Pedro Reina Pérez

Punto de vista

Por Pedro Reina Pérez
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Ruega por nosotros

Ante la sombra de los sepulcros que nos dejó el huracán María, ¿qué hacemos? Solo quien tuvo en su casa a una familiar muerto, sin poder transportarlo o amortajarlo por días ante la falta de servicios básicos, conoce el profundo sentido de esa soledad mutilante. Y las mujeres que salieron al auxilio heroico de sus vecinos en Toa Baja para que luego alguna cayera abatida mortalmente por la leptospirosis acechante que ninguna clínica podía o sabía tratar. O los vecinos de Utuado que quedaron condenados por la caída de un puente que era su única arteria vial, cuyo derrumbe supuso una larga e irreversible agonía para los diabéticos, los ancianos y los pacientes renales. Atrapados y presos por la furia de un temporal y por la ineficacia del gobierno. Solo ellos y ellas pueden entender la injuria que le infligen todos los funcionarios públicos que denuestan su sufrimiento cada vez que cuestionan cifras o proclaman el éxito no reconocido de su gestión invisible. Bienaventurados los sufridos —y maldita la arrogancia.

Ante la declaración de bancarrota de la Iglesia Católica puertorriqueña ¿qué esperamos? Solo los maestros que dedicaron una vida a la educación católica, con fidelidad absoluta, a pesar de la pobre remuneración, pero con la promesa de una modestísima pensión, conocen la ironía de este acto jurídico. No faltará quien salga en la pronta defensa de esta cuestionable acción —la Iglesia tiene recursos para resarcir a los perjudicados, en aras de proteger su dignidad individual—pero no. Prefiere ampararse, temerosa. Acaso convenga recordar aquella encíclica del Papa Juan XXIII titulada “Iglesia Madre y Maestra” y dedicada precisamente al trabajo. En su cláusula 19 indica que la doctrina social de la iglesia: “Primeramente, con relación al trabajo, enseña que éste de ninguna manera puede considerarse como una mercancía cualquiera, porque procede directamente de la persona humana. Para la gran mayoría de los hombres, el trabajo es, en efecto, la única fuente de su decoroso sustento. Por esto no puede determinar su retribución la mera práctica del mercado, sino qué han de fijarla las leyes de la justicia y de la equidad; en caso contrario, la justicia quedaría lesionada por completo en los contratos de trabajo, aun cuando éstos se hubiesen estipulado libremente por ambas partes”. Es este el magisterio más importante, el que defiende la dignidad y enaltece aquellas manos callosas. Bienaventurados los pacificadores —y maldita la cobardía.

Ante el hedor que procede del informe producido por el Comité Especial de Investigación de la Junta de Control Fiscal ¿cómo reaccionamos? 16 millones de dólares pagados a una entidad para realizar una investigación sobre la crisis fiscal y sus causas, y examinar la deuda de Puerto Rico y el proceso de su emisión. Un informe final de 600 páginas que establece hechos, pero no responsables. Mientras tanto, jubilados temen la reducción significativa de sus pensiones, bienes públicos que se privatizany la Universidad de Puerto Rico estrangulada poco a poco. No hace falta mucha imaginación para comprender la perversidad de este drama. No solo se procede al expolio sino que compensa desmesuradamente a unos pocos funcionarios que saben tanto y son tan experimentados que nos cuestan la mismísima vergüenza personal. Y dos de los responsables por la deuda cuando fueron funcionarios públicos, hoy reinan inmunes junto a otros cinco procónsules, sin sacrificar nada de lo propio y todo de lo ajeno.

Ninguno de ellos teme la mirada de sus conciudadanos. Ni el gobernante, el obispo, o el verdugo. La vida se vuelve un simulacro extraño. Pero a mí, a nosotros, no nos engañan. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.

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