Mercedes Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Mercedes Rodríguez
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Salgamos de los bolsillos donde nos quieren dejar

En Puerto Rico la estamos pasando difícil.  No pretendo hacer el inventario de carencias y pérdidas que la gente común y corriente siente en todos los órdenes de la vida. Cada cual los va contando en el cuerpo, y en los temores y frustraciones que se van sumando en el alma. La gente, por costumbre o por voluntad, se levanta a enfrentar los desafíos del día con el equipo que tiene, que anda bastante frágil y desgastado y no exactamente por causa de los llamados desastres naturales.

Los vientos de tormenta que sufrimos sólo ponen más al descubierto los dolores y corajes acumulados sobre las vidas de gente sencillamente cansada.  Somos familias y comunidades agotadas, empobrecidas, devaluadas por la devastación humana y colectiva resultante de la politiquería, la corrupción, la mentira y de un montón de inequidades que nos cuesta mirar de frente. Esto no empezó con Irma.

Como dato curioso, tuvimos unos extraños días de cierta paz en la arena pública donde parecía que habíamos dejado a un lado, algo de los colores y los protagonismos, creo que en ánimo de la protección y la seguridad colectiva. La pausa se agradeció, pero duró muy poco. En menos de una semana, ya habiamos regresado al tirijala partidista y colonialista al que los políticos nos tienen acostumbrados.

Entonces, como era de suponer, al ver que pasaban los días y no llegaba la prometida "normalidad", brotaron las humanas respuestas de coraje, inconformidad y desconfianza. La gente que no tiene energía eléctrica o que le llega y se le va, o la gente que no tiene agua, o la que siente que no tiene acceso a servicios de apoyo para comenzar a restaurar lo que se perdió, se queja.  Es lo menos que puede hacer un ser humano que tiene alguna necesidad básica no atendida que no le es posible satisfacer.

No es falta de civismo o de sensibilidad lo que mueve muchas de estas quejas y exigencias, sino la fatiga y la indignación de saberse engañados una vez más por quienes deben estar rindiendo cuentas claras al país. La gente sabe y lamenta que el huracán ha dejado a su paso muertes y graves daños en comunidades, pueblos y países vecinos. La gente que se queja tiene suficiente empatía para valorar, agradecer y compartir lo que tiene. En efecto, mucha gente que se queja lo hace para sí y para ayudar generosamente a los demás. Hemos sido testigos de incontables muestras de juntes solidarios que resuelven en lo que llegan los servicios. Lo que se está acabando no es la sensibilidad; es la tolerancia para las explicaciones oficiales simplistas y oportunistas.  Se acaba, de tanto abuso, la paciencia de la gente para las mentiras de los que nos deben servir con verdades.

Si no fuera por las quejas, por las movilizaciones y los reclamos de justicia de la gente, ¿dónde estaríamos? Salgamos de los bolsillos donde algunos nos quieren seguir metiendo.

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