Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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¡Saoco salsero!

Desde su libro Patricios y Plebeyos, Ángel Quintero Rivera ambiciona la semblanza histórica y sociológica de lo que él llama una “música nacional”. Si en aquel libro pretende trazar la genealogía de la danza ponceña a la percusión antillana, el bombardino asumiendo un decisivo papel que imita al tambor, desempeño casi percusivo, aquí la descripción es aún más arriesgada: Nos explica cómo el “swing” de Ismael Rivera, ese “pisar el coro” que el libro explica tan brillantemente, tiene sus orígenes en la bomba, nuestra música antigua, ancestral, la zapata de la música genial de Cortijo y su combo. En los súbitos desplazamientos rítmicos que ocurren entre el bailarín y el “subidor”, ese barril que lleva el repiqueteo más sincopado, se encuentra aquella capacidad de Ismael Rivera para lograr el guajeo, o vacilón, un rítmico vacilar respecto del compás y la métrica. Dicho por el propio Ismael Rivera: “Vacilo con la clave”. Así nos asegura Ismael que hace con la clave lo que le place, se adelanta o se atrasa, el asunto es nunca cantar cuadrado. Además de esta singularidad, Quintero Rivera nos explica el uso del “slide”, el llamado portamento en la música clásica, cuando Ismael Rivera desliza palabras en la frase, alargándolas o agolpándolas según el capricho rítmico. Estos son los misterios principales que nos intenta desvelar nuestro principal sociólogo y filósofo de la música tropical.

Y para llegar a ese deseado conocimiento, este exuberante libro alcanza también una panorámica tamaño mural del Santurce de mediados del pasado siglo. SI el libro de Fernando Picó Santurce y las voces de su gente aborda un Santurce comunitario donde la barriada y el arrabal, también la marginalidad delictiva, juegan un papel central, aquí el retrato de ese Santurce, que he llamado nuestro “simulacro de ciudad”, se centra en la música popular cangrejera, desde Rafael Cortijo hasta Sylvia Rexach, sin obviar una explicación que Picó toca solo de manera tangencial, y me refiero a la función del equipo de béisbol Santurce Cangrejeros en el logro de una identidad urbana. Con gran elocuencia, Quintero Rivera describe este fenómeno deportivo como un logro de identidad concebida desde lo que él llama “el plebeyismo parejero”, siguiendo aquí, muy de cerca, al maestro nuestro de todos nosotros, José Luis González. Este libro viene a ser el necesario segundo retablo para dos dípticos, el propio de Quintero Rivera con Patricios y Plebeyos y aquél que completa el monumental libro de Fernando Picó. Traza también un imaginario santurcino propuesto, como feliz coincidencia, en el proyecto del pintor Rafael Trelles y el escritor Francisco Font Acevedo sobre Santurce, titulado Santurce un libro mural.

Este libro es tesoro de anécdotas sabrosas sobre la música afroantillana creada en Santurce, sobre los orígenes de Cortijo y su combo en la Parada 21, la importancia de la vida santurcina de aquel entonces para la creación de un modo musical novedoso, y que llegó para violar los límites de la música popular de aquellos años. Nada más que la información aquí recogida en torno a ese Santurce, que se fue para siempre, vale la lectura del libro.

Tanto Danilo Pérez como Igor Stravinsky coinciden en que el ritmo sincopado es lo más importante en la música contemporánea. Es, por así decirlo, y si escuchamos La Consagración de la Primavera lo entendemos, su aspecto más orgánico. Danilo Pérez nos señala sobre Thelonious Monk: “Los ritmos latinos se desplazan continuamente y así es como Monk toca el piano. Su improvisación siempre cambiante se mueve hacia fuera y hacia adentro del ritmo.” Mientras que Igor Stravinsky, en su Poética de la Música, las seis conferencias dictadas en la cátedra Charles Norton de la Universidad de Harvard, toca de esta manera lo explicado en Saoco Salsero. Decía en 1942: “Quién de nosotros, al escuchar la música de jazz, no ha sentido una divertida sensación, cercana al vértigo, cuando un bailarín, o un solista al intentar consecuentemente marcar acentos irregulares, es incapaz de distraer nuestro oído de la pulsación regular métrica ejecutada por la percusión”. Ismael Rivera siempre fue capaz de lograr esto. Nosotros los antillanos somos naturalmente dados a entender la síncopa como parte de la ligazón de la música, esta vez el ritmo, con la vida, con lo más vital de nuestra sociabilidad. La entendemos porque nuestra música afroantillana jamás se desligó del baile.

Caer en tiempo, o atrasarse respecto del mismo, el fraseo que se adelanta o atrasa, el ritardando o el portamento, la acumulación rítmica en la frase y entonces la descarga, son trucos jazzísticos fácilmente identificables en la música de Chet Baker, o Sonny Rollins. Ahora bien, a diferencia de nuestro saoco salsero, el jazz perdió el baile como incitación hacia y desde el ritmo. Se convirtió en música de concierto. Esto no pasó con la Salsa, ello a pesar de que en Nueva York se coqueteara con esa posibilidad. Es una música que, aún con su creciente complejidad, siempre, o casi siempre, es concebida como bailable. Es por ello ?nos explica Quintero Rivera? que el sonero mayor bailaba sus soneos a la vez que alteraba sus patrones rítmicos, justo como logra el bailador de bomba.

Esta síncopa, la llamada música sincopada, el vacilón con la clave y el ritmo, con la frase musical u apalabrada, es algo que caracteriza, muy particularmente, nuestra música afroantillana. Recuerdo una amable discusión que tuve en Madrid, hace años, con el novelista cubano Jesús Díaz. Él me elogiaba al pianista Rubén González como un Thelonious Monk antillano. Asentí con cortesía boricua. Cuando me aventuré a decirle que nuestra salsa niuyorkina era más sincopada que el guaguancó que la originó, pues me montó una disputa. A la postre este es un amigable diálogo antillano que no cesa.

Saoco salsero es uno de esos raros libros en que podemos reconocer al autor en plena búsqueda, sentir la apasionada cercanía de su descubrimiento, evidenciar lasrutas alternas para llegar a éste. La primera vez que leí el ensayo sobre el swing de Ismael Rivera quedé impresionado. Esta vez me convenció aún más, justo porque la ruta para llegar a las mismas conclusiones se volvió más azarosa y aventurera, tan llena de sorpresivas anécdotas como rica en asombrosas certidumbres conceptuales.

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