Mildred Huertas Solá

Tribuna Invitada

Por Mildred Huertas Solá
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Rompiendo el techo de cristal

La metáfora techo de cristal describe los obstáculos “invisibles” que enfrentan las mujeres al ascender en sus escenarios laborales, incluidos los del ámbito de la educación superior. Estos obstáculos, como cristal transparente, son el discrimen y los estereotipos.

Según la literatura, el principal impedimento para el desarrollo del liderazgo de las mujeres -y en consecuencia su ascenso laboral- es la separación entre lo privado y lo público. Lo privado se refiere a la familia y el hogar. Lo público a lo económico, el trabajo asalariado, el poder. Por socialización, el lugar de la mujer es lo privado y el del hombre lo público. Cuando las mujeres se lanzan al escenario público, aparece la discriminación por género y el conflicto de roles hogar-trabajo. Estas dinámicas imponen culpabilidad a las mujeres y muchas acaban creyéndose inferiores y no aptas para emprender carreras en el ámbito público. Y las mujeres, deseosas de incursionar en lo público, tienden a buscar aceptación, reproduciendo el estereotipo masculino de autoritarismo y dominancia. La socialización de la mujer en su círculo privado no la exime de desarrollar destrezas contextualizadas de liderazgo, que pondrá de manifiesto cuando incursione en el ámbito público.

Investigaciones realizadas por la estudiosa de la psicología femenina, Carol Gilligan, apuntan a que las mujeres, por su socialización, tienden a construir un desarrollo moral basado en la ética del cuidado. Esto contrasta con la socialización masculina, cuyo desarrollo moral tiende a la ética de la justicia. Gilligan demostró cómo las experiencias de niños y niñas los llevaron a juicios morales diferentes, variando así sus prioridades en la toma de decisiones. Las mujeres desarrollan su moral a partir de las relaciones con otros y el apego, lo que lleva a una moral del cuidado y la responsabilidad.

La socialización va más allá de la mera etiqueta que se hace de los roles por género. Toda esa aculturación trae consigo un equipaje de valores y percepciones que llevan a las mujeres a abordar la vida de forma diferente a los hombres. Por lo tanto, el liderazgo que practican ellos y ellas también es diferente. En la mayoría de los estudios de liderazgo no se considera la variable género, por lo que, en ocasiones, no se defiende la existencia de liderazgos diferentes.

Vivimos en un mundo globalizado en el que se disuelven los límites entre países, culturas y perspectivas. Los nuevos modelos de liderazgo centran sus esfuerzos en el ser humano y sus necesidades, disminuyéndose el uso de modelos centrados en el beneficio económico per sé.

El liderazgo transformacional es el que procura ejercerse en el mundo globalizado. Es el liderazgo del trabajo en equipo y del bien común. A partir del liderazgo transformacional empiezan a diferenciarse las ejecutorias entre el hombre-líder y la mujer-líder; las mujeres practican más el liderazgo transformacional que los hombres.

La educación superior necesita más el liderazgo transformacional porque este distribuye las capacidades alrededor de la organización y permite más participación colectiva en la toma de decisiones. En la educación superior cada vez se observan más mujeres ocupando puestos gerenciales intermedios. Estudiosos afirman que el liderazgo femenino ha sido efectivo en los momentos difíciles que enfrenta esa educación. Las mujeres ofrecen mejores alternativas y propuestas organizacionales más democráticas y participativas. En pleno siglo XXI las instituciones de educación superior reclaman que la internacionalización, las alianzas, el trabajo en equipo, la contextualización, por mencionar algunas, son ejes de acción que irremediablemente nos obligan a practicar el liderazgo transformacional. La transformación de las instituciones de educación superior, con los retos que enfrenta, requiere contexto, ingenio, cuidado y sensibilidad.

El liderazgo de las mujeres, enmarcado en la ética del cuidado, las hace más capaces para practicar el liderazgo transformacional y en consecuencia su ascenso a las esferas de poder universitario será obligado, haciéndolas piezas clave en estas instituciones. El techo de cristal en la educación superior se quiebra. Celebremos.

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