que circulan cuando la escribo. El círculo íntimo siempre ha necesitado de otros y tradicionalmente estos han sido los sacrificables. Así ha sido desde que el mundo es mundo y Puerto Rico una colonia gobernada por el bipartidismo totalitario.

El círculo íntimo, los participantes del chat, constituyen la manada. Aupada por el apellido del gobernador, a esta generación le ha tocado prematuramente el poder, en tiempos en que la colonialidad puertorriqueña ha ingresado, en lo que ya podríamos llamar un post colapso. Ricardo Rosselló Nevares, por la Junta, pero también por su pusilaminidad e inmadurez, se muestra en el chat como un personaje débil y banal, más parecido a un presidente de clase graduanda que a alguien capaz de imponer su voluntad entre machos alfa. Sin embargo, la manada imaginó que aún disfrutaba de impunidad: de ahí los insultos y burlas a Rivera Schatz o los improperios dirigidos a periodistas. Solamente de esta manera, puede explicarse la bufonada del viaje a Washington, inventado por el gobernador, y el cinismo con el que se salpica a los galleros dejados a su suerte.

El chat constituye una serie de selfies captados en el “caveman” de la manada. Todo parece indicar que el que habían escogido como chivo expiatorio no estuvo dispuesto a aceptar este destino y violó el código de silencio. Ahora, una serie de investigaciones federales amenazan la estructura entera. El diseño de siempre preveía el sacrificio de los caciques o de sus hijos. El primer Rosselló asistió impertérrito e indemne a la inmolación de más de 40. Pero esta vez, para salvarse, asistimos a la rebelión de los caciques. Alegadamente, el que fuera el funcionario estrella del gobernador, Raúl Maldonado, ha filtrado los “selfies” del “caveman” de la manada. Rivera Schatz, que pertence a una segunda generación de caciques, ya ha visto como todo el mundo los “selfies” y los memes. Su acometida debe estar a la vuelta de la esquina.

La manada debió conocer hace días lo que venía. Por ello el gobernador desapareció y pretendió extender sus vacaciones.

¿Qué queda después de que todos hemos visto las juergas dela manada? La incapacidad, la irresponsabilidad, la voracidad y el ridículo son de tales magnitudes que probablemente esta situación no tenga precedentes. Pero afirmar esto es errar. Mucho indica que esto era una práctica común y que con variaciones se repite a lo largo de la era del bipartidismo totalitario. Ahora, simplemente, no hay duda y se ha reducido grandemente la posibilidad de engañarse, porque la propia manada y los propios hijos de los caciques han hecho públicos los “selfies” que se suponía que nunca viéramos.

Luego de esta semana ya nadie puede alegar ignorancia. Este es el autorretrato de los que nos llevaron a la bancarrota. Este es el retrato de familia de la manada.

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