Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Ricardo Rosselló simboliza el país que ya no puede ser

Puerto Rico está en medio de una revolución ciudadana.  De momento, miles decidieron honrar el consejo de Andrés Jiménez.  Ya era hora.  Contrario a la mayoría de los países latinoamericanos, en las pasadas dos décadas el nuestro era el único país sin un levantamiento pacífico contra sus victimarios.  Lo que prevalecía era la marcha catarsis de un día (contra la Ley 7) o protestas que se incineraban en una semana (contra el IVU).  Teníamos también el “mérito” de ser quizás la única sociedad donde unos ciudadanos marcharon para exigir un aumento de impuestos, no de uno o dos si no de 7.5 por ciento.  Solo los estudiantes, muy por las peculiaridades socioeconómicas de este sector, lograron organizar protestas masivas que sobrepasaran un mes.

Hasta ahora, cuando se avista el fin de una era. De la noche a la mañana, el “status quo,” y las categorías analíticas usuales envejecieron.  Era el estremecimiento de eso nuevo que aturde lo existente, lo que algunos filósofos llaman el “evento,” esa inserción deslumbrante de lo desconocido en el gris aburrido y predecible de lo cotidiano. 

No estamos ante una marcha por un reclamo estudiantil, sindical o partidista, y ni siquiera por la vida y salud de nuestro Vieques. Aquí hay una indignación contra toda una cultura de expoliación, corrupción e impunidad, y un coraje, arrojo y creatividad colectiva que, esta vez, no tiene deseos de esperar el momento del voto castigo.

Así que se impone reconocer la presencia de otra lógica que escapa los esquemas analíticos de lo pasado y reciente.  En la lógica previa, las conexiones causales sumaban el escándalo A al escándalo B, para producir una efervescencia mediática momentánea seguida por la resignación y la fe silente de que los federales se harían cargo.  

Era una lógica de comportamiento predecible: un cúmulo de latrocinios que nunca era investigado por las autoridades estatales, era siempre descubierto por las agencias federales, las únicas que le dan fuete a los miembros cleptómanos de la elite colonial; se iniciaba el teatro de la sorpresa y luego el olvido hasta los nuevos arrestos. 

Pero ocurrió una revolución en el hilvanar.  En la nueva lógica, el escandalo A más el escándalo B y un chat abrieron un umbral en lo oculto. Tocaron ese lugar herido, supurante, de una psiquis que yacía traumatizada por quince años de austeridad, de disrupciones provocadas por la emigración, torturada por un huracán categoría 5 seguido por vagones perdidos, cadáveres sin responsos ni ritos fúnebres.  Y para completar, el secretario de Hacienda hablando de una “mafia institucional;” el FBI mostrando la película “Victor Fajardo, The Sequel;” y encausando a la exdirectora de ASES, la misma que llevaba un cabildero a reuniones de su junta y lo presentaba como su “monitor federal;” lo cual era cierto, pero el caballero “monitoreaba” los fondos federales mal puestos para darles limpiol a través de algún contrato hecho a la carrera y a la medida de los allegados de “nuestra administración,” y resultó ser un contrato de $12 millones.  Los cleptómanos también son hambrientos.  

Esa vorágine de pillaje, en toda su luminosidad, explotó en la transparencia del chat, en las burlas del frat party, y en la profunda banalidad del gobernador y su séquito.  Y convirtió la angustia pasiva en indignación movilizada.  Ha sido un trastocar de roles.  Es la ciudadanía la que hoy clama por una ley (lo opuesto a lo impune) y un orden justo (lo opuesto al caos de los rapaces.

Ricardo Rosselló se convirtió en símbolo viviente del país que ya no puede ser.  Es ciertamente el fin de una era.

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