Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
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Rosario

Ahora sé que el cementerio tiene otro nombre: Santa María Magdalena de Pazzis. Pero para mí siempre será el Cementerio del Viejo San Juan. Allí descansan hoy los restos de mi madre, Rosario Ferré (1938-2016).

Mi madre padeció por quince años de una enfermedad que poco a poco le quitó la palabra, la atrofia multisistémica (MSA).

Antes de que el MSA la callara para siempre, le pregunté dónde quería ser enterrada. Yo sabía que ella era fuerte y podía soportar una pregunta brutal como aquella, y tenía razón. Me tecleó rápido y sin fallar, como las cuentas de un Rosario electrónico: “en… el… ce… men… te… rio… del…vie… jo… San… Juan”.

Ya me lo imaginaba.

A mi madre, siempre le gustaron los cementerios. El primer artículo que publicó en el periódico El Día de Ponce fue sobre las condiciones paupérrimas del campo santo de aquella ciudad. Los cementerios eran vecindarios excéntricos para ella.

El del Viejo San Juan fue para mi madre un lugar lleno de significado donde volvió toda su vida. Me lo enseñó cuando yo tenía ocho años.

Mi abuela había muerto y mi abuelo la había enterrado allí porque quería que lo acompañara mientras gobernaba. Mi madre, mi padre, mis hermanos y yo íbamos una vez al mes con mi abuelo a visitar la tumba de mi abuela.

Después de rezar el consabido “Padre Nuestro” y la letanía del Rosario, nos dejaban vagar por el cementerio. Yo era un niño curioso pero melindroso, y el cementerio me espantaba. Las murallas carcomidas y negras del Morro subían como acantilados peligrosos; el mar batía contra el rompeolas sin piedad; las tumbas me parecían sucias y abandonadas; la grama estaba seca y llena de cadillos; los gatos enfermos y los perros sarnosos se paseaban realengos por todo aquello; y el vecindario colindante de la Perla me amenazaba con su pobreza.

Un día, mi madre me vio asustado y perdido y vino hacia mí. Me cogió de la mano y caminamos la corta distancia entre la tumba sencilla y austera de mi abuela, y unas lápidas decoradas con inscripciones y banderas puertorriqueñas. “Aquí está enterrado Pedro Albizu Campos,” me dijo, “y un poco más allá, José Gautier Benítez, y allá lejos Rafael Hernández. Son próceres, poetas, y músicos puertorriqueños”. Juntos leímos las lápidas.

“Las tumbas son las casas de un vecindario raro,” continuó, “los muertos son nuestros vecinos. Vivos y muertos todos le damos la vuelta al sol. Somos parte de una continuidad que se extiende hacia el pasado y hacia el presente”. Recuerdo la impresión que me hicieron sus palabras, el efecto de saber que las tumbas de los muertos, decoradas con estatuas, banderas, música y poesía, eran casas extravagantes que tenían sus puertas abiertas, que podíamos visitar sin permiso y sin anunciarnos, como las casas de la familia.

Hasta ese momento, el cementerio del Viejo San Juan había sido el pasado. Lo sentía como las antípodas de mi nuevo mundo, del progreso, y del futuro. Corrían los años de otra crisis en Puerto Rico. Era el tiempo de las protestas contra Vietnam, contra el ROTC, contra el proyecto estadista del gobierno de mi abuelo. Era el momento de la fuerza de choque, de las bombas nacionalistas, de la Federación Universitaria Pro-Independencia (FUPI).

En fin, era un presente turbulento que daba miedo, y el progreso se vendía como la vida nueva. Yo vivía en el Condado, en el “nuevo” San Juan protegido del presente y del pasado. Mi vecindario era como la vitrina de una gran tienda por departamentos. Detrás de ella se veían las casas de última moda. En un momento la moda había sido Frank Lloyd Wright, en otro el estilo neo-español californiano, al final, el estilo brutalista del Bau Haus.

A mí, me encantaba esa novedad, ya fueran los grandes jarrones llenos de helechos con balcones colgantes de buganvilias, o las torres con tejas rosadas y detalles moriscos, o el hierro expuesto con sus paredes de vidrio.

Pero el día que mi madre me llevó a visitar las casas del vecindario excéntrico del Viejo San Juan, sentí algo que las residencias del centro no podían darme. Sentí que no había que tenerle miedo ni al pasado, ni al presente por incierto que fuera, porque los muertos también tenían sus casas, porque sus restos vivían allí para siempre.

Hoy visito la última casa de mi madre en el cementerio del viejo San Juan. Es un vecindario poblado por muertos queridos que me sobrevivirán. Me consuela saber que son nuestros vecinos.

Como aquel viejecito que mi madre describió en una de sus novelas, y que ya debe estar muerto. El viejo acompañaba a su sobrina cuando esta le decía: “No tiene por qué quejarse, aquí hace un fresco delicioso y no tendrá que preocuparse por los mosquitos.” Mi madre tuvo la osadía de preguntarle al señor de dónde era, y el hombre le contestó a dónde iba. Con una sonrisa sabia, y con el ritmo rápido de la copla puertorriqueña, el viejo le dijo a mi madre: “Tanta vanidad, tanta hipocresía, si tu cuerpo después de muerto pertenece a la tumba fría”.

Amén.

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