Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Reunión de piedras

La literatura puertorriqueña es un camino lleno de piedras. Tras dos pasos de coplas y tres de aguinaldos, nos encontramos de frente con la piedra de Galante, ese rico y perverso propietario que denuncia Manuel Zeno Gandía en “La Charca”, a finales del siglo 19. En una noche apretada, Galante ata una cuerda a una gran piedra, se sube a un árbol y la eleva “como por arte mágico” en espera a que pase su víctima, un tal Ginés, a quien Galante quiere arrebatarle las tierras. ¿Quién hace justicia por el pobre Ginés? Nadie. Galante se sale con la suya y monta un negocio.

Habrá que esperar al siglo 20 para que las piedras comiencen a hablar. En sus “Paliques”, después de decir -con ironía- sentirse romántico bajo la ley Foraker, Nemesio Canales escucha cómo las piedras de la calle se quejan. Canales dice que las piedras de su pueblo derraman un copioso llanto: “!Cómo no han de llorar las pobres piedras puertorriqueñas, cuando se den cuenta de que otras piedras de otros pueblos han servido para llevar a las fortalezas y palacios el tonante y terrible mensaje de las vibrantes muchedumbres irritadas! ¡Cómo no habrán de llorar las pobres piedras al sentirse impotentes para transmitir -con la elocuencia de las piedras de otros pueblos- la protesta iracunda de la tierra!”

Por eso Evaristo Ribera Chevremont decide cultivar una piedra como jardín interior: “Yo cultivo tus piedras como flores”. En prólogo a su poemario “El hondero lanzó la piedra”, Chevremont carga su poesía con piedras cósmicas y, con su honda, apunta al ser: “Lanzar piedras más allá de mí mismo -dice- para tratar de penetrar en el mundo de lo inaccesible y agarrar el secreto contenido en cada cosa.” ¿De dónde viene la piedra de mi honda?, se pregunta: “la piedra de mi honda viene de ayer.”

De ayer viene también esa piedra sanjuanera por la que se pasean Luis Palés Matos y De Diego Padró. Sin dinero y con hambre, Palés y Padró intentan pescar en la bahía algún pez para comer. De pronto -cuenta Padró- sienten una lluvia de piedras que amigos le lanzan en forma de broma. Entre sus amigos están Luis Llorens Torres y el joven Muñoz Marín. Lo que jamás pensó Palés fue que, tiempo después, esa piedra amistosa de Muñoz terminaría hiriendo de locura al poeta Francisco Matos Paoli, condenado a la cárcel La Princesa, solo por dar un discurso. Del encierro saldrá su “Canto de la locura”: “Piedra de Puerto Rico, Piedra fluvial y alada, con el aroma de la sangre mártir de un Domingo de Ramos”.

Perseguido también por el ELA -y por la derecha cubana en la isla- José María Lima le canta a la piedra en “Homenaje al ombligo”. Allí dice que quiere escuchar la queja prometida que guardan “tantas penas de piedra en piedra.” El balance lo hace Ángela María Dávila que, en el mismo poemario, contesta: “y así voy como roca, sonriéndome estática como muecas en piedra”.

Muecas de piedras parecen tener las estatuas colonialesdel país que aparecen en “La Guaracha del Macho Camacho” de Luis Rafael Sánchez. También se aprende historia aporreando piedras a las estatuas, parecen decir las voces de la novela: “Descubran en la majestuosidad de la piedra el reposo de nuestra historia.”

Pero siempre hay silencio poco antes de aporrear una piedra, y ese silencio es necesario para tatuar en la roca nuestro nombre. Así lo atestigua el siglo 21 y el poeta Noel Luna en “Hilo de voz”: “De la piedra, persigo el don de su silencio, que su forma esté en mí como yo en ella.” Por eso, poco después el poeta Xavier Valcárcel nombra sus piedras. En el poema “Pertenencias” las piedras son las canicas olvidadas en el patio, sus muelas de niño, las losas rotas de su casa y las paredes agrietadas.

¿Y para qué sirve esta reunión de piedras? preguntarán los neutrales, los conformes y los ilusos. La contestación es sencilla: para recordar el sendero cuando el fango intente borrarnos el camino.

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