Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Rosselló en Santa Elena

Poco me importa lo que mi vecino comparte en un chat con sus amigos. Mucho menos me interesa lo que la bonita de la televisión discute con su amante, o lo que el actor le propone a su suegra. Ninguno de ellos tiene que ver con mi vida ni con mis impuestos.

En cambio, al gobernador lo asumo como tal y me preocupa lo que tiene en la cabeza. Para bien o para mal, lo que él decida o piense, influye en mi calidad de vida y en el derrotero que tomará esta sociedad. 

Se dice que el ya famoso chat de Telegram, consta como de 900 páginas de conversación entre el mandatario y sus más estrechos colaboradores, importantes funcionarios que en un momento u otro han tomado, o aún toman, decisiones trascendentales, imparten órdenes, manejan los hilos de los que pende la vida entera del país. En ese chat circulan ideas (bueno, llamémoslas divagaciones), recelos, prejuicios, rencillas, y aflora una tendencia fuerte a la inmadurez burlona y escolar.

No se le puede pedir profundidad a un diálogo espontáneo, que se produce a través de las redes, pero teniendo en cuenta el nivel de los participantes, se esperaría por lo menos un poquito de astucia, de sensibilidad, incluso un cierto sentido del decoro. La conversación es simplona, y no pierde ni por un momento ese tono de muchachería que no encuentra nada mejor que hacer en el lapso de tiempo que va, después de haberse duchado, y antes de que la madre lo llame para cenar.

Da pavor pensar que así, con semejante ligereza, discuten la crisis de gobernabilidad y cavilan en los inmensos desafíos que tenemos delante. No en balde el gobernador ha puesto mar de por medio. No me extrañaría que avise que se queda un par de meses más, no exactamente en Francia, sino en otras tierras, visitando esos caminos de desolación que, antes que él, han recorrido importantes desterrados. Paz, lo que se dice paz, yo creo que no tendrá mucha cuando vuelva.

Esto sin contar con que a lo mejor en ese chat salen a relucir epítetos contra el presidente Trump, o contra el jefe del FBI, o los nombretes que les han puesto a los miembros de la Junta de Control Fiscal. Dios nos libre. En estos días, Trump anda furioso porque el embajador británico, en un correo, le dijo incompetente. Si en respuesta al comentario del británico, Trump lo llamó “chiflado, estúpido e imbécil”, imagínense lo que ocurriría si llega a sus oídos que Rosselló, aparte de la bofetada que le ofreció una vez, le dedica un insulto en el chat. No quiero ni pensar las consecuencias.

Los periodistas no nos alejemos mucho, que a nosotros nos puede caer nuestra agüita. ¿Qué piensan de reporteros y columnistas en ese círculo de sabios compuesto por funcionarios de tanta envergadura? Muero de la curiosidad. 

La orden que debería cursar, sin más demora, el gobernador interino, Luis Rivera Marín, es la de prohibir todos los chats entre funcionarios del gobierno. 

El mal está hecho, qué duda cabe. Pero si puede evitarse que aparezcan comentarios que nos van a poner la carne de gallina, o que pueden llevar a cualquiera a la cárcel, hay que reaccionar rápido y movilizarse.

Rosselló está lejos y no puede tomar decisiones en estos momentos. Cualquier día nos despertamos con la noticia de que desembarcó en Santa Elena, esa islita parecida a Puerto Rico, pero más chiquita. Los que están al mando aquí, pueden evitarnos la vergüenza de otras conversaciones tan patéticas. Habrá que quitarles los celulares, y devolvérselos cuando crezcan.

Ya sé, ya sé que van a decirme que a lo mejor no crecen más.

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