Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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Seamos Grecia

Que somos, dicen, la Grecia del Caribe. No tiene que ver con nuestra riqueza cultural, ni con la importancia de nuestros ancestros. La causa es menos sublime; nada de qué sentirse orgulloso. Ambos países están endeudados hasta la coronilla.

La historia de la desgracia compartida no es similar, pero en ambos casos encontramos gobiernos y partidos políticos corruptos, mediocridad e incompetencia, afán de proyectar lo que no se tiene a costa del dinero ajeno, descontrol en la toma de préstamos para propósitos superfluos, en fin, la mayor de las irresponsabilidades económicas y sociales imaginable, acumulada por décadas.

Bastó con que el gobernador Alejandro García Padilla reconociera ante The New York Times que la deuda multibillonaria del gobierno de Puerto Rico es impagable para que se enterara medio mundo de nuestra nada envidiable situación. Todos menos Washington, al que precisamente se quería llamar la atención. Ellos, que se han enriquecido a costa nuestra por 117 años, ahora pretenden que no tienen nada que ver con este desmadre.

En realidad, aparte de la deuda impagable, son situaciones esencialmente distintas. Grecia es un país independiente. Dentro de sus limitaciones como país pequeño y empobrecido, tiene cierto espacio de negociación y toma de decisiones. Por eso celebró un referéndum el pasado domingo 5 de julio, en el que su pueblo expresó contundentemente el rechazo a las imposiciones y amenazas de la banca internacional y de algunos países de la Unión Europea.

El resultado de esa consulta ha tenido que enfrentar la intolerancia de los acreedores, al punto de que el gobierno que dirige Alexis Tsipras ha tenido que ceder al nivel de la indignidad, en medio de amenazas y chantajes.

¿Por qué se ha querido atropellar a Grecia?

Las mayores preocupaciones de los gobiernos de Alemania y otros van más allá de la deuda. Lo que espanta a la derecha conservadora y a sus socios de la socialdemocracia europea es que el proceso que avanza en Grecia es de naturaleza radical, reivindica las ideas del socialismo verdadero y se plantea la transformación profunda de su sociedad. Es el mismo espanto que les provoca la Venezuela Bolivariana, la Bolivia de Evo Morales o el Ecuador de Rafael Correa.

Ante la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista este-europeo, se propagó -sobre todo en Europa- la falsa idea de que ello significaba el fin del socialismo. Habría que resignarse a vivir para siempre en la desigualdad y la explotación del capitalismo.

El conservadurismo y el anticomunismo feroz se hicieron evidentes en las capitales del Primer Mundo en 1998, cuando Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela. Luego aquellas ideas liberadoras se fueron regando como pólvora por Nuestra América. Una insolencia inaudita para esa Europa regresiva.

Entonces surgió Grecia, desafiante. El virus latinoamericano había contagiado al “viejo continente”. Había que impedir su desarrollo. Precisamente por eso Grecia está pagando el precio de la osadía a manos de una Alemania y una banca internacional insensibles, codiciosas y mezquinas.

Puerto Rico, mientras tanto, con su carencia de soberanía, apenas puede realizar acciones en defensa propia. Está sometido a Wall Street y a Washington. Su gobierno colonial es -además- altamente conservador. García Padilla habla de la crisis fiscal, desconociendo que esta es consecuencia directa de la crisis estructural del ELA. Pretende convencernos de que basta con renegociar con los bonistas, solo para seguir languideciendo.

Grecia nos ofrece una doble lección: que la independencia nacional es indispensable para enfrentar crisis estructurales y que las grandes potencias intentarán aplastar a quienes levanten la voz.

Seamos como la Grecia espartana que lucha por su dignidad.

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