Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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¿Se acuerdan de aquella sopa para el alma?

China se afana por demostrar que el Covid-19 no tiene que haber salido forzosamente de su territorio. Para eso aluden a las cepas nuevas del virus que han sido descubiertas en otros países, y en casos importados desde Italia.

Aún se desconoce casi todo sobre el virus, y se dice de todo, incluso que se esparció accidentalmente cuando retornaron a la Tierra unos frascos con los que habían estado experimentando en el espacio.

Algo, sin embargo, hay positivo: ya metieron a la cárcel, en la provincia de Zhejiang, a dos sujetos a los que sorprendieron vendiendo búhos, alondras y halcones. Qué tipejos. Algunos búhos estaban vivos, otros congelados. La condena es por ocho años y el pago de unas multas brutales. Las cárceles chinas, en los tiempos del coronavirus, deben ser lugares tenebrosos. Una, porque las medidas son cada vez más restrictivas para los confinados, que ni siquiera pueden recibir visitas, y otra, porque hay focos de la enfermedad en casi todas las prisiones, y ven llegar de pronto a dos tipos que pese a todo lo que se ha advertido, siguen vendiendo animales prohibidos, y murciélagos para hacer la sopa, y los demás presos se desquitan con ellos. Me alegro.

A largo plazo, y con esos escarmientos, hay otro objetivo que supongo que persigue China: evitar la desconfianza del turismo occidental, una vez se restablezca la normalidad (algún día tendrá que restablecerse). No querrán que los clientes de los restaurantes, al ver una carnecita desmenuzada sobre un plato de fideos, vayan a tener un pálpito, inevitable no pensar en los mercados que al aire libre venden patos, gallinas y cerdos, y un montón de vegetales exóticos, pero que cuando uno pasa a la trastienda, encuentra todo un muestrario de seres tan extraños como el pangolín, y hasta cuernos de rinoceronte conservados en sal, que se rallan finito, y luego por dos o tres virutas puestas en el plato piden $500. Todas esas cosas estaban ya prohibidas, pero al parecer no se perseguían como Dios manda. Las vacantes registradas en los hoteles chinos son, claramente, monumentales, y ellos mismos informan que las plataformas de alquiler como Airbnb registran descensos de más del 90%. Las famosas villas antiguas de Shanghai, que costaban miles de dólares la noche, están cerradas a cal y canto. Ni los descuentos por San Valentín atrajeron a los extranjeros.

¿Cómo no entender entonces que se muestren severos con los cazadores y traficantes de animales salvajes? Ya mismo empiezan a colgarlos. Es cuestión de tiempo.

En Puerto Rico, ojos que no ven corazón que no siente. El Instituto Pasteur de la Guadalupe, que es territorio francés, pero que está aquí al lado, hace rato está haciendo las pruebas a las personas sospechosas de haber contraído el coronavirus. Aquí no se sabe si han mandado alguna muestra al CDC en Atlanta. Ya dije en otro escrito que eso era lo más colonial que nos está pasando, que no se puedan importar “testing kits” de otros países. Estamos amarrados al CDC y por más sospechoso que parezca un caso, no están aislando a nadie. ¿De qué vale que uno se lave las manos por 20 segundos diez veces al día, si duerme o trabaja con una persona que está pasando el virus? La excusa más socorrida es que se trata de influenza, aunque el enfermo esté vacunado contra la influenza. Ahora a todos nos gusta decir “es que la influenza da aunque uno esté vacunado”.

Los funcionarios del gobierno, pero también los medios, recalcan que en Puerto Rico no se ha reportado ningún caso. ¿Y? ¿Cómo se va a saber que no hay ningún caso si no se hace la prueba? Es la negación llevada al campo de la medicina y de lo absurdo. Si no se hicieran pruebas de VIH, no tendríamos ningún caso tampoco, y lo mismo con otras enfermedades. La gente ha acabado con el alcohol, el gel de manos y hasta con el vodka, porque a una charlatana se le ocurrió decir por internet que era un buen desinfectante. Qué gracia. ¿De dónde salió realmente el comentario?

Sin embargo, fuera del consumo, aquí no se percibe ese sentido de la urgencia y de la prevención porque todo el mundo descansa en la tranquilidad de que “todavía no ha surgido el primer caso”. Pues sí, esa es una buena manera de vivir de espaldas a la realidad. No hay pruebas, no hay caso. Hasta que tarde o temprano la evidencia nos sacuda.

¿Ha dado instrucciones el Departamento de Salud para que los operadores de restaurantes y otros lugares públicos —pero sobre todo los que venden comida hecha, porque no se puede rociar Lysol sobre las habichuelas— eviten la presencia de cualquier empleado con síntomas gripales? Si las ha dado, no le han hecho caso, porque los estornudos se oyen en China.

Suerte que aquí no hay peligro de que nos sirvan pangolín por liebre. No hay pangolines. Murciélagos sí, hay muchos por casa. Pero son tan graciosos, tan mullidos, tan listos, que no concibo que nadie quiera hacerlos sopa.

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